LA TROPILLA
Carlos Javier Ossa Cornejo
Nos dijeron que marcháramos rápido, lo más luego que pudiera ser, aunque nos muriéramos de fatiga, aunque los tobillos gimieran y las espaldas no alcanzaran a gritar. Teníamos que marchar levantando los pies con las manos, antes de que se cayeran a pedazos, correr por senderos vertiginosos y desechos por la culpa de los tantos pasos caminados por el tiempo, de la mano de la lluvia, que ablandaba sus paseos, con el viento que refrescaba su danza por los torturados caminos que entretejían los árboles.
Corríamos como chiquillos alocados, traídos del pasado en los suaves carretones del recuerdo, galopando, galopando, con los cabellos lacios cayendo sobre las frentes marchitas por el sudor, jugueteando con manojos de hierba en las manos, y sonrisas en los rostros, mientras que por nuestras bocas se descolgaban cánticos y gritos.
Corríamos y corríamos sin pensar en los demás, sintiendo el viento golpear nuestros rostros, sabiendo sólo de los otros por sus gritos.
Gritos desesperados para aliviar nuestros cuerpos ya recorridos y castigados por muchos años, galopando, galopando, con los cabellos lacios cayendo sobre las arrugas marchitas por el sudor, jugueteando con manojos de cuerdas en las muñecas, despellejadas y sangrientas, con dolor en el rostro, mientras que por nuestras bocas se descolgaban súplicas y maldiciones.
Muchos kilómetros tuvimos que recorrer, con tan pocas horas de descanso, con tan poco alimento en nuestros cuerpos, alimentándonos solo con esperanzas e ilusiones, poco comíamos y poco vestíamos, pero grande era en cambio, en nuestro poder absoluto, el trabajo duro y la desgracia. Muy pobres somos, tanto que hasta los perros que vagaban por las calles malolientes, tenían mejor suerte; teníamos desgracia en las venas, sobre nuestros cuerpos vivía el látigo, y la muerte nos visitaba en forma frecuente. Pero algo poseíamos, con entera libertad, algo que nadie podría quitarnos, un regalo que los señores nos dieron con afán derrochador: nuestra miseria.
Marchábamos tan rápidamente como lo permitieran nuestros agarrotados miembros, los gemidos y las súplicas se elevaban por doquier, los jadeos habían ya reemplazado nuestra respiración, y seguimos corriendo. Nos dijeron que marcháramos rápido, lo más rápido que pudiera ser, aunque nos muriéramos de fatiga, aunque los tobillos gimieran lanzando imprecaciones, vertidas por el frenético contorneo de las cadenas, que sobresalían de los grillos mohosos destruyendo nuestros pies, aunque las espaldas no alcanzaran a gritar sus denuncias de dolor y rabia por las marcas de infames de los látigos, que los de mangas doradas hacían restallar sacándonos la piel.
Allá, en ese allá tan lejano, dentro de los muros invisibles de desgracia y muerte que rodeaban las casas de piedra, edificadas con infamia, cimentadas de cadáveres, lavadas con sangre.
* * * * *
Las campanas echaban a volar su repiqueteo asesinando el silencio mortuorio del día, con sones pesados, añosos y cansados de aburrimiento e indiferencia. Muchas campanas había en tantas torres diseminadas, en cualquier lugar, y en cualquier momento, por toda la ciudad.
Las casas se levantaban adormiladas y serenas, con sus piedras blancas extendiéndose al sol, grandes y extensas, con muchos cuartos y grandes patios, dentro de los cuales se alzaban otras viviendas, modestas y sucias. Cada casa era un mundo, el edificio principal, frente a la calle cobijaba al señor y su familia, sus sirvientes y protegidos. De dos o tres pisos, con balcones llenos de flores, en donde las damiselas se tendían a descansar. Los patios, inmensos y sucios, juntaban animales y esclavos para trabajar las tierras y los parques de la casa, esclavos y animales vivían juntos, y de igual a igual, disputaban su lugar y su comida.
Los señores dominaban todo su territorio, la casa y sus alrededores, alzándose con mano férrea y barriga suelta. Sus doradas mangas interrumpían cualquier descanso, palabra o mirada. Su mesa estaba siempre servida, sus arcas siempre llenas de oro, y sus tierras siempre colmadas de desgracia.
Reuníanse éstos cada semana, discutiendo la mejor forma de aumentar sus ganancias, de llenar su mesa de comida, de llenar al esclavo de miseria. Conversaban, comían, conversaban, bostezaban, conversaban. Sus rechonchos cuerpos dejaban una estela de tedio y alcurnia. Luego de terminar sus coloquios, marchaban a sus carruajes, al son cansino de sus finos caballos, sin preocuparse de nada, pues sus preocupaciones estaban bien guardadas por otros.
Así era la ciudad, un gran disfraz de oro y seda, un continuo rotar de soldados, que desfilaban por las calles sólo para felicidad de las muchachas, que los soñaban y adulaban del sol al levantarse, hasta nuevamente caer; el orden y la justicia eran derechos del señor de la casa, único dueño de aquellos oprimidos, en el único mundo que conocían, su casa.
Había sirvientes y esclavos, unos para atender al señor, y otros para alimentarlo. Vivían en mundos separados, los primeros, dentro de la casa, los segundos, fuera de ésta. De los últimos había muchos, tantos para diferentes tareas, aseaban, cosechaban, construían, arreglaban, tantos había porque muchos faltaban, muchos morían, muchos trabajando, muchos reemplazaban, ninguno descansaba.
El sol aun no aparecía y las campanas comenzaban a repiquetear son sones cadenciosos, saliendo aquéllos de las chozas con sus pasos cadenciosos. Cada campanada, un esclavo. Los capataces comenzaban su trabajo chasqueando sus látigos al son de las notas metálicas, los iban dispersando hacia sus faenas, mientras ellos seguían la música arrastrando los pies y las cabezas, como briznas de pasto doblegadas bajo el viento. Pequeñas existencias doblegadas bajo el látigo.
Y mientras el sol amodorrado ya comenzaba su nueva danza, uno de ellos levantó su pesada cerviz, y pese al dolor de su insolencia, vio aves al encuentro del día, cantando y volando, volando y cantando, y aprendió su canto, extasiándose en ello. Luego, volvió a dejar caer ese minuto supremo, bajo el chasquido del látigo.
Todo ese día pasó cantando, cantando por todo lo que su trabajo arremetía, mucho tiempo pasó cantando, enseñando su canto a cuantos encontrara por su cadena. Les cantó sobre aves, ríos torrentosos, bosques inmensos de árboles fuertes y briosos, sobre estrellas y nubes correteando por lugares que sus ojos ya no conocían. Cantos olvidados de una niñez alejada de sus corazones, de años cuya cuenta excedía en siglos los sones mortuorios de las campanas.
El canto se hizo trabajo, palmo a palmo, subiendo horas, naciendo voces, creando una armonía compacta que fue adquiriendo fuerza y vigor. Una exclamación adusta que, poco a poco, iba dominando el cruel tañido de las campanas, el frío exclamar de las órdenes, el infausto corretear de los látigos. El canto se hizo coraje, vertiginoso rumor de corazones que comenzaban a latir nuevamente, rompiendo males, años, látigos, cadenas. Los capataces gritaron asombrados.
El canto comenzó a murmurar. Los capataces gritaron furiosos.
El canto comenzó a rugir. Los capataces gritaron desesperados.
Pero el canto siguió subiendo, eludiendo gritos, amenazas, látigos. Dominó las frías notas de las campanas y continuó su carrera imparable, llevado por el viento a los cielos abiertos, por los pies sudorosos de cinco, veinte, treinta hombres hacia la libertad.
* * * * *
Marchábamos y marchábamos por entre riscos y matorrales, arrastrando los pies y los brazos lacios. Marchábamos con un poco más de tranquilidad, acariciados por la brisa nocturna, bajo la lánguida mirada de las estrellas.
Marchar, marchar, hacia los campos abiertos donde los trinos de las aves, el murmullo del viento entre los árboles, y el cantar brumoso de las aguas hacía desaparecer el ruido atronador de las campanas, y el canto mordaz y mordiente de los látigos sobre las espaldas descarnadas.
Cantando íbamos con un canto que nos apareció de improviso, que fue envolviéndonos en madrugada con férreos brazos que destrozaron nuestra vida, al romper con las cadenas.
Nos dijeron que marcháramos rápido, lo más luego que pudiera ser, nos dijeron, los vientos, las aguas, las estrellas, el sol, y nuestros corazones imprimían celeridad a nuestros pasos, fortaleza a nuestros cuerpos. Nuestras cabezas pregonaban su canto melodioso, ˇmarchar, marchar!. Nuestros corazones pregonaban su canto melodioso, ˇmarchar, marchar!. Hacia los cielos, hacia la vida, hacia la libertad.
Caminábamos de noche para que nuestros rastros los cobijara la oscuridad, y ya no pudiesen vernos los látigos y las cadenas. De día dormíamos y comíamos lo que cualquiera pudiera encontrar. Llevábamos marchando varios días y varias noches, algunos apenas, otros más seguros, pero entre todos continuábamos. Habíamos aprendido en pocos momentos lo que ninguno de nosotros había aprendido en años y años de trabajo, miseria, desesperación y muerte. Nos estábamos conociendo.
Luego de un día y una noche más de camino, divisamos una ciudad, los muros blancos se alzaban muy cerca nuestro. Llegábamos por fin al término de nuestra búsqueda. Danzamos alegres y resplandecientes, cantando, cantando y llorando como cuando aun éramos jóvenes, emprendiendo la entrada a la ciudad.
Faltaban unos pocos pasos cuando vimos a las palomas, blancas, radiantes, impávidas, terribles, los mensajeros de la muerte al servicio de aquellos de mangas doradas. Desesperados corrimos a las puertas, tratando de llegar antes que ellas, y las palomas revoloteaban acercándose siempre, ellas y nosotros, ganábamos terreno, lo perdíamos, lo volvíamos a ganar, completamente desesperados, levantando súplicas y polvo. Entonces ellas y nosotros llegamos.
Como un tropel de condenados recorrimos las calles, locos, sin saber donde parar, era una calle larga y silenciosa, grande y muerta; continuamos corriendo levantando nubes de polvo y súplicas de grillos y cadenas, hasta encontrarnos con un muro alto y temible. Chocamos, rodamos por el suelo, tratábamos de levantarnos y volvíamos a caer arrastrados por los que venían detrás de nosotros.
Súbitamente divisamos a algunas personas, que venían a recibirnos, lloramos de felicidad, ˇal fin habíamos llegado!, habíamos vencido, habíamos volado por sobre torturas, miserias, desesperación y muerte. Ellos nos esperaban, tendían hacia nosotros sus brazos, sus ropas de colores todos iguales y brillantes, sus manos y rostros con reflejos de sol y sonidos metálicos. Los veíamos con dificultad pues nuestros ojos estaban cegados por las lágrimas, el sudor, el polvo, les tendimos nuestras manos para que las recibieran, y de entre ellos se elevó un único grito dándonos la bienvenida.
- ˇAtención, Apunten, Fuego!
* * * * *
Las palomas se elevaron al cielo, arrastrando el suspiro de cien rifles hacia el lánguido y amortajado sol.
Habían llegado antes.
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