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... e ansimismo estaban unos bultos de diablos y cuerpos de sierpes junto a la puerta, y tenían un poco apartado un sacrificadero, y todo ello muy ensangrentado y negro de humo e costras de sangre, y tenían muchas ollas grandes y cántaros y tinajas dentro en la casa llenas de agua, que era allí donde cocinaban la carne de los tristes indios que sacrificaban y que comían los papas, porque también tenían cabe el sacrificadero muchos navajones y unos tajos de madera, como en los que cortan carne en las carnescerías, y ansimismo detrás de aquella maldita casa, bien apartado de ella, estaban unos grandes rimeros de leña, y no muy lejos una gran alberca de agua, que se hinchía y vaciaba, que le venía por su caño encubierto de lo que entraba en la ciudad de Chapultepec (Historia verdadera de los sucesos de la conquista de Nueva España).
Alimentaban las energías superiores de las divinidades, pero no hay que excluir, sin embargo, motivos materialmente alimenticios, toda vez que las víctimas proporcionaban un manjar muy apreciado. De todos modos, el número de los sacrificios anuales, que variaba según las estaciones y que estaba determinado por circunstancias externas (inauguración de templos, grandes fiestas religiosas y aniversarios excepcionales), era, como término medio, de unos 80.000, según algunos cronistas, pero esa cifra parece demasiado alta, y los americanistas creen que debe reducirse, en período normal, a unos 10.000. Sin embargo, durante el período de aguda crisis que caracterizó el reinado del último emperador azteca, Moctezuma, la matanza fue mayor, llegando al ritmo alucinante de tres corazones arrancados en cada una de las 22 horas del día azteca. La diosa Coyolxauhqui, en el relieve del Templo Mayor
de Tenochtitlán, aparece desmembrada y con atributos de otras deidades
femeninas. Da una idea del concepto ritual y mítico de los sacrificios
humanos, quitándoles cierto contenido de brutalidad. Por último, sumergía sus manos en la sangre y la extendía abundantemente por sus cabellos, que nunca más podía lavar ni peinar. Y, sin embargo, aquel Imperio azteca, que aterrorizaba a todos sus vasallos manteniéndolos bajo un yugo inhumano, había de derrumbarse bajo los golpes de unos pocos audaces españoles -cerca de medio millar-, perdidos en una tierra que les era desconocida, a más de 7.000 kilómetros de su patria. El odio de los vencidos, su deseo de venganza y de rebelión fueron los mejores aliados de los conquistadores castellanos.
Emperador azteca (1503-1520). Cuando Hernán Cortés desembarcó en las costas de México con un escaso número de soldados, Moctezuma era el gran señor de un magnífico imperio. Pero creyó que todo cuanto sucedía era voluntad de los dioses y apenas opuso resistencia a la ocupación española. Moctezuma, nacido en el año 1466, había de ser el último gran señor o emperador de los aztecas. Era pontífice máximo cuando sucedió al frente del imperio a su tío Ahuitzotl. Al principio se condujo con prudencia, pero con el tiempo fue acentuándose su temperamento despótico. Propulsó el progreso material y fomentó el cultivo de las bellas artes. En 1505 se vio obligado a combatir a los quantemaltecas, mixtecas y zapotecas, a los que consiguió derrotar. De 1508 a 1512 ocupó Honduras y Nicaragua. Antes de la llegada de los invasores europeos, había propiciado grandes reformas en su gobierno destinadas a reforzar la cohesión del imperio azteca, que se hallaba en crisis desde el reinado de su padre y antecesor Ahuizotl. Con estos objetivos, mandó construir un gran templo en el que se reunían todos los dioses del Imperio, contribuyendo de esta forma a acercar entre sí a las diversas naciones y creencias que estaban bajo su poder. Para protegerse de la traición de los nobles, ordenó que todos aquellos que tenían cargos públicos o tropas a su mando dejaran en la capital a un hijo o a un hermano. De este modo, Moctezuma disponía de rehenes sobre los cuales recaería su castigo en caso de traición. En 1519 llegaron a las costas mexicanas Cortés y sus hombres y Moctezuma creyó ver en ellos la voluntad de los dioses; cuando quiso reaccionar, ya era demasiado tarde. Se vio obligado a rendirse, con todo su inmenso imperio, a un escaso grupo de soldados. Al ser sitiados los españoles por los indios levantados en armas, Cortés obligó a Moctezuma a arengar a los insurgentes para que depusieran su actitud, pero éstos le recibieron a pedradas. Murió a los tres días a consecuencia de las heridas recibidas. |
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