El Diario Financiero - Desde
la Academia
Fecha : 19/3/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University
A diferencia de los demás personajes de la Independencia de Estados Unidos, el astuto Benjamín Franklin aparece al lector moderno como un ser de carne y hueso, mundano y pragmático. Esa es la imagen que proyecta la última de sus biografías, «Benjamin Franklin: An American Life» (Simon & Schuster, 2003), de Walter Isaacson.
La lectura de este libro es un placer. Entre momentos históricos y anécdotas memorables, el texto refleja un profundo afecto por el personaje y una mirada compasiva a sus flaquezas. Isaacson no le perdona haber tenido dos esclavos en su juventud, pero muestra que al final de su vida reparó su error no sólo liberándolos, sino encabezando una sociedad abolicionista.
Además de publicar periódicos e inventar, entre otras cosas, el pararrayos, la habilidad diplomática de Franklin consiguió el apoyo de Francia para la Independencia de Estados Unidos. Para Isaacson, lo más destacable de su carácter fue la convicción de que el individualismo de la emergente clase media era compatible con preocupaciones sociales y políticas. En este sentido, Franklin parece capaz de fusionar ideas liberales y republicanas.
A quienes desdeñan su interés por los problemas de la vida cotidiana y su inclinación por buscar soluciones de consenso más que por mantener principios, Isaacson responde: “puede que las personas dispuestas a ceder no hagan grandes héroes, pero hacen democracias”. Pero es justamente en la defensa de esas virtudes donde el libro presenta su punto más débil. El autor no se hace cargo de la versión que acusa a Franklin de ser acomodaticio y buscar, por sobre todo, su propio beneficio.
Puede que, como dice Isaacson, haya sido por convicción que Franklin se subió al carro de la Independencia en el último momento, tras haber defendido la lealtad a la Corona Británica. Menos aceptable resulta que no discuta su papel en la fundación del partido Cuáquero en Filadelfia, y sus propuestas de expulsar a los indios del Oeste.
Como sea, es innegable que la movilidad social y la tolerancia religiosa quedaron, a partir de Benjamín Franklin, grabadas en la identidad estadounidense. El libro reproduce el manuscrito de la Declaración de Independencia donde, tachando las palabras de Jefferson “sostenemos que estas verdades son sagradas e innegables” Franklin escribió “sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas”, reemplazando un principio religioso por otro secular y racional, típico de la Ilustración.