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Durante estos dos siglos los reyes que tomaron el título de "Gran Rey, Rey de Reyes", formaron la dinastía de los Aqueménidas (pertenecían al clan Hakkamanish, al que había dado nombre un tal Aquemenes, personaje semilegendario que probablemente vivió a comienzos del siglo VII). Los reyes aqueménidas
Si exceptuamos a estos dos príncipes, los reyes aqueménidas no brillaron ni por su genio político ni por su genio militar. Todos ellos se aprovecharon del sistema administrativo creado por Darío, comenzando por su hijo Jerjes I, pero cada vez que moría uno de ellos, se planteaba, casi ineludiblemente, una crisis de sucesión. No hubo un solo soberano aqueménida que no pusiera en práctica el asesinato político. Cambises, primogénito de Ciro, hizo matar a su hermano Bardiya; Artajerjes (465-424 a. de J.C.) mandó asesinar a todos sus hermanos; su hijo Jerjes, que únicamente permaneció en el trono durante 45 días, murió asesinado por Sogdiano, hijo de una de las concubinas de su padre. Darío II (424-405 a. de J.C.), apodado el Bastardo, fue víctima de su tía Parisatis, que fue además su esposa y que tuvo parte en todas las conspiraciones y asesinatos de la corte, defendiendo a su hijo Ciro (llamado Ciro el Joven. Jenofonte escribió para él la Ciropedia, o sea, "La educación de Ciro") contra el pretendiente oficial a la sucesión, Artajerjes II (405-359 a. de J.C.). Este no obtuvo el poder hasta que venció a su hermano, cuyo cadáver mutiló. Al subir al trono, Artajerjes III (359-338 a. de J.C.) tomó la precaución de mandar asesinar a sus numerosos hermanos y hermanas (su padre, Artajerjes II, tenía 350 mujeres en el harén) para evitar que le disputasen su derecho a la herencia. La muerte de Artajerjes III es un modelo dentro del género de la conspiración sucesoria: El Gran Rey fue envenenado por uno de sus consejeros, el eunuco Bagoas. Este colocó en el trono a un nuevo rey, al que envenenó también junto con todos sus hijos. Finalmente, Darío III Codomano, biznieto de Darío II, tomó el poder; pero Bagoas, insaciable, intentó envenenar también a este tercer soberano. Sin embargo, no lo consiguió y fue él quien pereció, obligado a beber el veneno destinado a su víctima.
Además, Ciro tuvo la habilidad de respetar los sentimientos nacionales y religiosos de las minorías que durante tanto tiempo habían sido dominadas por Nínive y Babilonia, lo que hizo que en muchas regiones fuera acogido como un libertador. En la misma Babilonia fue considerado por los sacerdotes de Marduk como el verdadero representante del dios. Sirvan de ejemplo algunas de sus proclamas: En todo Sumer y Accad no permití que se actuara con hostilidad. El yugo de Nabonid que les deshonraba, les fue quitado. Marduk... vio al que buscaba para que fuese un rey justo,
un rey según su propio corazón, a quien guiaría de
la mano. Había pronunciado su nombre: Ciro de Anschan, y ha designado
su nombre para la realeza. No se necesitó más para que los últimos profetas ensalzaran el nombre del Gran Rey, al que veían como un verdadero mesías. La realidad política es, indudablemente, menos mística. A Ciro le importaba poco el Templo de Yahveh, pero le interesaba Egipto (conquistado más tarde por su hijo Cambises), y Palestina estaba en el camino de Egipto. Al granjearse partidarios en Judea, Ciro preparaba una base para la invasión o, al menos, un punto de apoyo favorable. Los sátrapas persas Darío I (521-486 a. de J.C.) fue también un conquistador, pero destacó sobre todo como gran organizador. Aunque sólo fuera por las revueltas que tuvo que combatir al principio de su reinado, comprendió muy pronto que el gigantismo del Imperio persa impedía cualquier centralización. En consecuencia, creó el sistema de las satrapías y puso al frente de la administración y del ejército, casi exclusivamente, a personajes persas y medos. De este modo, el mosaico de pueblos, ciudades y reinos
llamado Imperio persa, podía considerarse a sí mismo como
un Estado ario: Iniciativas de Darío - El empleo de moneda acuñada (la pieza de moneda es una invención lidia); desde 516 a. de J.C. aparecen los daricos de oro. - La práctica de una política de expansión que conduce a Persia hasta sus fronteras naturales (el mar Caspio, el Cáucaso, el mar Negro, el Mediterráneo, el golfo Pérsico) y a sus primeras derrotas (las guerras médicas).
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