El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 04/03/2005
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University


Todo lo que usted siempre quiso saber acerca de uno de los economistas estadounidenses más influyentes del siglo, y más, contiene el nuevo libro de Richard Parker «John Kenneth Galbraith: His Life, His Politics, His Economics» (Farrar, Straus & Giroux, 2005). Galbraith mismo, a sus 96 años, ha dicho que se siente interpretado por el texto. Para el lector que logra superar la intimidante presencia de este volumen de más de 800 páginas, queda claro de entrada que Parker es un ferviente admirador de su objeto de estudio.

En la granja de Canadá donde su padre trataba de sortear los vaivenes de los precios, Galbraith recibió sus primeras lecciones sobre la distancia entre la escuela de la vida y las fórmulas matemáticas de las aulas. En tiempos del New Deal, se doctoró en economía agraria en Berkeley. La mayor parte de su carrera académica la desarrollaría en Harvard.

En parte por su longevidad, pero más que nada por la amplitud de sus intereses, el recuento de la vida de Galbraith ofrece una mirada al desarrollo económico del siglo 20: ortodoxia libremercadista de los primeros años, Keynesianismo post-Depresión, resurgimiento de la fe en el mercado a mediados de los 70.

Galbraith dictaminó que el bombardeo de Berlín no fue determinante en el triunfo aliado durante la Segunda Guerra Mundial. En el gobierno de Kennedy, llegó a ser uno de los más cercanos asesores del presidente, que lo nombró embajador en la India. En esos años, tuvo un papel preponderante en los intentos por mantener a EE.UU. fuera de Viet-Nam. En 1971, sugirió para escándalo público que el gobierno debía considerar el control de los precios y salarios. Poco después, eso fue precisamente lo que hizo el presidente Nixon. Autor de decenas de libros, fue además editor de la revista Forbes y hasta creó una serie de televisión.

Desde su mirada de intelectual público, Galbraith ha sostenido que los actores racionales que suponen los modelos econométricos no existen. Las grandes empresas se preocupan más por beneficiar a sus administradores que a sus accionistas. Detrás de los mercados hay personas sesgadas por ideologías e intereses políticos. Su rechazo a entender la economía como una ciencia exacta lo marginó en ocasiones del establishment académico, pero despertó la admiración de economistas como Joseph Stiglitz y Paul Krugman, y lo convirtió en el fundador de la “economía conductista”.

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