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Pueblo pequeño, unido por su fervor religioso, tuvo el destino de todos los grupos pequeños de la Antigüedad: Ser vasallo, alternativamente, de los egipcios, de los asirio-babilonios, de los persas, de los griegos y de los romanos. Sin embargo, en la época romana, la predicación de un judío, Jesús de Nazareth, fue el punto de partida de una religión universal que es todavía una de las fuerzas del mundo moderno: El cristianismo. A ello se debe el que la historia de los israelitas, que es algo así como la prehistoria de los cristianos, haya cobrado tan considerable interés.
Fue, sin duda, durante el reinado de Hammurabi en Babilonia cuando el clan nómada que tenía como jefe, según la tradición, al patriarca Abraham, emigró de la baja Babilonia (probablemente la región de Ur) hacia el sur, hasta el límite del desierto. Como todos los nómadas, los hebreos querían mezclarse con los sedentarios asentados en aquellos lugares (los cananeos). Fue en vano: Según la tradición, algunos clanes marcharon a Egipto, durante la época de los hicsos. La tradición nos dice que la estancia en Egipto fue desgraciada: Maltratados por los funcionarios del faraón (al igual que los campesinos egipcios), los hebreos acabaron por marcharse de Egipto, conducidos por Moisés, seguramente en el siglo XIII a. de J.C., para regresar a Canaán, donde otros clanes vivían también como nómadas. Todo esto es relatado así por la Biblia en sus primeros libros. ¿Sucedió tal como lo describe este libro sagrado? Podemos responder afirmativamente si nos limitamos a la evolución general de los hechos. Efectivamente, hubo movimientos de pueblos semíticos, en esta parte de Oriente Medio, entre los siglos XVII y XIII a. de J.C.; también hubo entre estos pueblos una agrupación individualizada, que mencionan los textos cuneiformes. Pero si se tienen en cuenta los detalles (nombres, genealogía, acontecimientos, etcétera), no es posible ninguna verificación. Es preciso subrayar -por lo extendidas que están en esta materia las falsas noticias- que no existe ningún documento arqueológico serio sobre la historia de los hebreos durante este período legendario: Todo lo que se haya podido adelantar sobre el pretendido hallazgo de los restos del Arca de Noé en el monte Ararat, de la cuna de Moisés y de muchos seudovestigios, suele ser pura fantasía. Sin embargo, hay un punto que ha sido puesto en evidencia por los arqueólogos: algunas ciudades cananeas fueron efectivamente destruidas hacia el siglo XIII o el XII a. de J.C.; el examen de los restos lo prueba. De esto a pensar que los destructores fueron los israelitas, en victorioso avance hacia Canaán (la tierra prometida) guiados por Josué, que es el sucesor de Moisés y el hombre que según la Biblia se apodera de Jericó, no hay más que un paso. Algunos han dado este paso, pero ahora empiezan a desengañarse de su hipótesis: cuando los israelitas llegan a la tierra prometida sólo encuentran ruinas, consecuencia de la invasión de los Pueblos del Mar. Varias ciudades intactas (Gaza, Ascalón, por citar únicamente las dos más importantes) están en manos de los filisteos. Estos, que dieron el nombre al país (Palestina), pertenecían precisamente a los Pueblos del Mar, de origen egeo, y asimilaron las tradiciones religiosas semíticas. Su poderío material era grande; sus guerreros, armados de hierro y de bronce, aterrorizaban a los israelitas, campesinos mal armados, que ignoraban casi todo lo referente al arte de la guerra (en la Biblia, el símbolo de estos guerreros temibles es el gigante Goliath). Nombre de Israel en caracteres jeroglificos.
Esparcidos por Palestina, viviendo algunos como campesinos sedentarios y otros como nómadas, faltó poco para que fueran asimilados totalmente por los cananeos, dueños de las ciudades y de las tierras más ricas. Pero cuando penetran en Palestina, su religión monoteísta (el yahvismo; no es aún el judaísmo) es lo suficientemente fuerte como para mantenerse, gracias al esfuerzo de los sacerdotes (levitas) y de los profetas videntes (nabis), apartada de los cultos naturalistas y politeístas de los cananeos, cada una de cuyas ciudades tiene su baal. El respeto a la ley de Moisés es la fuerza que une, en toda la extensión del país, a los hebreos, agrupados en una confederación de doce tribus. Los encargados de asegurar la permanencia de la ley mosaica son los Jueces. Ellos la adaptaron a las circunstancias, tomando elementos de las leyes mesopotámicas (p. e., el Código de Hammurabi). Pero en esta época no existe aún la nación israelita, y menos aún el Estado. Algunas ciudades (o pueblos) han dejado su nombre en la Biblia: Silo, Behtel, Siquem. No son capitales, ni siquiera ciudades administrativas; en estos lugares hubo, todo lo más, un centro religioso episódico. Por otra parte, la unidad era tanto más difícil de realizar cuanto que los israelitas constituían el blanco de ininterrumpidos ataques de numerosos enemigos: sobre todo los cananeos, pero también los madianitas, los amorritas, los moabitas y los filisteos, que hacia 1050 a. de J.C. se apoderaron de la custodia divina -El Arca- y destruyeron Sión. Esta derrota dio lugar a una tentativa de unión de diversas tribus bajo la autoridad de un solo monarca: El juez Samuel confirió a Saúl los poderes reales en nombre de Yahveh. La unión hace la fuerza: Los israelitas pueden librarse entonces del yugo filisteo; pero con esta victoria vuelven las disensiones entre ellos, hasta que caen de nuevo bajo la dominación de sus enemigos, tras la batalla de Gelboé. El becerro de oro y el monte Sinaí son dos de los hechos descritos en la Biblia.
El personaje, si nos limitamos a su retrato bíblico (y carecemos de otra fuente de información), no es muy brillante. Su victoria sobre el filisteo Goliath (a quien derrota de una pedrada en la frente, siendo así que éste buscaba el combate singular), le había hecho popular y peligroso para Saúl. . Se decía: La hipocresía del personaje aparece también
en el célebre episodio de Betsabé, a cuyo marido envió
a la muerte para gozar de la esposa cómodamente. Su severidad con
los enemigos vencidos se cuenta también en la Biblia: Este pueblo-estado, llamado reino de Judá tendrá como capital la ciudad de Jerusalén, ciudad cananea que, por carecer de pasado israelita, se acomodaba tanto a las tribus del norte como a las del sur.
Su reinado es pacífico y esplendoroso, lo cual viene a demostrar que la energía política de su padre había dado fruto. La administración del reino de Israel se inspira en el modelo egipcio: El poder está muy centralizado, una corte brillante y numerosa rodea al soberano, y los campesinos están abrumados de impuestos que permiten al soberano el despliegue de su magnificencia. Salomón concierta una alianza con el rey fenicio Hiram, cuya flota utiliza para exportar los granos y el aceite de Palestina, importar los productos exóticos de la costa occidental de la India y transportar carros y caballos desde Asia Menor a Egipto. Como los faraones, Salomón se hace edificar un palacio real y un templo, que la Biblia celebra, no sin exageración, como monumentos grandiosos. Finalmente, es durante el reinado de Salomón cuando se empiezan a escribir las tradiciones orales relativas a la historia de los hebreos, desde la creación del mundo hasta que éstos se asentaron en Canaán: tales textos, compilados dos o tres siglos más tarde, constituyen el Pentateuco.
La obra política de David rey no dura ni un siglo: A la muerte de Salomón, los particularismos reaparecen y las tribus del norte se separan, en 933 a. de J.C., de las del sur (tribus de Judá y de Benjamín). Se constituyen dos reinos distintos: Israel (en sentido estricto), al norte, que pronto establece la capital en Samaria, ciudad fundada por el rey Omri hacia 880 a. de J.C.; y Judá, al sur, con Jerusalén como capital. Los dos estados se entregarán durante 200 años a una serie de pequeñas guerras confusas, durante las cuales, generalmente, Israel dominará a Judá; a estas luchas fratricidas se añaden las luchas dinásticas, las matanzas, las guerras civiles, de las que la Biblia nos ofrece abundantes detalles. Sarcofago filisteo y cratera filistea.
Los neobabilonios eliminaron del mapa el reino de Judá en 597 a. de J.C.(toma de Jerusalén por Nabucodonosor, cautividad de Babilonia). Durante el exilio y la cautividad, los israelitas modificaron el yahvismo primitivo, y de ello nace el judaísmo. Acerca de este tema hay que subrayar algunos puntos importantes: En el tiempo del exilio y la cautividad, la mayor parte de los israelitas y judíos que se quedaron en Palestina fueron más o menos asimilados por los cananeos. La evolución religiosa se efectuó al margen de cualquier sujeción a Jerusalén: intervinieron influencias mesopotámicas y persas, que se encuentran en la Biblia (p. e., las consideraciones referentes al demonio). Después del retorno de la cautividad, se organizó alrededor de Jerusalén, en unos 2.000 km2 , una pequeña comunidad israelita, autónoma en el plano religioso, pero dependiente, política y económicamente, del Imperio persa. La "central religiosa" de Jerusalén sirvió de punto de enlace a todos los israelitas dispersados por el Oriente Medio a causa de los acontecimientos militares y políticos. La provincia persa de Jerusalén se llama Judea (es una parte del antiguo reino de Judá). Los israelitas que viven en Judea o pertenecen a la Diáspora (diáspora: "Dispersión"), serán llamados, desde el siglo V a. de J.C., judíos (latín: judaeus).
Judea, provincia egipcia a la muerte de Alejandro Magno y luego provincia seléucida (desde 198 a. de J.C.), se heleniza inevitablemente a partir de esta época. El templo de Jerusalén, centro de la vida religiosa, se transforma en templo de Zeus bajo el reinado de Antíoco IV Epífano (hacia 167 a. de J.C.), quien prohíbe la fiesta del sábado y la observancia de la ley mosaica. A este período de persecución religiosa se refiere la frase de la Biblia, en el Libro de Daniel, "la abominación y la desolación". La reacción de esta violencia fue una rebelión
sangrienta, capitaneada por la familia sacerdotal de los Macabeos (el
padre, Matatías, y sus cinco hijos: Juan, Simón, Judas Macabeo,
Eleazar y Jonatás).3 El esfuerzo de los Macabeos fue provechoso. De él salió un Estado judío relativamente independiente, transformado en reino al final del siglo II y que durante el reinado de Alejandro Janeo (103-76 a. de J.C.) disfrutará de un efímero período de prosperidad. En el 63 a. de J.C., Pompeyo asienta en Jerusalén el poder romano. La inscripción hallada en Cesarea dice:
104 (?) a. de J.C. 103-76 a. de J.C. 76-63 a. de J.C. 63 a. de J.C. 47 a. de J.C. 40 a. de J.C. 4 a. de J.C. 6 d. de J.C. Al este del Jordán, un pequeño grupo de judíos, al mando de Judas de Gamala (llamado el Galileo) y de un fariseo llamado Sadduq, intenta en vano una sublevación contra la dominación romana. Suceden a Coponio, como procuradores o prefectos de Judea: Ambivio, Rufo, Grato y, finalmente, Poncio Pilato. 41 d. de J.C. 70 d. de J.C.
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