El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 27/5/2005
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University


En la popular trilogía de ciencia ficción “Fundación”, Isaac Asimov imaginó una disciplina, la “psico-historia”, capaz de predecir el curso de los acontecimientos humanos como si se tratara del mundo natural. Algo de esa fantasía ha perseguido a las ciencias sociales desde sus inicios. Autores como Thomas Hobbes, el barón de Montesquieu o Emmanuel Kant han intentado develar la mecánica de la organización social, el orden oculto de las leyes humanas, la ciencia del gobierno.

En su reciente libro “Critical Mass: How One Thing Leads to Another” (Farrar, Straus and Giroux 2004), el físico y químico británico Philip Ball busca puntos de conexión entre los principios de las ciencias duras y el comportamiento de la masa humana.

Sostiene que lo que no funciona al nivel de los individuos, sí puede aplicar en el caso de grandes números de seres humanos. El flujo vehicular parece seguir los mismo patrones físicos que rigen a sólidos, líquidos y gases; el crecimiento de las ciudades reproduce el modelo de “percolación correlativa” que describe la corrosión que ejercen fluidos en la roca porosa. Pero al revés de lo que se podría esperar, las conclusiones que deriva de la aplicación de modelos científicos al comportamiento grupal de las personas apuntan en la dirección contraria a la “psico-historia” de Asimov.

El texto, ganador del prestigioso premio Aventis 2005 por su contribución a la divulgación científica, sostiene que lo que las ciencias sociales pueden aprender de la física y la química tiene que ver con la complejización más que con la simplificación. En ambos casos, son tantos los elementos en juego que el resultado es imposible de determinar. Podemos decir que hay una gran probabilidad de que llueva, pero nunca, por más que perfeccionemos termómetros y barómetros, podremos estar seguros.

Así como en meteorología no es posible aspirar a predecir con certeza, las ciencias sociales no pueden pretender reducir realidades complejas a modelos simples. Los dardos del autor apuntan especialmente a la teoría económica clásica. Los mercados, como la mayoría de los sistemas complejos, son simplemente impredecibles. Los famosos “ciclos económicos” no existen; los mercados no alcanzan puntos de equilibrio, sino que son esencialmente inestables; la economía no se rige por decisiones racionales.

Junto con afirmar que las ciencias humanas tienen mucho en común con las naturales, el libro busca desmitificar las concepciones mecánicas de la sociedad que pretenden explicar y predecir conductas a partir de principios primarios y modelos simples. Una conclusión provocadora tanto para físicos y químicos como para economistas y cientistas políticos.

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