El Diario Financiero - Desde la academia
Fecha : 18/6/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University


En 1989, Francis Fukuyama dijo que la caída de los regímenes comunistas marcaba el «fin de la historia», es decir, ponía punto final a las grandes diferencias ideológicas que dividían al mundo. Pocos años más tarde, otro gurú de las relaciones internacionales, Samuel Huntington, desplazaba esa propuesta con otra que parecía calzar mejor con el escenario de la post-guerra fría y el recrudecimiento del terrorismo: la idea de un choque de civilizaciones que reemplazaría la lucha este-oeste por la confrontación entre bloques culturales y religiosos.

En su nuevo libro “State-Building: Governance and World Order in the 21st Century” (Cornell University Press, 2004), Fukuyama vuelve, implícitamente, a desafiar la idea del choque de civilizaciones. Su interpretación es que los problemas del mundo actual no derivan de nuevos conflictos ideológicos, sino de la incapacidad de algunos estados para poner en práctica los preceptos de la democracia liberal, triunfadores de la guerra fría.

Los estados fracasados son el gran problema que enfrenta Occidente para conseguir una paz estable y duradera. Pero la intervención de fuerzas estadounidenses o multinacionales en países como Haití, Irak o Afganistán plantea dificultades casi imposibles de subsanar. Fukuyama es pesimista acerca de la capacidad de imponer una burocracia eficiente allí donde reina la anarquía, la violencia y la corrupción.

El primero de los tres breves ensayos que forman el libro discute la paradoja de que el triunfo de los defensores del libre mercado y el Estado mínimo se traduzca, hoy, en esfuerzos por generar estados poderosos en todo el mundo. El mercado necesita regulación y un Estado fuerte es la única forma de crear mecanismos institucionales de resolución de conflicto.

En el segundo artículo -el más pesimista y el más interesante- Fukuyama rechaza la idea de la administración pública como una ciencia y sostiene que normas informales tienen, finalmente, mucho más peso y resistencia al cambio que las reglas formales que rigen las instituciones. Sugiere que la cultura política de un país no se puede cambiar de un día para otro a través de reformas institucionales. Por último, comenta las diferencias que separan a Estados Unidos de Europa.

El debate sobre los estados fracasados no puede ser más oportuno. Pero la insistencia de Fukuyama en ignorar profundas diferencias ideológicas contradice su propio análisis de que los estados no se pueden hacer liberales desde arriba. Que hoy sea más pesimista que en 1989 da, en todo caso, esperanzas de que las vendedoras visiones reduccionistas sobre el orden mundial vayan cediendo terreno a análisis menos ambiciosos, que den cuenta de la complejidad del mundo actual.

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