El Diario Financiero - Desde la Academia - Fecha : 20/2/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University


 

Richard Perle, uno de los más activos “halcones” del gobierno de George W. Bush en impulsar el ataque a Irak, acaba de escribir un nuevo capítulo en la zaga de críticas y defensas de esa guerra. Junto a David Frum, otro “neoconservador”, Perle lanzó en diciembre el libro “An End to Evil: How to Win the War on Terror” (Random House, 2003).

 

Los serios cuestionamientos a su papel de asesor en la decisión de atacar Irak, debidos a sus vinculaciones personales con intereses económicos en el Medio Oriente, no obstaron para que Perle publicara su visión sobre la amenaza terrorista y cómo enfrentarla.

 

Perle y Frum presentan a los estadounidenses como personas bajo constante amenaza, llaman a no bajar la guardia y critican a los diplomáticos que “ponen la amistad con otros países por sobre el interés nacional”.

 

Algo que no discuten es la falta de evidencia sobre armas de destrucción masiva en poder iraquí, el principal argumento esgrimido para iniciar la guerra. Sí se refieren a la descoordinación entre los servicios de inteligencia, y la excesiva burocratización de la CIA y el FBI, tal vez el único punto del libro que podría concitar cierto consenso.

 

Por lo demás, el tono alarmante con que advierte que los estadounidenses se han relajado demasiado en la guerra contra el terrorismo bordea, en ocasiones, la paranoia. La principal motivación para el terrorismo islámico es, en esta versión, un “odio asesino” en contra de Estados Unidos.

 

Aunque no precisan qué es exactamente lo que se previno con la guerra preventiva, los autores consideran que Estados Unidos detuvo a Irak “justo a tiempo”, pero que ahora deben “detener” a otras potencias que encarnan el mal: Irán y Corea del Norte.

 

Se trata, claramente, de una prédica a los conversos. La furiosa reafirmación de los principios neoconservadores que justificaron el ataque a Irak ya está generando airadas reacciones.

 

Organizado como una especie de manual para una estrategia radical contra el terrorismo, el libro parece un llamado a atacar a diestra y siniestra a una serie de enemigos definidos de manera imprecisa. A nivel nacional, la receta para ganar la guerra contra el terror se traduce en una especie de estado policial que vigile a todos los ciudadanos. Y en materia de política exterior, no queda claro cómo poner fin a la escalada de hostilidad internacional que resultaría de seguir estos consejos.

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