El Diario Financiero - Desde
la Academia - Fecha : 20/2/2004
Claudia Heiss, Political Science Department, New School University
Si la tarea de una Carta Fundamental es establecer lo permanente en un sistema político, ¿cómo puede una Constitución democrática reflejar el cambio social y al mismo tiempo conservar la identidad política de un país?
La disyuntiva se plantea, muchas veces, como una contradicción entre quienes defienden el derecho de las mayorías electas democráticamente a modificar cualquier legislación en nombre de la voluntad ciudadana, y quienes piensan, por el contrario, que ciertos principios deben ser inmutables, independiente de las mayorías electorales. Pero si defendemos a los primeros ¿cómo proteger los derechos de las minorías? Y si privilegiamos a los segundos, ¿cómo definir cuáles derechos deben ser considerados básicos e inmutables?
En “We The People: Foundations” (Harvard University Press, 1991), Bruce Ackerman identifica la práctica constitucional de Estados Unidos como una especie de “tercera vía” entre esas dos alternativas.
El sistema político estadounidense, dice Ackerman, es una democracia dual. En él conviven derechos fundamentales -protegidos por el Bill of Rights y por un esquema que hace muy difícil reformar la Constitución- con mecanismos que históricamente han logrado acomodar los cambios de la opinión pública.
En este libro, el primero de un ambicioso proyecto de tres volúmenes sobre teoría e historia constitucional, Ackerman distingue tres períodos: la aprobación de la Carta de 1787; la Reconstrucción que tras la guerra civil, puso fin en 1866 a la esclavitud, y las políticas del New Deal que, en 1936, dieron un papel inédito al gobierno con la instauración del Estado de Bienestar.
Estos tres momentos se presentan como puntos de inflexión en el sistema político. No se trata, según el autor, de acontecimientos de la política ordinaria, sino de movimientos revolucionarios que reflejan cambios sustanciales del consenso constitucional.
La facultad de reflejar un consenso político es esencial, en este análisis, para la tarea simbólica de la Constitución: aglutinar a personas de distinta cultura o religión en torno a una identidad común. Sin la Constitución, dice Ackerman, ni los programas de televisión ni la literatura serían suficientes para generar el “mito” de la identidad nacional que une a los estadounidenses.
Con un notable manejo de la historia y de la teoría constitucional, Ackerman discute la tensión entre soberanía popular y derechos fundamentales de una forma que puede iluminar a quienes estudian la relación entre política y derecho en otras épocas y lugares.