El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 29/10/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University
Con el fin de la Guerra Fría, a comienzos de los 90, recrudecieron los conflictos étnicos en el mundo. La realidad de que muchos de los llamados “estados nacionales” son en verdad multinacionales se hizo patente. En el mundo académico, los dramáticos hechos de los Balcanes, episodios de terrorismo nacionalista en Europa y las despiadadas luchas tribales en Africa se vieron reflejadas en un creciente interés por los estudios de etnicidad y nacionalismo.
El profesor de la Universidad de Stanford David Laitin es una de las figuras más prominentes de esta rama de investigación que busca dilucidar las causas y consecuencias de la heterogeneidad étnica, y la relación entre la existencia de identidades plurales y la estabilidad democrática.
Africanista de origen, Laitin empezó a publicar estudios con un fuerte componente etnográfico a fines de los 70. Sus trabajos de campo incluyen a Somalía, Nigeria, España y Estonia. De esa república báltica deriva su más reciente aporte a la disciplina: el concepto de formación de identidades, algo así como la capacidad de una comunidad lingüística para redefinirse y adaptarse al cambio de contexto.
Tal vez el tiempo invertido en aprender ruso y estonio tenga que ver con el papel fundamental que juega el lenguaje en su libro “Identity in Formation: The Russian-Speaking Populations in the Near Abroad” (Cornell University Press, 1998). Allí compara la situación de poblaciones de origen ruso en Estonia, Letonia, Ucrania y Kazakstán. En esas y otras zonas de la ex Unión Soviética se produjo lo que Laitin llama una “diáspora varada”: sin moverse de su sitio, las personas quedaron de pronto sin patria, porque las fronteras retrocedieron.
En algunos casos, eso llevó a la adopción de un nuevo lenguaje, mientras que en otros la identidad rusa se mantuvo firme. Junto con explicar esas diferencias, Laitin sostiene que la acomodación a nuevas circunstancias políticas está dando paso a una nueva categoría de identidad en el mundo post-soviético: la comunidad de personas de habla rusa. Algo parecido, según el autor, ocurre con la identidad palestina en el Medio Oriente o la hispánica en Estados Unidos.
La literatura sobre etnicidad y nacionalismo es a menudo desdeñada por los estudiosos en países donde, como ocurre en Chile, prevalece el mito de la homogeneidad cultural. Si, como indican trabajos recientes, el reconocimiento de identidades plurales es esencial para el buen gobierno, la única perjudicada con la marginación de este tema será la calidad de nuestra democracia.