Capital 225, 04-04-2008
Especial: crisis financiera
UNA CRISIS SIN POLITICA
Tras conocerse la decision de la fed de salvar a Bear Stearns, Martin Wolf -el destacado columnista de Financial Times-sentenció la muerte del "sueño del capitalismo de libre mercado global". Una conclusión severa que, sin embargo, no consigue motivar el debate político. Los candidatos norteamericanos andan en otra.
Por Claudia Heiss.
Es el tema del momento en el mundo entero. La economía más importante del planeta parece estar a las puertas -si no dentro- de una severa recesión. Los analistas coinciden en comparar el momento actual con la Gran Depresión, la crisis económica que siguió al desplome de la bolsa de Nueva York en 1929 y que llegó a su peak con las corridas bancarias de 1930 y 1931. Y sin embargo, ni el gobierno del presidente George Bush ni los precandidatos a la presidencia han dado prioridad en su discurso a la situación generada por el estallido de la "burbuja" hipotecaria en Estados Unidos.
La escasez de propuestas de fondo de parte de los principales actores políticos no deja de sorprender, considerando que la economía es, lejos, la principal preocupación de los electores, muy por sobre temas como la guerra en Irak o la discriminación racial. En un encuentro con el mundo financiero en Nueva York a mediados de marzo, el presidente Bush dijo a un grupo de ansiosos inversionistas que "ustedes realmente han contribuido, de varias formas, a hacer de nuestro país la envidia económica del mundo". La frase no parece muy acertada en momentos en que el sistema se percibe al borde del colapso. La prensa no tardó en comparar las palabras del presidente con su reacción al huracán Katrina cuando, frente a miles de personas que perdían sus hogares, aseguró que el desastre natural haría más fuerte al país.
Las principales recetas de Bush para reactivar la economía han sido las devoluciones y los recortes tributarios, mecanismos que no tienen relación con el orden de magnitud de la actual crisis. La falta de decisión de la Casa Blanca podría entenderse cuando faltan sólo meses para la elección presidencial de noviembre. Más sorprendente es la poca atención que han dedicado a la crisis financiera las campañas de los candidatos. John McCain debería ser el más perjudicado, dado que representa la continuidad de las políticas del partido republicano. Pero su campaña no ha formulado ninguna propuesta de reforma al sector financiero y, de hecho, su principal asesor económico, el ex senador Phil Gramm, es un fuerte defensor de la desregulación. Barack Obama y Hillary Clinton, en cambio, han criticado varios aspectos del manejo económico del presidente Bush; en particular, los acuerdos de libre comercio y las rebajas tributarias a personas de altos ingresos. Frente a la crisis, ambos han sugerido programas asistenciales destinados a apoyar a las personas que no pueden pagar sus viviendas y a impedir que éstas salgan a remate.
Pagando favores
Barack Obama, el único candidato que se opuso desde un comienzo a la invasión de Irak, culpa a la guerra del descalabro en la economía. Pero el economista y columnista del New York Times Paul Krugman refuta de un plumazo ese argumento, señalando que las guerras, en el corto plazo, reducen el desempleo y estimulan la economía, como ocurrió con Vietnam. "La guerra es, de hecho, un grotesco despilfarro de recursos que impondrá grandes cargas en el largo plazo al público americano. Pero es simplemente equivocado culpar a la guerra por nuestro actual desastre económico", escribe.
¿Cómo explicar que ninguno de los candidatos demócratas haya asumido un claro compromiso de reforma al sistema financiero? Krugman cree que la explicación está en las generosas contribuciones de campaña que han hecho las firmas de Wall Street a ambos postulantes demócratas. Eso justifi caría también que durante el gobierno de Bill Clinton se haya hecho la vista gorda ante la formación de un verdadero sistema paralelo casi totalmente desregulado, un sistema bancario "en la sombra", libre para hacer transacciones de alto riesgo sin los resguardos de capital y liquidez que se exigen a la banca tradicional.
Desde el fin de la Gran Depresión, se impuso en Estados Unidos la idea de que el gobierno rescataría a los bancos ante una situación de emergencia, pero éstos a su vez tendrían que someterse a ciertas regulaciones sobre los riesgos que en adelante estarían autorizados a correr. Ese condicionamiento no corre para otras entidades financieras que han llegado a conformar una especie de sistema paralelo, libre de regulación, pero íntimamente ligado a la banca tradicional. De ahí la actual crisis subprime: organismos financieros no regulados, como el banco de inversión Bear Stearns, hicieron jugadas más y más riesgosas en busca de mayores utilidades... y el resultado está a la vista. Pero aunque todos parecen de acuerdo en el diagnóstico, hay grandes divergencias respecto del remedio.
La pregunta surge una y otra vez: ¿cuánto y cómo es razonable intervenir para prevenir una recesión? Los economistas y los encargados de tomar las decisiones políticas en Estados Unidos reviven hoy con más fuerza que nunca la vieja disputa entre los defensores de la mano invisible de Adam Smith, y quienes, amparados en la experiencia de la postguerra, promueven una política keynesiana que aumente la intervención estatal y las regulaciones al sistema financiero. La intervención en el caso de Bear Stearns marcó un drástico cambio en la política financiera estadounidense. En una maniobra inédita, la Reserva Federal le prestó a JP Morgan Chase 29 mil millones de dólares para comprar ese banco de inversiones y salvarlo de la quiebra. El mensaje implícito es que, al menos en el caso de instituciones de fuerte gravitación en el sistema financiero, la Fed estará ahí para socorrerlas cuando se vean en problemas.
Euforia y miedo
Si bien lo más sano para el mercado parecería ser que quienes hicieron transacciones irresponsables paguen las consecuencias, ha surgido un consenso bastante amplio respecto del grave riesgo que habría significado dejar que Bear Stearns fuera a la quiebra. ¿Hizo la Fed lo correcto al rescatarlo? Nunca se sabrá si los peligros justificaban que la Reserva Federal actuara como prestamista de última instancia y asumiera el crédito de riesgo, con el consiguiente costo para todos los contribuyentes. Lo que sí queda claro es que la situación es suficientemente grave como para dar cabida a este golpe a la cátedra. El ex director de la Fed, Alan Greenspan, ha dicho que esta es la peor crisis económica que haya vivido el país desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Hoy en día, muchos culpan a Greenspan de haber hecho la vista gorda mientras se relajaban más y más los estándares para acceder al crédito, generando la actual crisis subprime. En parte para sostener sus principios libremercadistas y, en parte, para defender su reputación, el ex director de la Fed publicó el 16 de marzo un artículo en el Financial Times titulado "Nunca tendremos un modelo de riesgo perfecto". Greenspan sostiene allí que no importa cuán complejo y detallado sea el análisis, es imposible anticipar las potenciales fallas de un mercado financiero. Y eso, porque hay una variable imposible de predecir: las reacciones de los seres humanos, que crean permanentes oscilaciones entre la euforia y el miedo y que se repiten de generación en generación "sin que haya evidencia de una curva de aprendizaje". Las impredecibles reacciones de las personas son finalmente las que ocasionan estos abruptos cambios de ánimo en el mundo financiero.
Los defensores de la reforma fi nanciera demandan regulaciones y salvaguardias; precisamente, para proteger al sistema de los peligros de esa incertidumbre. Uno de ellos es Robert Rubin, ex secretario del Tesoro de Bill Clinton, quien se ha sumado a las voces que piden más regulación señalando que "si las empresas de Wall Street pueden contar con ser rescatadas como bancos, tienen que ser reguladas como bancos". Pero Greenspan piensa que, precisamente porque es imposible preverlo todo, más vale dejar al mercado operar tranquilo. "No podemos esperar anticipar los aspectos específicos de futuras crisis con algún grado de confianza. Por eso es importante, de hecho crucial, que cualquier reforma o ajuste a la estructura de los mercados y las regulaciones no inhiba nuestra salvaguardia más confi able y efectiva contra la acumulación de fracasos económicos: la flexibilidad del mercado y la competencia abierta".
Para el analista del Financial Times Martin Wolf, la acción de la Fed marca "el límite de la liberalización". Y califica el viernes 14 de marzo de 2008 como "el día en que murió el sueño del capitalismo de libre mercado global". El economista asegura que no juzga a la Fed por considerar que el banco de inversiones era demasiado importante en el sistema como para dejarlo caer. Pero asegura que esa decisión significa que la desregulación ha llegado a su límite y el mercado ha dado muestras de no poder resolver por sí mismo sus problemas. "Lamento enormemente que la Fed haya considerado necesario tomar este paso", escribe. Y asegura que, como consecuencia de esa decisión, "tendrá que haber mucha más regulación para esas instituciones".
Lo que la Fed ha hecho implícitamente es ofrecer una especie de seguro a las grandes firmas financieras, por el que estas instituciones pagarán con mayores restricciones a sus transacciones y con nuevos requisitos de capital y liquidez. El aumento en la regulación parece inevitable, porque se trata de impedir que las empresas disfruten de los benefi cios de operaciones de alto riesgo mientras reparten los perjuicios entre todos los contribuyentes. Por lo tanto, un efecto casi seguro de esta crisis y de la decisión de la Fed de intervenir en ella será el aumento de la protección pública, por un lado, y de la regulación por el otro, en la banca de inversiones.
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La pesadilla de la casa propia El colapso de los precios de las viviendas y el aumento de las ejecuciones hipotecarias en Estados Unidos han convertido el sueño de la casa propia en una pesadilla. Siempre se ha entendido que la inversión en la vivienda propia es buena para la economía en general y para las personas, que tienen en su casa una forma de ahorro. Sin embargo, la burbuja hipotecaria en Estados Unidos ha convertido a muchos deudores habitacionales en personas atrapadas en créditos que son un pésimo negocio. La explosión de compra de viviendas se produjo a raíz de una amplia oferta de crédito a bajo interés, sumada a bajos estándares en las condiciones de préstamo. Según publica James Surowiecki en la revista The New Yorker, en 1976 el pie que se entregaba por la compra de una vivienda era en promedio el 18% de su valor. Un estudio del 2005 y 2006 mostró que casi la mitad de los compradores no pagó nada de pie, y el promedio fue de sólo el 2% del valor de la propiedad. Mientras personas con bajos salarios no tenían acceso a otros tipos de créditos, los préstamos para la vivienda estaban al alcance de casi todos. El sistema pudo resistir mientras los precios de las casas iban al alza, pero se desplomó cuando las viviendas empezaron a bajar. A fi nes del 2007, el valor de las viviendas se redujo casi un 9% respecto del año anterior. En consecuencia, unos 15 millones de propietarios debe hoy más en su hipoteca de lo que vale su propiedad. |