El Diario Financiero - Desde la Academia
Fecha : 26/3/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University


Esta semana empezaron las audiencias para investigar posibles negligencias del gobierno de Estados Unidos en prevenir los atentados del 11 de septiembre. El veterano asesor de inteligencia Richard Clarke ofreció su testimonio el miércoles, y sorprendió al público al pedir perdón a las familias de las víctimas por haberles fallado.

Sólo dos días antes había lanzado su libro “Against All Enemies: Inside America’s War on Terror” (Free Press, 2004) y aparecido en una larga entrevista de televisión donde acusó al gobierno de ignorar evidencia contra Al Qaeda y de forzar un vínculo inexistente entre los atentados y el régimen de Saddam Hussein.

Aunque el gobierno no ha podido demostrar la existencia de armas de destrucción masiva en Irak -justificación original de la guerra-, gran parte del público estadounidense cree que Saddam Hussein participó en los atentados del 2001, y que la guerra aumenta la seguridad contra el terrorismo.

En su libro, Clarke argumenta lo opuesto: que la “innecesaria y costosa guerra en Irak” descuidó el frente afgano, permitiendo la rearticulación de Al Qaeda, y que “fortaleció el movimiento terrorista islámico radical y fundamentalista en el mundo”. El Presidente Bush y sus encargados de Defensa Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz aparecen como obsesionados por buscar excusas para atacar Irak, pese a las evidencias de que si algún estado estaba involucrado, más bien había que investigar a Irán, Paquistán, Arabia Saudita o Yemen.

Aunque ha sido acusado de desacreditar al gobierno en tiempos electorales, Clarke no es el primero en plantear estas ideas. En agosto, el periodista Gerald Posner publicó “Why America Slept: The Failure to Prevent 9/11” (Random House, 2003). El libro, que pronto se convertirá en una miniserie de TV, da pistas sobre la participación Saudí en los atentados y denuncia tanto a Clinton como a Bush por no dar importancia a lo que sus expertos de inteligencia, como Richard Clarke, sabían de sobra.

El minucioso trabajo de investigación y el acceso a fuentes clasificadas hace del texto de Posner un buen complemento a la visión de “insider” que presenta Clarke. Pero las encuestas muestran que mucha gente sólo oye lo que quiere oír: que con Saddam preso, los estadounidenses pueden dormir tranquilos. De ser así, las denuncias de Clarke no tendrán el efecto electoral contra Bush que sus detractores le achacan.

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