El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 31/12/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University


Los partidos políticos chilenos ya calientan sus motores para la gran movilización en torno a sus presidenciables el 2005. Las “máquinas” operan para definir candidatos y apelan al apoyo de la gente para legitimar sus demandas. Pero ¿cuánto incide realmente la movilización popular en las decisiones políticas? En Estados Unidos, los cientistas políticos han advertido una fuerte baja en la participación ciudadana durante las últimas décadas, y un libro reciente atribuye la responsabilidad a la creciente distancia entre las masas y sus líderes.

Varios autores han registrado con preocupación un declive, a partir de la década de 1960, en la actividad política y el voluntariado. Mientras para el académico de Harvard Robert Putnam el problema apunta a un cambio cultural que hace a las personas más individualistas (como discutí en esta columna el 22 de octubre), los profesores Matthew Crenson y Benjamin Ginsberg, de la Johns Hopkins University, señalan que un cambio institucional ha liberado a las élites de las bases populares, contribuyendo a que la movilización política sea reemplazada por gestiones individuales.

En su libro “Downsizing Democracy: How America Sidelined Its Citizens and Privatized Its Public” (Johns Hopkins University Press, 2002), Crenson y Ginsberg argumentan que la escasa participación ciudadana ha generado una severa baja en la calidad de la democracia estadounidense. Una muestra es que, tras los polémicos resultados de la elección del 2000, la decisión sobre el nuevo presidente quedó reducida a un procedimiento legal, sin una deliberación política participativa.

La privatización de la política explica el aumento de las demandas judiciales, y la creciente influencia de grupos de interés. Lo que antes se conseguía con pancartas en la calles, hoy se logra con gestiones privadas en los tribunales. En lugar del ciudadano queda un consumidor de políticas públicas, a quien el estado debe satisfacer. Esta persona ya no es dueña o autora de las decisiones, sino sólo beneficiaria de ellas. Al reemplazar la esfera pública por intereses privados, la gente pierde interés por la política. La perjudicada es la calidad de la democracia.

Es cierto que los autores reflejan una nostalgia por grandes partidos de masas que desconoce el rol que los propios partidos han jugado en el distanciamiento élites – masas. Como sea, los partidos harían bien en considerar que toda democracia saludable requiere participación, y que marginar a la gente de las decisiones políticas tal vez traiga beneficios de corto plazo, pero debilita finalmente no sólo a los partidos, sino la calidad del sistema político.

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