El Diario Financiero - Desde
la academia
Fecha : 16/7/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University
Las volteretas del caso Spiniak, la sentencia en contra de funcionarios públicos que recibieron coimas y las investigaciones por el pago de sobresueldos en la administración pública, muestran que no se puede tener un buen gobierno si las personas que lo forman no cumplen con ciertos estándares morales. Las virtudes públicas parecen incompatibles con los vicios privados.
¿Pero qué es un comportamiento moral? Distintas concepciones de la moral llevarán a respuestas distintas. Mientras para algunos es moral violar los derechos de una persona siempre que eso traiga grandes beneficios a muchos, para otros ninguna circunstancia justifica tratar a un ser humano como “medio”, por ejemplo hacia un fin colectivo superior; la persona es siempre un fin en sí mismo, y la razón es el árbitro que permite distinguir una conducta moral de una inmoral.
En “After Virtue” (University of Notre Dame Press, 1981) el filósofo Alasdair MacIntyre rastrea las concepciones morales que han predominado en el pensamiento occidental a través de la historia y busca aclarar qué papel juegan en ellas las virtudes. En la Grecia clásica y la Europa medieval, la moral aparecía como la forma de perfeccionar la naturaleza humana. Gran parte de la noción clásica de virtud, que se mantuvo a través de la Edad Media en la moral cristiana, fue desplazada por el racionalismo y la secularización. La Ilustración buscó establecer nuevos fundamentos morales pero, según MacIntyre, ese proyecto estaba destinado al fracaso.
La consecuencia del desarrollo histórico de la filosofía moral es un mundo actual en profundo estado de caos. De las diversas tradiciones morales, sólo quedan palabras vacías, fuera de contexto, sin sentido. La filosofía, que sólo dispone de esta especie de cáscara de moralidad, no hace más que darse vueltas en un debate estéril en torno a conceptos que tuvieron sentido en un contexto social que ya no existe.
Tras su publicación en 1981, “After Virtue” renovó el interés por el tema de la virtud y motivó un acalorado debate sobre la historia de la filosofía moral y la relación entre historia y filosofía. Para responder a sus críticos, MacIntyre añadió un capítulo a la segunda edición de 1984. Junto con remecer al mundo de la filosofía, el debate ha generado nuevas miradas desde la teoría política al papel que juegan las virtudes públicas y privadas en la vida social y política, un debate que parece ineludible para enfrentar las necesidades morales del buen gobierno.