El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 12/11/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University


Para enfrentar crisis graves como guerras, guerras civiles o terrorismo, los países suelen suspender ciertas libertades en nombre de la seguridad. Pero ¿es real tal intercambio? El profesor de derecho constitucional de la Universidad de Chicago Geoffrey R. Stone plantea el dilema en “Perilous Times” (W.W. Norton, 2004), un volumen fascinante que describe la evolución legal de la libertad de expresión a través de la historia de EE.UU. El tema no puede ser más oportuno.

El libro analiza el papel que han jugado presidentes, jueces y disidentes políticos en la discusión sobre libertad versus seguridad. El Acta de Sedición, aprobada en 1798 a raíz de la amenaza de guerra con Francia, aparece como una herramienta de los Federalistas contra sus adversarios políticos, más que una forma de frenar al enemigo galo. Lincoln, en la Guerra Civil, establece los más importantes precedentes sobre régimen de excepción al declarar la ley marcial y suspender el derecho de habeas corpus, pero también enfrenta y tolera las críticas más ácidas en la prensa.

Durante la Primera Guerra Mundial, el Presidente Wilson genera una sorprendente red de espionaje interno, y la Segunda Guerra Mundial lleva a encerrar en campos de concentración a miles de inocentes ciudadanos estadounidenses de ascendencia japonesa. Stone analiza la Guerra Fría y el macartismo, las protestas contra Viet Nam, las deportaciones de extranjeros y disidentes y la guerra contra el terrorismo del Presidente George W. Bush.

Por un lado, el país parece aprender de la experiencia. Los fallos judiciales sientan precedentes que son citados y respetados, aunque también en ocasiones revertidos. La historia no es lineal, y los jueces y políticos oscilan, en los distintos periodos, entre defender y restringir la libertad de expresión.

Si algo queda claro es que emprender reformas legales al calor de la emergencia encierra más peligros que beneficios. Las restricciones a la libertad de expresión, lejos de aumentar la seguridad, parecen contribuir a socavarla. El autor reconoce que la libertad puede poner en riesgo la seguridad, pero argumenta que es al mismo tiempo la más importante fortaleza de EE.UU. Equilibrar los requerimientos de la libertad y la seguridad requiere de actores, en el gobierno, la prensa y los tribunales, que sean capaces de reconocer los abusos y de defender la libertad cuando esté en peligro.

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