El Diario Financiero, 26 septiembre 2003
http://www.eldiario.cl/shnoti.asp?noticia=764
Desde la Academia - Claudia Heiss
Ph.D. Student, Political Science Department, New School University


Supongamos que, de no haber una expresa intervención pública, la lengua, la mitología y toda la herencia Mapuche o Rapa Nui estuvieran condenadas a extinguirse. ¿Debería el Estado de Chile promover la preservación de estas culturas? ¿Sería correcto, en nombre de ese objetivo, violar la igualdad de todos los chilenos ante la ley y hacer excepciones que beneficien a las etnias originarias?

En otras palabras ¿pueden las libertades y los derechos individuales ser postergados, suspendidos o suprimidos en nombre de derechos grupales?

Preguntas como éstas han originado en Canadá una de las más prolíficas discusiones de la filosofía política contemporánea. La preservación de la francofonía en Quebec y los derechos territoriales de los pueblos originarios generaron en los últimos años un intenso debate teórico sobre el multiculturalismo y los derechos comunitarios. Un texto seminal en esta discusión es el breve artículo de Charles Taylor sobre lo que él llama la “política del reconocimiento”.

“Multiculturalism: examining the politics of recognition” (Princeton University Press, 1994) contiene en apenas 160 páginas el artículo de Taylor, más las reacciones y comentarios de autores como Jürgen Habermas, Michael Waltzer y Amy Gutmann.

En un lenguaje accesible al lector no especializado, Taylor sostiene que las sociedades liberales esconden, bajo pretexto de ser neutrales a valores específicos, una hegemonía cultural que oprime a los grupos minoritarios.

Por ejemplo, se puede argumentar que al Estado de Chile no le interesa promover ningún idioma en particular, y que por eso no se pronuncia sobre el tema: es neutral. Sin embargo, como toda la vida pública se desarrolla en castellano, existe un “no reconocimiento” a otros idiomas originarios que quedan, de esta manera, públicamente degradados.

Taylor critica así el liberalismo a la Kant, que promueve la neutralidad frente a nociones sustantivas de lo bueno, porque no satisface las necesidades de reconocimiento de distintos grupos en un mundo multicultural. En cambio, en la línea del filósofo Friedrich Hegel, propone que, sin violar los derechos esenciales de las personas, la vida política esté enraizada en un contexto histórico y valórico. Habermas le responde que ha entendido mal el liberalismo kantiano, generando una falsa dicotomía entre los derechos individuales y los derechos colectivos. El libro es una buena forma de asomarse a una candente discusión de la filosofía política contemporánea y a los problemas concretos que enfrentan sociedades que se reconocen cada vez más como multiculturales.

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