Organización política del Imperio Persa


Las distintas provincias que componían el Estado persa tenían diversos estatutos políticos:
- algunos territorios (p. e., las ciudades fenicias) eran vasallos directos del Gran Rey;
- otros eran independientes políticamente y sólo estaban sometidos a un tributo (p. e., las ciudades griegas de la Jonia y Judea);
- otros recibían a veces el trato de estados aliados (Egipto, Babilonia).

Cada provincia vivía, pues, bajo un régimen particular determinado por las circunstancias, por las intenciones políticas del Gran Rey, etcétera.

Sea como fuere, el imperio estaba dividido en unidades administrativas, llamadas satrapías (su creación es debida a Ciro II y su organización a Darío).

En todo el imperio, las satrapías llegaron a ser treinta. Cada una de ellas tenía al frente un sátrapa, representante de la autoridad del Gran Rey. Siempre era un persa, y su independencia llegaba a ser tanta que, en algunos casos, constituía una amenaza para el equilibrio político interior.

El sátrapa era un gobernador civil y judicial que disponía a su arbitrio en materia de impuestos y en la administración de justicia de su provincia. No obstante, el poder militar no dependía del sátrapa y estaba en manos de otro dignatario ario: El jefe de las tropas.

Y como siempre es de temer una alianza entre estos dos poderes, Darío les había agregado un tercer alto funcionario, el secretario de Estado, llamado el ojo y el oído del rey, que sin duda tenía a sus órdenes una especie de policía secreta.

Evidentemente, las satrapías estaban relacionadas con la administración central de Susa por medio del sistema postal descrito antes. Cada satrapía debía proveer con regularidad un contingente de hombres para la guerra y asegurar la recaudación de impuestos, que eran muy fuertes.

Las leyes promulgadas por Darío son poco conocidas. En 519 a. de J.C. había establecido una Ordenanza de buenas normas, basada, según parece, en el Código de Hammurabi. En cada satrapía existía, en efecto, una justicia real, que juzgaba al mismo tiempo en función de las leyes nacionales.

Esta tendencia a la unificación, que apareció también en el plano religioso, contribuyó, en el aspecto material (moneda, unificación del sistema de pesas y medidas. etc.), a la formación de lo que hoy se llamaría espíritu nacional, que provocaba el asombro de Heródoto:

Un persa no ruega jamás por él, sino por toda la nación persa y por el rey, y se considera comprendido en esta oración general.


Persépolis


La ciudadela se extiende sobre una terraza de 130.000 m2 , en el declive de una montaña: los edificios fueron construidos bajo Darío I, Jerjes I y Artajerjes I.

La arquitectura de estos palacios no es muy original. Las columnas que sostenían el techo eran poco numerosas, porque las largas vigas de cedro del Líbano eran ligeras. La Apadana (gran salón de audiencia del palacio de Darío) contaba con 36 columnas colocadas a 9 m de distancia entre ellas; lo que resulta relativamente poco para sostener un techo cuya superficie era de 1/2 hectárea.

Las columnas aqueménidas -elemento de esta arquitectura- son distintas de las columnas griegas: su base suele estar decorada con hojas y con flores.
El fuste es cilíndrico (y no abombado como en las columnas griegas) y muy alto (18 m en los pórticos) y termina con una decoración floral que precede al capitel.

Los capiteles suelen tener una doble cabeza animal (generalmente dos cabezas de toro).


Pasargada


Pasargada era la residencia de Ciro el Grande. (etimológicamente, Pasargada: El campo de los persas). Allí se encuentra, además de otros vestigios de palacios reales, el sepulcro de Ciro, llamado actualmente Meched-i-Madar-i-Suleiman (sepulcro de la madre de Salomón), que mide 10,70 m de altura.


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