El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 28/01/2005
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University


Los abusos contra presos iraquíes por soldados británicos que reveló la BBC recientemente apuntan a que Abu Ghraib no fue un caso tan aislado como muchos quisieran creer. Cuando EE.UU. y Gran Bretaña, epítome del “mundo civilizado”, protagonizan actos de barbarie contra civiles desarmados, ¿qué cabe esperar del resto de los firmantes de la Convención de Naciones Unidas contra la Tortura?

Según el famoso profesor de derecho de Harvard, Alan Dershowitz (defensor en juicios tan vistosos como el de Claus von Bulow, inspirador de la película “El Misterio von Bulow”, y O.J. Simpson), la tortura se practica cuando es necesario y no hay legislación ni principio moral que lo pueda evitar. El resto, dice Dershowitz, es hipocresía.

El argumento, aunque repugne, es poderoso. En una interesante discusión sobre qué son y de dónde vienen los derechos de las personas, Dershowitz sostiene que es mejor regular la tortura que rechazarla para luego practicarla a escondidas. En su último libro “Rights From Wrongs: A Secular Theory of the Origins of Rights” (Basic Books, 2004), propone que, en situaciones excepcionales, cuando “la bomba está haciendo tic-tac”, el Presidente u otro alto representante esté autorizado para permitir la tortura en nombre del bien público.

Su visión, que califica como pragmática y que ha despertado polémica en EE.UU., define los derechos como emanados no de Dios ni de la naturaleza, sino de la experiencia humana de la injusticia. Al no ser “sagrados” e “inviolables”, pueden ser suspendidos cuando un peligro mayor amenaza a la sociedad. Por eso, concluye, es mejor regular los abusos, para que siempre haya una autoridad responsable llamada a rendir cuentas.

En respuesta, el profesor de la Universidad de Columbia Jeremy Waldron, rechaza la idea de que salvar a muchos justifica torturar a unos pocos. La tortura es siempre inaceptable, dijo hace poco en un programa radial: no importa cuántas personas haya de cada lado. Su argumento moral es impecable. Nada justifica tratar a las personas como objetos. Pero Dershowitz tal vez respondería que la moral pasa a segundo plano cuando se trata de decisiones políticas. El argumento de que la culpa de las atrocidades es de quien las comete, y no de quien podría haberlas evitado torturando a un prisionero, seguramente no convencería a ningún presidente, por más que defienda de corazón la Convención contra la Tortura.

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