El Diario Financiero
Desde la Academia, por Claudia Heiss
Fecha : 23/5/2003
Claudia Heiss, Political Science Department New School University
En noviembre de 2001, poco después de los atentados terroristas del 11 de septiembre en Estados Unidos, el historiador Bernard Lewis publicó en la revista The New Yorker un extenso artículo sobre lo que definió como la crisis del Islam: una fatal mezcla de fanatismo religioso y violencia política.
Lewis es profesor de Estudios del Medio Oriente en la Universidad de Princeton y autor de consagrados textos sobre el mundo árabe, su choque con Occidente y el proceso de modernización en países como Turquía.
El artículo del New Yorker tuvo un fuerte impacto entre los lectores estadounidenses. Recibió un premio de la crítica, sumó argumentos publicados en otros artículos y alcanzó su forma final en marzo del 2003, como bestseller en librerías. El libro se llama The Crisis of Islam, y es un esfuerzo por explicar al público occidental los elementos históricos y culturales de un fanatismo al estilo Bin Laden.
“Al diseñar estrategias para combatir a los terroristas, ciertamente sería útil entender las fuerzas que los impulsan”, opina Lewis en la introducción. Y explica que, mientras en Estados Unidos decir que algo “es Historia” significa que ya no importa, en Medio Oriente el pasado se vive con tremenda intensidad.
En la tradición árabe, la identidad se define más por el origen que por la pertenencia a un territorio. Antes del colonialismo francés y británico, los estados árabes eran dinásticos, con fronteras movedizas. Por eso, el Califa Omar llamaba a aprender la genealogía, y no ser “como los campesinos que, cuando les preguntan quiénes son, responden: soy de tal o cual lugar”.
La mayor parte de los musulmanes no son fundamentalistas, y la mayor parte de los fundamentalistas no son terroristas. Pero ¿cómo llega el Islam a servir de sustento al terrorismo? Según Lewis, la explicación tiene que ver con la historia colonial del mundo árabe, el fracaso de ideas seculares socialistas y nacionalistas, y finalmente con el creciente poder del Wahabismo: un fundamentalismo religioso surgido en Arabia Saudita que Lewis compara con el elemento cristiano en la ideología del Ku Klux Klan.
A pesar de su indudable erudición, Bernard Lewis ha sido calificado de “orientalista”, o sea, de aplicar valores e ideas occidentales a contextos en los que no son aplicables. Su aprecio por la modernización y el secularismo lo hacen, finalmente, culpable del mismo mal que este libro intenta remediar: la enorme dificultad de Occidente para entender la cultura islámica.