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Hemos hablado ya de las innumerables disputas de sucesión. Hay que añadir a ellas las secesiones, las revueltas y las arbitrariedades de los sátrapas, grandes señores feudales que a veces se consideraban iguales al Gran Rey y que estaban en posesión de un ejército y tenían sus propias finanzas y administración. Toda la historia interna del Imperio persa es una larga
serie de guerras civiles locales y de represiones feroces. La razón fundamental de ello fue que no tuvieron ningún enemigo exterior lo suficientemente poderoso. Es de notar que las únicas guerras organizadas que los persas tuvieron ocasión de dirigir, las guerras médicas contra las ciudades griegas, terminaron en una derrota. El triunfo de los coligados griegos es más sorprendente aún si tenemos en cuenta que su ejército era poco numeroso, sobre todo si se le compara con el inmenso ejército de Jerjes. En definitiva, el Imperio persa sólo era temible por su extensión: el primer ejército importante y organizado que lo atacó, el de los macedonios, le venció sin gran dificultad. Los griegos guardaban un mal recuerdo de las guerras médicas. Habían vencido, es cierto; pero conservaban la idea obsesionante de la invasión: El Gran Rey era, para ellos, una especie de enemigo hereditario. Sin embargo, sus relaciones con Persia no se habían interrumpido nunca. Había mercenarios griegos en el ejército iranio y Atenas no titubeó en aliarse con el Imperio aqueménida, en 340 a. de J.C., para defender su posición en los estrechos, amenazada por Filipo de Macedonia. Este, consciente del peligro que podía representar para sus empresas una alianza grecoirania (y animado por el orador Isócrates, partidario de una verdadera cruzada contra los persas), había proyectado la conquista de Asia Menor, entonces casi limitada a la actual Turquía. En 336 a. de J.C., Parmenion, uno de los lugartenientes de Filipo, conquistó sin la menor dificultad la costa mediterránea de Asia Menor, y la Liga de Corinto, por orden del macedonio, prohibió que cualquier griego combatiera en el ejército del Gran Rey (lo que equivalía a privarle de sus mejores elementos guerreros). Esta doble acción militar y política fue el presagio de una empresa de mucha mayor envergadura. Pero Filipo murió repentinamente en el mismo año 336. No obstante, Alejandro acabaría la obra de su padre. Alejandro Magno logró borrar el Imperio persa de la Historia, en sólo seis años, con un ejército de apenas 40.000 hombres, pero, sobre todo, con un incomparable genio militar y político. La prematura muerte de Alejandro, el 13 de junio de 323 a. de J.C., no le permitió llevar a cabo la gran obra que había soñado: La unificación de los griegos y de los persas. Después de 20 años de querellas y de guerras de sucesión, su imperio quedó dividido en tres reinos, de los cuales la monarquía persa correspondió a Seleuco, sátrapa de Babilonia, que fundó la dinastía de los seléucidas (301 a. de J.C.). Los seléucidas, como los aqueménidas, no pudieron realizar un Estado unificado. Además, tuvieron que soportar los ataques de los partos, tribus nómadas de las estepas situadas entre el mar Caspio y el mar de Aral, que fundaron en la parte este del Irán el Imperio de los arsácidas (primer rey: Arsaces, hacia 205 a. de J.C.), que se fue desarrollando a expensas del Estado seléucida, el cual, en 150 a. de J.C., había quedado reducido a Asiria.
Pero los aristócratas persas se empeñan en librar la batalla decisiva. Mayo 334 a. de J.C. Invierno 334-333 a. de J.C. Mayo 333 a. de J.C. 12 noviembre 333 a. de J.C. Bajas macedonias: 800 muertos; bajas iranias: Varias decenas de millares de muertos. Darío consigue escapar. Enero-agosto 332 a. de J.C. Gaza (Palestina) sufre la misma suerte. Invierno 332-331 a. de J.C. Primavera 331 a. de J.C. Octubre 331 a. de J.C. Fines octubre 331 a. de J.C. Diciembre 331 a. de J.C. Enero 330 a. de J.C. Julio 330 a. de J.C. 330-328 a. de J.C. Verano 327 a. de J.C.
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