El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 29/4/2005
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University


¿Pueden realmente los debates presidenciales afectar el resultado de una elección? En EEUU, donde el nexo entre política y espectáculo es una tradición que no ruboriza a nadie, el consenso parece indicar que sí. Clásicos ejemplos del peso de la TV en una candidatura son los debates de 1960, entre Kennedy y Nixon, y de 1980, entre Reagan y Carter. En ambos casos, momentos claves frente a las cámaras parecen haber definido el resultado en las urnas.

El periodista Alan Schroeder evalúa el peso de los debates y detalla interesante anécdotas sobre lo que ocurre tras bambalinas en su libro "Presidential debates: forty years of high-risk TV" (Columbia University Press, 2000). Schoreder cuenta que, mientras Kennedy encantaba a la audiencia con su manejo de las cámaras, la negativa de Nixon a usar maquillaje y una infortunada afeitada fueron responsables por su derrota en 1960. En 1980, a una semana de la elección, Ronald Reagan pudo mostrar una imagen afable en el debate contra Jimmy Carter que, según Schroeder, lo catapultó a la presidencia.

Además de su información de primera mano, el autor entrevista a personas vinculadas con los debates. Y asegura que la selección de los encargados de las preguntas, los ángulos de la cámara, la iluminación o el maquillaje son cruciales.

Así, por ejemplo, la frialdad de Michael Dukakis frente a una pregunta de Bernard Shaw en 1988 fue clave en la derrota. Para confrontar su oposición a la pena de muerte, Shaw le preguntó qué haría si su esposa fuese violada y asesinada. Dukakis respondió, como si nada, con su tradicional argumento en contra de la pena capital. Una muestra de que los debates televisados no sólo ponen a prueba argumentos, sino un delicado mensaje no verbal.

La existencia de una Comisión de Debates Presidenciales, que publica transcripciones completas y datos históricos en el sitio web debates.org, refleja el interés que tienen estos encuentros.

Con su énfasis en el aspecto televisivo, el libro de Schroeder muestra que, como los populares reality shows, los debates presidenciales combinan verdad y artificio, lo planeado y lo inesperado. Aunque el libro no ofrece un análisis político sobre su efecto electoral, sí plantea interesantes observaciones acerca de la mezcla entre información cívica y entretenimiento en horario estelar que significan los debates presidenciales.

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