El Diario Financiero - Desde
la Academia
Fecha : 14/5/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University
Desde los atentados del 11 de septiembre del 2001, la democracia estadounidense se debate entre la protección de las libertades civiles y políticas que la definen y la defensa de la seguridad de sus ciudadanos de posibles nuevos ataques terroristas. Los norteamericanos José Padilla y Yaser Hamdi llevan dos años detenidos sin las garantías del debido proceso. Casi 600 extranjeros presos en Guantánamo tampoco han tenido los beneficios de un estado de derecho. El Acta Patriótica, aprobada casi sin debate por el Congreso, dio al Presidente carta blanca hasta el 2005 para restringir derechos constitucionales en nombre de la guerra contra el terrorismo, y los tribunales de justicia no han desafiado ninguna de las restricciones impuestas por el gobierno.
La discusión pública sobre las responsabilidades políticas en torno a la lucha antiterrorista y la guerra en Irak ha sido acalorada, pero hacía falta un debate sobre su dimensión ética. Michael Ignatieff aborda ese aspecto en “The Lesser Evil: political ethics in an age of terror” (Princeton University Press, 2004). El director del Centro Carr de Derechos Humanos de la Universidad de Harvard fue partidario del ataque a Saddam Hussein, en nombre de la defensa de los derechos humanos de los iraquíes. Hoy, su posición se ve matizada por lo que considera fallas en el sistema de pesos y contrapesos estadounidense.
Ignatieff busca un punto medio entre los pragmáticos, dispuestos a sacrificar las garantías individuales en nombre de la seguridad, y los “libertarios” que rechazan cualquier medida que atente contra la dignidad de las personas. Ese punto medio es lo que llama la política del “mal menor”. Las excepciones, dice, no destruyen sino que salvan el estado de derecho siempre que sean temporales, justificadas públicamente, y ejercidas sólo como último recurso. Toda violación de derechos debe estar sometida al escrutinio de la justicia, del poder legislativo y de los medios de comunicación. En eso, los congresistas y jueces de Estados Unidos parecen no estar haciendo las tareas. Pero tampoco Ignatieff, al endosar una visión que identifica el nosotros con el bien y el ellos con el mal, cumple bien su función de filósofo político. Denunciar una imagen reduccionista de la lucha contra el terrorismo parece tan importante como llamar a las instituciones a ejercer el papel que les asigna la Constitución.