El Diario Financiero - Desde la Academia
Fecha : 19/12/2003
Claudia Heiss, Political Science Department - New School University


El Presidente Bush impresionó al público cuando, el 1° de mayo, apareció en tenida de piloto a bordo del portaaviones Abraham Lincoln para anunciar el fin de los enfrentamientos en Irak. Poco antes había descrito a Saddam Hussein como “un tipo que trató de matar a mi papá”.

En el día de Acción de Gracias, comió pavo en el aeropuerto de Bagdad con las tropas. Y esta semana, las imágenes del humillado Hussein han dejado la impresión de que un triunfante Presidente Bush es el responsable directo de su captura.
Según un libro publicado poco después de la reelección de Ronald Reagan, hace ya casi 20 años, no es el carácter del ocupante de turno de la Casa Blanca lo que genera una desmedida atención en la figura del Presidente, sino la institución misma de la presidencia.

En “The Personal President: Power Invested, Promise Unfulfilled” (Cornell University Press, 1985) el profesor de política estadounidense de la Universidad de Cornell, Theodore Lowi, identifica esta situación como el resultado de un drástico cambio en la institución de la presidencia a partir del gobierno de F.D. Roosevelt (1933-1945) y su política del “New Deal”.

Desde entonces, dice Lowi, la presidencia descansa en el apoyo de las masas, más que en los partidos políticos o en la acción del Congreso. El resultado es una presidencia “plebiscitaria”, donde los candidatos no tienen más opción que prometer lo imposible, generar enormes expectativas, y defraudar a sus partidarios una vez electos.

Hasta Roosevelt, el gobierno federal operaba en función de patronazgos políticos. A partir de los años 30 y 40, en lo que Lowi llama la “Segunda República”, empezó a asumir tareas regulatorias y redistributivas.

La ingerencia de los partidos disminuyó, mientras aumentaba la de los grupos de interés, y el Congreso empezó a delegar atribuciones en el Ejecutivo.

En esta “Segunda República”, los partidos y el Congreso pierden su papel mediador entre el público y la figura del Presidente. La “presidencia personal” atenta contra las responsabilidades colectivas del sistema político. El análisis del profesor Lowi viene al caso no sólo en los Estados Unidos de hoy, sino también en lo que Guillermo O´Donnell definió a mediados de los 90 como la “democracia delegativa” en América Latina.

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