El Diario Financiero - Desde
la academia
Fecha : 09/7/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University
“Nacionalismo” es hoy casi una mala palabra. ¿Quién podría, a la luz de los horrores de la Segunda Guerra Mundial o la guerra de los Balcanes, autoproclamarse nacionalista sin comprometer su humanidad y su decencia? Rompiendo tabúes, el académico australiano Ross Poole se propuso explorar el nacionalismo como elemento central en la construcción de identidades políticas en el mundo actual.
En “Nation and Identity” (Routledge, 1999), Poole sostiene que la identidad nacional y el surgimiento del estado moderno, centralizado y burocrático, son fenómenos inseparables. La identificación con otros en torno a una historia, lenguaje y religión común, dice, es el principio ordenador de las sociedades modernas surgidas a partir del renacimiento. Y de esa idea de nación derivan los fundamentos del pensamiento liberal, republicano y democrático.
Poole no es un nostálgico nacionalista. Por el contrario, propone una mirada fresca a este desprestigiado concepto, en busca de claves para entender los nuevos problemas políticos que plantean las migraciones masivas o las demandas de pueblos originarios. No es casualidad que los teóricos más destacados del multiculturalismo y la política de la identidad provengan de países como Australia, Nueva Zelandia y Canadá, donde tanto las migraciones como los derechos indígenas plantean problemas políticos apremiantes.
Rescatar la importancia de las identidades nacionales no implica, según este autor, desconocer la compleja relación entre la autodefinida “nación” y el rígido estado, con sus instituciones y sus fronteras claramente delimitadas. Partiendo de la base de que las personas definen su identidad política socialmente, en un permanente contraste con otros seres humanos, Poole se pregunta por qué la identidad nacional parece tener preeminencia sobre todas las demás formas de identidad colectiva.
Mientras algunos vaticinan el fin del estado nacional a consecuencia de la globalización, Poole sostiente que la identidad nacional sigue siendo un elemento central en la forma en que las personas se perciben a sí mismas y se sitúan en relación con los demás. La nación como elemento de identidad de convierte, así, en una pieza clave para entender la relación entre principios universales e identidades locales.