El Diario Financiero - Desde la Academia
Fecha : 30/4/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University


Desde que la semana pasada el prolífico periodista Bob Woodward -famoso por destapar el caso Watergate a mediados de los 70´s- lanzara su libro «Plan of Attack» (Simon & Schuster, 2004), no ha habido un solo día en que no aparezca en la prensa alguna novedad o alambicada interpretación de las múltiples revelaciones del libro sobre el gobierno de Bush y la guerra en Irak.

En Chile hicieron titulares los detalles sobre la conversación en que el presidente de Estados Unidos le pidió a Lagos, en marzo del 2003, que apoyara la guerra ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Las descripciones sobre descoordinación y rencillas entre los máximos asesores de George W. Bush han hecho que varios de los aludidos salgan a dar explicaciones.

Woodward coincide con el vilipendiado Richard Clarke, quien en “Against All Enemies” (libro comentado aquí el 26 de marzo) había descrito la obsesión de Bush por encontrar excusas para atacar Irak. Pero esta vez, la propia Condoleeza Rice tuvo que reconocer que la Casa Blanca hablaba de derrocar a Hussein ya el 2001.

Lo cierto es que el prestigiado reportero del Washington Post tuvo un acceso privilegiado a las fuentes, incluidas largas conversaciones con el propio Presidente Bush. Y “Plan of Attack” encabeza la lista de libros recomendados por el sitio web de la campaña presidencial por la reelección del Presidente: www.georgewbush.com.

Sugerir que el debate que ha generado el libro de Woodward en la Casa Blanca constituye una muestra de la libertad de expresión que promueve el gobierno incluso en tiempos de guerra es, por decir lo menos, una ingenuidad. Basta ver la labor de asesinato de imagen que emprendió la administración Bush para desacreditar las declaraciones de Clarke hace sólo unas semanas. Y para qué hablar de las presiones por el control de la información en nombre de la seguridad nacional. Los halcones no se andan con sutilezas.

Lo que sí hubo fue, como señaló esta semana el columnista Paul Krugman, una decisión de campaña de los asesores del Presidente, que evaluaron que no se puede seguir peleando contra cada libro publicado y decidieron que, finalmente, era bueno mostrar a un Bush firme y decidido. Que el libro deje una pobre impresión de algunos asesores es un costo marginal. Lo que es bueno para el candidato, es bueno para todos. Y las honras personales, que las defienda cada cual.

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