El Diario Financiero - Desde
la academia
Fecha : 11/03/2005
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University
A estas alturas, no hay dudas de que la administración Bush puso más entusiasmo que evidencia en sus justificaciones para la guerra en Irak. Pero, ¿hubo realmente intención de engañar al público, o se trató más bien de un error de cálculo y de involuntarias fallas de inteligencia? Crucial para responder esta pregunta es el libro “Hoodwinked: The Documents that Reveal How Bush Sold Us a War” (New Press 2004), del investigador del National Security Archive, John Prados.
En casi 400 páginas, Prados reproduce documentos oficiales que muestran a la Casa Blanca empeñada en mostrar a Saddam Hussein como una amenaza inminente para la seguridad de Estados Unidos. Informes de la CIA y memos del Pentágono reflejan denodados esfuerzos del gobierno por vincular al dictador Iraquí con Al Qaeda. También ponen en evidencia exageraciones y verdades a medias en la afirmación de que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva.
La conclusión incluye a ambos lados del debate: la administración mintió en forma conciente y premeditada, con la ayuda de la incompetencia de sus fuentes de información. Los arsenales de armas químicas y biológicas, el reinicio del programa nuclear desarticulado a comienzos de los 90, y las conversaciones con Al Qaeda surgieron de la mente de alguien. Seguramente nunca sabremos de quién. Salvo por el retiro del director de la CIA, George Tenet, ni instituciones ni personas han asumido la responsabilidad que les cabe por los demostrados errores en la evaluación que llevó a esta guerra.
Las recientes investigaciones del Congreso no han modificado sustancialmente esta situación. Si bien el informe del Comité de Inteligencia del Senado convirtió los antecedentes sobre los errores de inteligencia en una verdad oficial, no propuso una discusión sobre el problema político de fondo. Más que ahondar en las presiones de la cúpula republicana, centró la responsabilidad en los mandos medios de las agencias de información. Contra esta tendencia a cortar el hilo donde es más delgado, Prados apunta a las responsabilidades del Presidente Bush y el vicepresidente Cheney, cuya agenda política incluía a Hussein mucho antes de los atentados del 2001.
El esfuerzo del autor por hacer accesible la información disponible en torno a los antecedentes de la guerra en Irak es encomiable. Sin embargo, la falta de “accountability” que este libro deja en evidencia invita a cuestionar el funcionamiento de los contrapesos institucionales en el actual sistema político estadounidense.