EGIPTO: LA RELIGION


Apenas existen monumentos o papiros egipcios que no se refieran a alguna creencia religiosa. Por esta razón, los testimonios en que podemos fundarnos para descubrir la religión egipcia son innumerables.

Contrariamente a lo que pudiera imaginarse, tanta riqueza de documentos proporciona más inconvenientes que ventajas.

Supongamos que dentro de 4.000 años un arqueólogo estudia la religión católica en un país determinado: Encontrará, excavando el suelo, millares de ex-votos, capillas dedicadas a diferentes santos, calvarios, imágenes piadosas, rocas veneradas, lugares de peregrinación, libros de hagiografía, etc.

Y tendrá que distinguir lo fundamental (el dogma) de lo accesorio (los distintos aspectos del culto, las variaciones locales, las supersticiones, etc.).

Sus conocimientos serían mucho más claros si sólo conociese los textos fundamentales (la Biblia y sus comentarios oficiales) y los archivos de un obispado, por ejemplo.

Respecto a la religión egipcia nos hallamos, más o menos, en la misma situación. Para reconstruirla, disponemos de varias clases de documentos.

Los monumentos, estatuas, columnas, estelas. etc., levantadas por los faraones y por otros personajes ilustres, están adornados con inscripciones, pinturas y esculturas, partiendo de las cuales es posible una síntesis general. El estudio de los monumentos funerarios (pirámides y sarcófagos) es, desde este punto de vista, muy interesante.

En las paredes secretas de las pirámides, en las mastabas o en las tumbas excavadas en la montaña, que se abren todas a un valle que, por lo mismo, ha sido llamado valle de los Reyes, se han encontrado los textos que los egiptólogos han denominado Textos de las pirámides, Libro de las puertas, Libro de las cavernas, Libro del día y de la noche y Letanías del Sol.

Los papiros también son muy numerosos. El más célebre es, sin duda, el Libro de los muertos, una guía destinada a ayudar al alma en su viaje al más allá. Encontramos en él oraciones, exorcismos y fórmulas mágicas.

Esta especie de misal era colocado en los sarcófagos para que el muerto lo tuviera a su alcance, y se copiaban algunos fragmentos del mismo en las paredes de las cámaras funerarias para que el alma, de cualquier lado que se volviese, tuviera ante sus ojos tan valiosa información.

Partiendo de un gran número de versiones, más o menos completas, se ha podido establecer la existencia de tres grandes recensiones del Libro de los muertos: La Heliopolitana (2600-2000 a. de J.C.) y la Tebana (1580-1100 a. de J.C.), utilizadas especialmente en la época de Tutmés III, Amenofis IV, Tutankhamon y Ramsés II, y la Saíta (usada en la época baja, hacia los siglos VIII y VII).

No debemos valorar en exceso el contenido del Libro de los muertos. Está lejos de ser una obra de gran originalidad religiosa. Algunos historiadores lo consideran como la "Biblia" de los antiguos egipcios, pero, de hecho, su contenido está tan alejado de una obra teológica como las páginas de una guía turística o de un tratado de geografía científica.

Más notables, pero menos espectaculares, son los himnos culturales (al dios del Nilo, Hapi; al dios de Tebas, Amón; al dios de Menfis, Ptath, etc.) y los rituales, textos como las Lamentaciones de Isis y de Neftis, etcétera.


Caracteres generales


En las épocas llamadas predinásticas existieron multitud de fetichismos locales, punto de partida del politeísmo posterior.

A medida que el reino se unifica y que unas ciudades dominan a las otras, los dioses secundarios de aquéllas se convierten en principales, y en consecuencia su culto prevalece sobre todos los demás.

Se hicieron reformas muy curiosas: Varios dioses menores fueron "absorbidos" por uno mayor o considerados como diversas manifestaciones de una misma divinidad, más importante jerárquicamente.

Desde el Imperio Antiguo, los dioses se reúnen en familias, y cada ciudad tiene, en principio, una familia preponderante. Cada familia se divide en tres personas: El dios Padre, la diosa Madre y el dios Niño. Por esta razón se las llama tríadas.

No obstante, existen dos excepciones: En Heliópolis, la familia solar comprendía nueve dioses, y el principal era Ra, dios del Sol (se habla, pues, de la enéada de Heliópolis), y en Hermópolis eran ocho (Ogdoada).
Las más conocidas de estas tríadas son las siguientes:
- En Menfis: Ptah, Sekmet e Imhotep.
- En Heliópolis: Ra, Atum, Khepra y tres parejas: Shu y Tefnut, Gheb y Nut, Seth y Neftis.
- En Tebas: Amón-Ra, Mut y Khonsú (Khons).
- En Abidos: Osiris, Isis y Horus (la tríada de Abidos es la más conocida, a causa de ser la primera que encontraron los griegos al tomar contacto con Egipto).

El culto en el antiguo Egipto pertenece al Estado y está regulado por el faraón, que es quien subvenciona los diversos templos.

Los dogmas, por el contrario, dependen de los sacerdotes. Cada ciudad, cada grupo sacerdotal, posee creencias propias y una particular concepción del dios y de su historia.

Nunca se intentó, realmente, la unificación de estas creencias, excepto, tal vez, en la época de Amenofis IV.


Evolución de la religión


Bajo el Imperio Antiguo (capital: Menfis), el dios supremo es Ptah. Al final de la V dinastía, la familia de Heliópolis (la enéada de Ra) predomina sobre las demás; los faraones se declaran hijos de Ra y la tríada solar prevalece sobre todos los cultos locales (excepto en Menfis y en Abidos).

En el Imperio Medio (a partir de la XI dinastía) Menfis es postergada por Tebas, cuyo dios es Amón. El culto de Ptah pasa entonces a segundo plano, y se hace una síntesis entre el dios tebano local y el dios solar Ra.

De ella resulta Amón-Ra, que se convierte en el dios nacional de los egipcios. Los faraones le dedicaron los suntuosos conjuntos de Karnak, en la época siguiente.

En el Imperio Nuevo, Amenofis IV (1372-1354 a. de J.C.) vuelve al culto inicial de Heliópolis, al culto de Ra, considerando a Amón como usurpador.

Quita de los templos sus estatuas, su nombre y el de los dioses de su tríada, e instala la capital en El-Amarna, un territorio que no estaba consagrado a ningún dios.

El faraón reformador propone a sus súbditos la adoración de un solo dios bajo el nombre de Ra-Harakthé, que se manifiesta en la forma del disco solar Atón.

Al mismo tiempo, el rey cambia su nombre de Amenofis por el de Akhenatón ("el servidor de Atón"), da a la capital el de Akhetatón ("el horizonte de Atón") y suprime las ceremonias en honor de Osiris y de los otros dioses.

El atonismo es, por tanto, una manifestación clara de monoteísmo; pero no subsiste a la muerte del faraón, pues durante el reinado de su sucesor, Tutankhamon, el culto tebano de Amón-Ra vuelve al primer plano.

En la Baja Epoca, después de la toma de Tebas por los asirios (en 666 a. de J.C.), las divinidades de las nuevas capitales (Bastis, por la ciudad de Bubastis, y Neith, por Sais) son objeto del culto popular.

Más tarde sobreviene una especie de anarquía teológica: es la época en la que el culto se dirige, de modo muy primitivo, hacia los animales sagrados. Unicamente Osiris y su tríada se salvan del olvido. Osiris es el dios que los griegos toman por dios nacional cuando visitan por primera vez Egipto.

En Bubastis hay un templo dedicado a Bastis, la diosa gata, donde se venera y momifica a los gatos. Los animales pueden recibir el alma de un dios o acompañar al dios. En tales casos se les adora.

Cada ciudad venera una especie determinada y con la decadencia del imperio estos cultos adquieren proporciones sorprendentes. Se han encontrado muchas momias de gatos, monos e incluso de abejorros. En Cocodrilópolis, se embalsamaba y adoraba a los cocodrilos.


La leyenda de Osiris


El rival de la familia solar del dios Ra es la tríada Osiris-Isis-Horus, particularmente venerada en Abidos.

Si embargo, existe un dominio reservado sin discusión a Osiris: él es quien preside el destino de las almas.

La leyenda más completa que poseemos de Osiris nos ha llegado a través del escritor Plutarco de Queronea (siglo I d. de J.C.), y coincide -salvo alguna variante- con la contenida en diversos documentos egipcios descifrados.

Osiris era el hijo de la Tierra y del Cielo; o sea, del dios Gheb y de la diosa Nut. Rey de la Tierra entera, es presentado como un "buen monarca" que implanta la justicia y la paz en su imperio.

No se separa nunca de su hermana Isis, mensajera de la civilización y encargada de mantener el orden en el reino cuando su hermano marcha hacia las regiones bárbaras.

El hermano de Osiris, Seth (Tifón para los griegos), conspira contra el dios y, al triunfar, lo asesina y arroja su cadáver al agua. Plutarco embellece la leyenda, bastante escueta, de los egipcios.

Imagina a Osiris, al regreso de uno de sus viajes civilizadores, invitado a una comida por Tifón: éste lleva al festín un cofre de gran tamaño y dice bromeando que será dueño del cofre quien pueda acostarse en él y llenarlo exactamente.

Los cómplices de Tifón presentes en la fiesta lo intentan en vano, pues el cofre era enorme, por estar hecho a la medida de Osiris.

Llegado su turno, Osiris se mete en el cofre y se tiende y en ese momento los conjurados se precipitan sobre el cofre, lo cierran herméticamente y lo arrojan al Nilo. El cofre, arrastrado hacia el mar, atraviesa el Mediterráneo y se detiene en la ribera de Biblos, la ciudad de los giblitas.

Según esta versión griega, Isis encuentra el cuerpo de su hermano en Biblos. En la leyenda egipcia, Isis, acompañada de Neftis, recorre toda la Tierra en busca del cadáver de su hermano y lo encuentra descompuesto en el cieno del Nilo.

Esta muerte de Osiris parece definitiva: Ra envía desde el cielo al embalsamador Anubis, que momifica el cuerpo del dios. Pero Isis, agitando el aire con sus alas sobre la momia, lo resucita. A pesar de esta resurrección, no vuelve a gobernar en su imperio terrestre, sino que se convierte en el rey de los infiernos.

La leyenda griega modifica el final de la narración egipcia: Isis, al regreso de Biblos, conserva con cuidado, ayudada por su hijo Horus, el ataúd de su hermano-esposo. Tifón (Seth), aprovechando una ausencia de Isis, corta a Osiris en pedazos y disemina las distintas partes del cuerpo por todo Egipto.

Isis va en busca del cuerpo de su esposo y encuentra todos los pedazos, con excepción de los órganos genitales. En cada lugar donde encuentra una parte de Osiris, construye una tumba. Así se explica, según Plutarco, la enorme cantidad de templos de Osiris hallados por los griegos, todos de la Baja Epoca.

Existe, sin embargo, otra variante de esta leyenda: Isis, una vez logró reanimar y volver a la vida el cadáver descompuesto de Osiris, habría tenido con su hermano-esposo unas relaciones en las que habrían engendrado un hijo, Horus. Cuando éste alcanza la edad adulta, reta a Seth a un combate singular.

En la lucha, Seth le arranca un ojo a Horus y éste arranca a Seth los órganos genitales. Vencedor finalmente Horus, recupera el ojo y se lo ofrece como talismán a su padre Osiris.

Según una recensión tebana, el singular combate fue arbitrado por Thot, quien habría curado a los combatientes. Y el dios de la Tierra, Gheb, por sentencia dictada en Heliópolis, reconocería a Horus el derecho a suceder a Osiris.

La diosa Hathor. Tumba de Pachedú, Tebas. XX dinastía.


Atributos del rey


Los faraones egipcios eran considerados descendientes directos de los dioses.

Las leyendas cuentan que Osiris había dejado como heredero a su hijo Horus, antepasado de todos los faraones. Por lo mismo, cuando éstos suben al trono, sus nombres se escriben bajo el halcón de Horus, el "dios dinástico".

Cuando Ra se convierte en el gran dios de los egipcios, Horus toma el nombre de Harakhté; los faraones se declaran entonces sucesores de la dinastía de Horus e hijos de Ra.

El faraón tiene, pues, "sangre solar" y, para conservar la pureza de su descendencia, toma por esposa principal a su hermana, y el hijo mayor de este matrimonio pasa a ser el heredero legítimo.

Esto, evidentemente, es la teoría; de hecho, las intrigas palaciegas y los golpes de estado fueron, como en todas partes, muy corrientes en Egipto.

Si, a la muerte del rey, era colocado en el trono otro que no fuera su hijo, los sacerdotes le buscaban una genealogía solar y, si no la encontraban, siempre era posible afirmar que Ra había bajado del cielo para depositar en el cuerpo de una mujer el semen faraónico.

El soberano, una vez consagrado, es el representante de Ra en la Tierra. Como tal, hace reinar la justicia y mantiene el culto. Teóricamente, sólo él puede ofrecer un sacrificio. En realidad, delega éste en los sacerdotes.

La muerte del faraón es un acontecimiento que le devuelve al mundo de los dioses. Al lado de su tumba se construye un templo, donde el pueblo le tributa un culto especial.


El alma y la supervivencia


La idea fundamental es la de la unión íntima, en un ser vivo, entre su cuerpo y el conjunto de dos principios materiales que forman el alma.

Estos dos elementos "espirituales" son el ba (el alma propiamente dicha, representada por un pájaro con cabeza humana) y el ka, en el que puede verse un doble del cuerpo humano o, según ciertos autores, una especie de ángel de la guarda.

La muerte destruye este armónico conjunto del mismo modo que Seth había destruido a Osiris; si se conserva intacto el cuerpo del difunto (momificación) y se le abre la boca para que el alma pueda volver a su habitación corporal después de la muerte, el difunto se convierte en un nuevo Osiris: Sobrevive.

La creencia más antigua afirma que el lugar de esta supervivencia es la tumba misma, porque el alma necesita del cuerpo para subsistir. Las necrópolis predinásticas nos han dejado cadáveres envueltos en esteras y enterrados en grava seca del desierto, donde se conservaban bastante bien.

El progreso técnico del embalsamamiento corresponde a la misma intención de preservar el cuerpo para permitir que el alma se reúna con él después de la muerte y sobreviva.

Más tarde nació el mito osiriano de un reino de los muertos, dominio subterráneo según unos, isla afortunada según otros: los campos de lalu, prefiguración de los Campos Elíseos de los griegos.

En esta morada supraterrestre, los muertos, a salvo de la vejez y de la enfermedad por la protección de la soberana justicia de Osiris, conocen el gozo de la vida eterna.

Culto funerario, portadores de ofrendas. Fresco de mastaba, 2500 a. de J.C.

El juicio de Osiris


Al morir, el alma efectúa un arriesgado viaje al más allá, durante el cual es juzgada por Osiris.

El difunto coloca su corazón en un platillo de la balanza, mientras que en el otro está la verdad como contrapeso, y se confiesa negativamente; es decir, enumera los "42 pecados" y se disculpa de ellos.

La balanza indica el grado de verdad de la confesión, que es registrado por Thot: el alma "mentirosa" es aniquilada y la veraz tiene derecho a la supervivencia.

Para librarse de las emboscadas que pueda encontrar en el más allá, el muerto es provisto de un compendio de fórmulas de conjunto (las contenidas en el Libro de los muertos, muchos de cuyos textos han sido hallados en los sepulcros).

Es interesante señalar que los compendios de fórmulas funerarias (los más antiguos, los Textos de las pirámides, fueron grabados en las paredes de las pequeñas pirámides de Saqqarah y se remontan al Imperio Antiguo, en tanto que los más recientes son rollos de papiro de la Epoca Baja) tienen más de fórmulas mágicas que de textos rigurosamente filosóficos o religiosos.

No parece que los egipcios hayan elaborado una sabiduría moral muy elevada. Creen demasiado en lo sobrenatural, en la intervención de fuerzas ocultas, y se rigen en la vida según un ideal abstracto.

Repitiendo muchas veces "soy puro, soy puro, soy puro" creen purificarse y "conociendo el nombre de los dioses" se libran del castigo final al ser juzgados por Osiris.

Se precaven del mal con las fórmulas, los encantamientos y los amuletos. Curan las mordeduras de serpiente y las picaduras de escorpión (entre otros animales venenosos) vertiendo agua sobre la cabeza de las "estatutas curanderas", cuyo cuerpo está cubierto de palabras mágicas, y recogiendo el agua, que se ha vuelto curativa al pasar sobre las fórmulas grabadas.

En resumen, los textos son numerosos, extrañamente poéticos, oscuros, pero, si los estudiamos rigurosamente, si eliminamos las ideas preconcebidas sobre el saber esotérico de los antiguos egipcios- hemos de reconocer su desoladora vulgaridad.


El culto de los muertos


La momificación es un rito que proporciona al alma la posibilidad de sobrevivir.

El historiador griego Diodoro de Sicilia describe así el procedimiento de los embalsamadores:

Presentan a los parientes del difunto una nota escrita de cada una de las modalidades de entierro, pidiéndoles que señalen la que más les interesa. Decidido esto, recogen el cuerpo y se lo entregan a los que realizan esta clase de operaciones.

El primero, llamado grammata (escribano), señala en el flanco izquierdo del cadáver, tendido en el suelo, la incisión que hay que practicar.

A continuación, el parasquista (el incisor), con una piedra etiópica efectúa la incisión establecida. Hecho esto, escapa rápidamente, perseguido por los asistentes que le arrojan piedras y profieren imprecaciones como para atraer sobre él la venganza del crimen; porque los egipcios tienen horror al que viola el cuerpo de uno de los suyos, lo hiere o lo violenta en alguna manera.

Los embalsamadores disfrutan de muchos honores y consideraciones por estar relacionados con los sacerdotes, y, como éstos, tienen entrada en el santuario. Reunidos alrededor del cuerpo para embalsamarlo, uno de ellos introduce la mano en el interior del mismo por la abertura de la incisión practicada. Lo extrae todo, exceptuando los riñones y el corazón.

Otro limpia las vísceras, lavándolas con vino de palmera y con esencias. Durante más de treinta días, tratan el cuerpo, primeramente, con aceite de cedro y con otras materias de este género, y después, con mirra, cinamomo y otras esencias olorosas, especiales para la conservación. Dejan el cadáver en una integridad tan perfecta que las pestañas y las cejas quedan intactas y el aspecto del cuerpo cambia tan poco que es fácil reconocer la cara de la persona.

Así, la mayor parte de los egipcios, que conservan en cámaras magníficas los cuerpos de sus antepasados, disfrutan de la vista de los que murieron hace varias generaciones y, ante su aspecto, su cara y sus rasgos, experimentan una gran satisfacción, contemplándolos como si fueran contemporáneos suyos (Diodoro de Sicilia, 1/91).

Los funerales, más o menos lujosos según los medios económicos de la familia del difunto, terminan con el rito de la apertura de la boca, que se practica antes de entrar la momia en el sepulcro. Este rito permite al alma reunirse con sus despojos materiales: transformado en un nuevo Osiris, el difunto podrá revivir.

Las tumbas son las moradas de los muertos. Se amueblan para que el alma pueda "vivir" confortablemente en su supervivencia (el tesoro más famoso es el de Tutankhamon, expuesto en el museo de El Cairo).

Los faraones se hacían construir espléndidos sepulcros (pirámides, mastabas y criptas excavadas bajo tierra), y un servicio regular de ofrendas aseguraba la subsistencia del difunto.


Los templos


El templo es la casa del dios. Se construye en piedra (mientras que las habitaciones de los hombres están edificadas con ladrillo), y su arquitectura sigue unas reglas muy precisas.

Todos los templos que conocemos -aparte de los monumentos funerarios y de una excepción que se remonta al Imperio Medio- datan, a lo más, del Imperio Nuevo. Es decir, todos fueron construidos después del siglo XVI a. de J.C.

Los vestigios más bellos son los grandes conjuntos de Karnak y de Luxor, cerca de Tebas, en la orilla derecha del Nilo, y los templos funerarios, al otro lado del río (templos del valle de los Reyes y del valle de las Reinas: En particular el templo de Deir-el Bahari y el de Medinet-Habú), así como los templos funerarios de Abidos.

En la época del Imperio Nuevo la civilización egipcia se extendió por Nubia. Los principales templos nubios, anegados cada año por las aguas del Nilo, son: el templo de Amada (edificado por Tutmés III), y los de Den, de Uadiaes-Sebua, de Beit-el-Uali y de Abu-Simbel (edificados por Ramsés II).

El santuario de Abu-Simbel -el más hermoso de los templos nubios- fue desmontado y reedificado sobre el nivel del Nilo cuando se construyó la presa de Assuán.

A la época tolomeica (es decir, al período que abarca desde las conquistas de Alejandro Magno hasta la conquista romana) pertenecen los templos mejor conservados y más bellos del antiguo Egipto: Edfú, Dendera, Filé y Kom Ombo son los más célebres.


Los sacerdotes y el culto


El sacerdote principal, representante del faraón, es el primer esclavo del dios.

Tiene a sus órdenes un gran número de auxiliares, los uabu (los puros), y los oficiantes propiamente dichos, que le ayudan en los sacrificios. Los sacerdotes no constituyen una clase social estricta, pero son elegidos entre las familias honorables del país.

Un organismo central, la Casa de la Vida, se encarga de unificar, a partir del Imperio Nuevo, la enseñanza sacerdotal.

En cada templo existe una filial de esta institución, pero ignoramos su funcionamiento exacto (se encargaba, sin duda, de copiar los textos sagrados y de poner al corriente la liturgia y las ciencias religiosas).

Un funcionario faraónico estaba encargado de la administración material; se le llamaba el director de los esclavos divinos del mediodía y del norte.

El acceso al templo se efectuaba por grados. Todo el mundo podía penetrar en la explanada que precedía a los pilares y orar allí, pero había que purificarse antes de entrar en el patio, y era un privilegio poder pasar a la sala hipóstila, la "sala de espera del dios".

Sólo el rey, o el sacerdote que le representa, puede penetrar en el santuario, abrir el tabernáculo (naos) y contemplar al dios y llevarle manjares, que se colocan sobre un altar apropiado, lejos de las miradas impuras.

En ciertos casos -las fiestas de la siembra, por ejemplo- el ídolo, cubierto con un velo, era colocado en una barca sagrada y paseado en comitiva a través de la ciudad y de los pueblos, precedido de músicos y de bailarines. Heródoto nos describe una procesión en honor de Osiris:

Al final del día de la celebración, cada uno sacrifica un cerdo delante del umbral de su casa y se lo entrega, para que se lo lleve, al vendedor, que siempre es alguien dedicado a la crianza de estos animales (...).

Los egipcios observan (...) poco más o menos las mismas ceremonias que los griegos, con excepción de los coros de música, de los que carecen, y de los falos, en cuyo lugar exhiben figuras de hombres de un codo de altura que se ponen en movimiento por medio de un hilo.

Las mujeres los llevan por los pueblos haciendo mover a intervalos la parte sexual del muñeco, ordinariamente tan grande como el resto del cuerpo. Un flautista precede a esta procesión, y las mujeres le siguen, cantando himnos en honor del dios. Diversas razones religiosas explican por qué estas figuras llevan un miembro viril de tal tamaño y el porqué sólo esta parte de la figura es móvil (Heródoto 11/48).

Los animales sagrados
Los primeros viajeros griegos que fueron a Egipto quedaron impresionados por el culto a los animales sagrados, considerados como formas de la divinidad: El buey Apis, encarnación de Ptah, en Menfis; el carnero de Amón en Tebas, y el de Osiris, en Mendes; la gata de Bubastis, etc.

Este culto comprende las prohibiciones alimentarias, en las que se han querido ver ritos totémicos.

La adoración de animales (la zoolatría) es un aspecto religioso poco evolucionado, y la supervivencia de este culto puede interpretarse como un vestigio de carácter predinástico.

Los nomos se podrían comparar a los clanes primitivos, y los animales sagrados serían los tótems de estos clanes.

Esta hipótesis -muy extendida a fines del siglo XIX, cuando la naciente sociología había forjado la doctrina totémica- exigiría, actualmente, ser revisada ante las nuevas ideas de la antropología sobre esta cuestión.

 


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