El Diario Financiero - Desde
la academia
Fecha : 04/6/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University
En 1978 Edward Said publicó “Orientalismo”, donde desarrolló el concepto de un Oriente inventado desde Occidente, plagado de los prejuicios y simplificaciones de una mirada imperialista. En cierta forma, el Oriente de los “orientalistas” es como la América Latina que se visualiza desde Miami como una entidad única y coherente, sin mayores distinciones entre países, grupos y personas de la región.
En su reciente libro “Occidentalism: the West in the Eyes of its Enemies” (The Penguin Press, 2004) Ian Buruma y Avishai Margalit invierten el concepto de Said para buscar una explicación al rechazo de principios y valores que se identifican como occidentales. Así como el “orientalismo” descrito por Edward Said menosprecia a los no occidentales como seres infantiles, incapaces de racionalidad, el “occidentalismo” reduciría la cultura occidental a una masa de conformistas buscadores de lucro, personas sin alma ni principios.
El “occidentalismo”, dicen estos autores, no es invención ni patrimonio del medio y el lejano Oriente. Por el contrario, surge en el seno de la propia cultura occidental como una reacción revolucionaria que luego es apropiada por el mundo no occidental. El nacionalismo japonés, por ejemplo, tuvo fuertes influencias ideológicas del nazismo.
Buscando las raíces del antiamericanismo y antijudaísmo de Osama Bin Laden, los autores apuntan a los movimientos románticos, anarquistas y nacionalistas europeos, que rechazan la falta de heroísmo de las mediocres democracias liberales.
La mirada “occidentalista” rechaza el afán comercial y el cosmopolitanismo de las grandes ciudades, la fe en la razón y la ciencia, y la falta de religiosidad y vida espiritual que caracterizan a las sociedades ilustradas. A la mediocridad y el conformismo de mercaderes sin alma, contrapone una sociedad orgánica, basada en principios trascendentes que justifican actos heroicos como el suicidio de los kamikaze japoneses. De ahí al fundamentalismo islámico hay un solo paso.
A pesar de que el libro presenta una atractiva forma de entender el rechazo a occidente, la simetría entre “orientalismo” y “occidentalismo” implícita en el esquema de Buruma y Margalit parece problemática. Después de todo, el “orientalismo” imperialista y paternalista surge desde una posición de poder, mientras el “occidentalismo” surge desde el resentimiento y la exclusión. El elemento económico merece mayor discusión.