Desde la Academia, de Claudia Heiss
Fecha : 18/7/2003
Claudia Heiss, Political Science Department
New School University
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Desde el fin de la Guerra Fría, a comienzos de los 90, el mundo de las relaciones internacionales anda en busca de un nuevo paradigma para entender las interacciones entre países y predecir futuros escenarios.

Como después de la Primera Guerra, cuando se creó la Liga de las Naciones, y de la Segunda, con la aparición de la ONU, esta búsqueda está marcada por una optimista idea de que la cooperación, y no el conflicto, es el futuro de las relaciones entre estados. Por eso, hoy todos discuten la globalización, el “fin de la historia”, el concepto de que las democracias no pelean entre sí, y abundan los estudios sobre la Paz Perpetua, de Kant.

En la línea de los realistas Hans Morgenthau, E.H. Carr y Kenneth Walz, el profesor de Ciencia Política de la U. de Chicago, John J. Mearsheimer sostiene que ese optimismo no se justifica. En la anarquía de las relaciones internacionales, dice, el Estado sigue siendo el actor central, y está destinado a luchar por su supervivencia.

“The Tragedy of Great Power Politics” (La tragedia de la política de las grandes potencias, W.W. Norton, 2001) considera que la mutua agresión es el destino estructural de las grandes potencias en un mundo donde no existe una instancia superior capaz de arbitrar. Con un recuento de dos siglos de historia de las grandes potencias mundiales, el libro desarrolla un “realismo ofensivo” que recuerda a “El Príncipe”, de Maquiavelo: ninguna potencia puede garantizar su supervivencia a menos que se convierta en el poder hegemónico absoluto, algo que no ha ocurrido nunca. Los países sólo pueden confiar en su propio poder militar y riqueza económica.

El libro ofrece un repaso histórico amigable al lector no especializado, tiene implicancias teóricas relevantes para el mundo académico y propone vías específicas de acción a los gobiernos. De seguir sus consejos, el Departamento de Estado de EE.UU. tendría que tomar medidas inmediatas para impedir la apertura económica de China, porque “China y Estados Unidos están destinados a ser adversarios”.

La mutua agresión es un destino fatal, no importa el tipo de gobierno. Pero si la economía es un pilar del poder de un estado, el autor no detalla cómo, con las actuales relaciones económicas internacionales, es posible que los países incrementen su riqueza sin cooperación internacional. En este punto, la mirada del “realismo ofensivo” se hace insuficiente, y los optimistas de la globalización parecen tener algo que decir.

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