El Diario Financiero - Desde
la academia
Fecha : 2/7/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University
¿Puede el Estado obligar a los ciudadanos a votar, como si el voto fuera un deber del individuo hacia la comunidad? ¿O debe más bien entenderse la participación en las elecciones como una actividad voluntaria, de la que cada persona es libre de abstenerse si lo desea? La discusión, que se está dando con fuerza en Chile en estos días, involucra maneras distintas de entender la libertad política.
Para algunos, al parecer la mayoría de los chilenos, la libertad significa que nadie me impida hacer lo que yo quiero. Y si lo que quiero es quedarme en casa un día de elecciones, ser libre significa abstenerme de votar. Para otros, la libertad requiere de ciertos bienes colectivos, tales como un sistema político con legitimidad o capaz de proveer ciertos servicios básicos a las personas. En esta versión, la libertad se alcanza sólo a través de una ciudadanía activa.
Estas dos nociones equivalen a lo que el filósofo franco-suizo Benjamin Constant llamó en 1819 la “libertad de los antiguos” versus la “libertad de los modernos”, o lo que el británico Isaiah Berlin bautizó como “libertad positiva” versus “libertad negativa”.
Mientras la primera considera libre sólo a quien participa en las decisiones políticas que determinan su vida, la segunda entiende la libertad como la falta de impedimento para desarrollar las acciones o el proyecto de vida que elija cada cual. El primer concepto se asocia con la antigua república romana y el segundo con la Guerra Civil británica del siglo 17.
En su breve pero contundente ensayo “Liberty Before Liberalism” (Cambridge University Press, 1998), el historiador de las ideas Quentin Skinner rescata el origen republicano de las nociones de libertad presentes en los principales autores de habla inglesa de los últimos siglos. Afirma que las raíces del pensamiento anglo-americano tienen mucho de esa tradición, por lo que propone rescatar el pensamiento republicano o “neo-romano” del papel secundario al que ha sido relegado desde hace siglos por la hegemonía de las ideas liberales.
No se trata sólo de una tarea de arqueología de las ideas políticas. Discusiones como la obligatoriedad del voto, el tamaño del Estado y el papel de las instituciones públicas en la vida de las personas dependen de cómo se entienda la libertad que adquieren los individuos al no ser molestados por la esfera pública, y aquella que sólo se obtiene a través de la participación en las decisiones colectivas. Este pequeño volumen en una gran contribución a ese necesario debate.