EL HOMBRE NUEVO
Por: Ernesto Guevara De La Serna
Déjenme decirles, a riesgo
de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes
sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin
esta cualidad. Quizá sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe
unir a un espíritu apasionado, una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin
que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que
idealizar ese amor a los pueblos. No puede descender con su pequeña dosis de
cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita.
Hay que tener una gran dosis de humanidad, una gran dosis de
sentido de la justicia y de la verdad, para no caer en extremos dogmáticos, en
escolasticismos fríos, en aislamiento de las masas. Todos los días hay que
luchar por que ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos
concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización.
El individualismo en cuanto tal, como acción aislada de una
persona en el ambiente social, debe desaparecer de Cuba. El individualismo debe
ser, mañana, la realización completa de las capacidades de todo un individuo en
beneficio absoluto de una colectividad. Uno de los objetivos fundamentales del
marxismo es eliminar el interés, el factor "interés individual" y el
lucro desde las motivaciones psicológicas.
Un trabajador de vanguardia, un miembro del Partido dirigente
de la Revolución, siente todos los trabajos que se llaman sacrificio con un
interés nuevo, como una parte de su deber, pero no de su deber impuesto, sino
de su deber interno y lo hace con interés. Y las cosas más banales y más
aburridas se transforman, por imperio del interés del esfuerzo interior del
individuo, de la profundización de su conciencia, en cosas importantes y
sustanciales, en algo que no puede dejar de hacer sin sentirse mal: en lo que
se llama sacrificio. Y se convierte entonces, no hacer el sacrificio en el
verdadero sacrificio para un revolucionario. Es decir, que las categorías y los
conceptos ya van variando. El revolucionario cabal, el miembro del Partido
dirigente de la Revolución, deberá trabajar todas las horas, todos los minutos
de su vida, en estos años de lucha tan dura como nos esperan, con un interés
siempre renovado y siempre creciente y siempre fresco. Ésa es una cualidad
fundamental. Eso significa sentir la Revolución. Eso significa que el hombre es
un revolucionario por dentro, que siente como revolucionario. Y entonces el
concepto de sacrificio adquiere nuevas modalidades.
No se trata de cuántos kilogramos de carne se come o de
cuántas veces por año pueda ir alguien a pasearse por la playa, ni de cuántas
bellezas que vienen del exterior puedan comprarse con los salarios actuales. Se
trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con mucha más
riqueza interior y con mucha más responsabilidad.
Todos y cada uno de nosotros paga puntualmente su cuota de
sacrificio, conscientes de recibir el premio en la satisfacción del deber
cumplido, conscientes de avanzar con todos hacia el Hombre Nuevo que se vislumbra en el
horizonte.