El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 10/12/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University


Los resultados de las últimas elecciones presidenciales en EE.UU. revivieron el interés por entender cómo viven la religión y su relación con la política los estadounidenses. Entre lo más ambicioso que se haya producido recientemente sobre este tema está “The Transformation of American Religion: How We Actually Live Our Faith” (Free Press 2003), del sociólogo Alan Wolfe.

El autor, que dirige el centro de estudios sobre religión y vida pública del Boston College, entrevistó a católicos, protestantes, judíos y musulmanes de distintas regiones del país. Asistió a ceremonias y revisó decenas de documentos. Y concluyó que, en lugar de las ortodoxias y fundamentalismos de ayer, lo que predomina hoy es una religiosidad light, plenamente compatible con el individualismo y el narcisismo de la cultura estadounidense. En suma, una religiosidad que no amenaza a la democracia liberal.

El libro contiene interesantes descripciones y estadísticas sobre la forma como se practican distintas religiones en los EE.UU. de hoy. Sin embargo, su descripción de la religión parece superficial y sus conclusiones insatisfactorias.

Wolfe argumenta que, producto de un cambio revolucionario, hoy todas las religiones se han vuelto tolerantes y plenamente compatibles con el sistema político. Con una tesis análoga al fin de la historia de Fukuyama, sostiene que la lucha entre fe y cultura la ganó, definitivamente, la cultura. Cualquier religión que no se adapte a los nuevos tiempos se quedará, simplemente, sin consumidores. El autor, que se describe como no creyente, parece aliviado de constatar el rechazo al Dios castigador y la ignorancia de los fieles (10% de los entrevistados cree que Juana de Arco es la esposa de Noé, el constructor del Arca), como si la religiosidad desinformada fuera un antídoto al fanatismo y la intolerancia religiosa.

Su análisis deja de lado la movilización política de creencias religiosas, y la evidente relación que existe entre un sector del partido Republicano y la derecha cristiana. Por otro lado, Wolfe contrapone fe y razón como si la religión fuese contraria al intelecto. Excluye así de su análisis las preocupaciones morales y relativas al bien común que constituyen el centro filosófico de la mayor parte de las religiones. Por eso, Wolfe no contempla la posibilidad de que la politización de este nuevo tipo de religiosidad sea, más que una garantía, una real amenaza para la democracia y el pluralismo.

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