El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 22/10/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University
¿Pueden las instituciones cambiar la cultura política, o son más bien un reflejo de ella? Por muchos años, sociólogos y cientistas políticos sostuvieron que el atraso de los países del tercer mundo se debía a impedimentos culturales para desarrollar instituciones democráticas y economías de mercado. Esa explicación demostró ser insuficiente para dar cuenta de cambios políticos en los que el rol de actores y factores coyunturales parecía más importante que el lento avance de procesos de cambio cultural.
En 1993, el estudio de la
relación entre instituciones y cultura política dio un vuelco con la
publicación de “Making Democracy Work” (Princeton University Press, 1993),
donde Robert Putnam estudia las diferencias que tuvo la instauración de
gobiernos regionales en el industrializado y moderno norte y el atrasado y
tradicional sur de Italia. En ambos casos, sostiene, la nueva institución
modificó las prácticas políticas en la misma dirección. Pero al mismo
tiempo, el comportamiento institucional estuvo condicionado por la historia de
cada zona.
La segunda parte del libro rastrea hasta la Edad Media las diferencias entre el
norte y el sur. Y plantea que el factor determinante es lo que Putnam bautizó
como “capital social”: la asociatividad voluntaria de las personas, que les
permite desarrollar habilidades sociales y confianzas fundamentales para la vida
política.
Las pequeñas organizaciones
locales que Alexis de Tocqueville observó en los Estados Unidos de 1830 fueron
la semilla de su capital social. En “Bowling Alone” (Simon & Schuster,
2000), Putnam argumenta que este capital social, que estuvo en su peak en la
década del 60, ha disminuido durante los últimos años. Los estadounidenses ya
no tienen el espíritu cívico de antaño. Ya no van en grupo a jugar bowling.
El concepto de capital social ha generado una amplia literatura, y ha tenido
repercusiones no sólo en la esfera académica, sino también en la de las
políticas públicas. Pero también ha sido objeto de serias críticas. Parece
discutible, por ejemplo, que cualquier tipo de asociación ayude a generar
cultura cívica. El ejemplo clásico es el Ku Klux Klan.
Por otro lado, análisis históricos como los del Theda Skocpol han mostrado que el desarrollo de grupos locales de participación en EE.UU. estuvo mucho más vinculado a partidos políticos y grupos organizados a nivel nacional de lo que Putnam registra. Es posible que las instituciones tengan, después de todo, más poder explicativo sobre el capital social del que Putnam afirma.