Un cuento de Freda Mosquera
Cuentos de seda y de sangre. Freda Mosquera. Ediciones Sociedad de la imaginacion, Bogota, Colombia, 1997.
Videogamia
Tomado del libro "Cuentos de seda y de sangre de Freda Mosquera.
Cuento seleccionado para la antologia "Ellas Cuentan" Escritoras desde la Colonia hasta nuestros dias, publicada por Editorial Planeta, Seix Barral.
La historia ocurri� en una ciudad peque�a de la Costa Este de los Estados Unidos.  Un d�a, Ram�n Montoya, un inmigrante suramericano,  compr� la M�quina de los Sue�os en una popular tienda de electrodom�sticos, sin imaginar que este hecho cambiar�a su vida.    Ram�n hab�a nacido en un peque�o pueblo al Norte del Per�, con los ojos inundados de mar y de desierto.  Hab�a crecido escuchando las noticias en la radio y viendo la televisi�n en blanco y negro, pero los adelantos del mundo moderno nunca le hicieron falta hasta que viaj� a los Estados Unidos.  Su casa de un solo piso, en un tranquilo barrio de Fort Lauderdale, se convirti� poco a poco, en un peque�o, pero simp�tico museo.  Ram�n sent�a pasi�n por la tecnolog�a, los aparatos el�ctricos, las esculturas met�licas y las computadoras.  El �nico objeto que le hac�a falta era la M�quina de los Sue�os, pero por razones que el mismo no pudo explicarse, siempre, en el �ltimo instante, cuando estaba a punto de comprarla, cambiaba de opini�n y se decid�a por otro objeto cualquiera: una podadora de pasto a control remoto, un robot en miniatura para abrir latas de cerveza, o una m�quina de afeitar en forma de mano femenina.  Pero esa mana�a de Septiembre, Ram�n Montoya se despert� con la sensaci�n n�tida y fresca de su �ltimo sue�o.  Hab�a visto a sus padres y hermanos, a todos sus parientes y t�os, en una gran fiesta en la casa de su infancia.  Hab�a visto el mar de Chiclayo, hab�a bebido Chicha de Jora y hab�a corrido por el campo como cuando era un ni�o.  Por primera vez en muchos a�os, sinti� nostalg�a de su pa�s y de su gente y cerr� los ojos para quedarse en el sue�o, pero los ruidos de la ma�ana lo despertaron por completo.  Entonces pens� en la M�quina de los Sue�os.
Se levant� despacio y divis� a su esposa,  envuelta en una toalla, mientras se arreglaba el cabello con el secador de pelo.  Se acerc� a Beatriz y la bes� en el cuello.  Le gustaban su piel y sus cabellos, su boca ancha, sus senos grandes y el olor de su cuerpo reci�n ba�ado.  Despues Ram�n se meti� en la ducha.  El agua cay� tibia sobre su cuerpo y le volvi� a la memoria el recuerdo de su �ltimo sue�o.   Sali� de la ducha, se visti� y fue a la cocina donde Beatriz lo esperaba, vestida, lista para irse.  Se besaron en los labios.  Salieron juntos, se despidieron de nuevo y Beatriz se embarc� en su auto.  Ram�n la vi� partir, levant� los ojos hacia el cielo y lo encontr� inundado de p�jaros que ven�an del Norte en busca de calor.  El clima estaba fresco y la ciudad, invadida de sol.  Subi� a su auto, manej� con calma, la f�brica estaba a quince minutos de su casa y el tr�fico de autos se deslizaba sin complicaciones.  El d�a empez� lento y mon�tono: el ruido de las m�quinas, las conversaciones intrascendentes de sus compa�eros, las bromas obscenas para romper el �stress� y la est�pida sonrisa del supervisor.  Pero Ram�n Montoya trabaj� con entusiasmo y a la hora del almuerzo se acerc� a Ra�l, un colombiano silencioso y le pregunt�:
_ �Como te va con la M�quina de los Sue�os? �S� vale la pena?
_ Es fascinante -respondi� Ra�l, levantando los ojos del libro que sosten�a en las manos-, es m�s maravillosa que el m�s poderoso de los alucin�genos.  Es el sue�o hecho realidad de los surrealistas.  Si Dal� -dijo Ra�l, riendose- hubiera conocido la M�quina de los Sue�os, hubiera enloquecido de felicidad.
Ram�n no conoc�a a Dal�, ni sab�a quienes eran los surrealistas, pero las opiniones de Ra�l le inspiraron  respeto.  Esa tarde al terminar la jornada de trabajo, se dirigi� al almac�n mas grande de electrodom�sticos, al suroeste de la ciudad.  El lugar ten�a seis entradas y un estacionamiento gigantesco.  Permanec�a abierto las veinticuatro horas del d�a.  La M�quina de los Sue�os estaba en exhibici�n en una plataforma circular en el centro del enorme local.  Alrededor de ella, en plataformas individuales, giraban diferentes modelos y marcas.  En un sal�n adyacente que ten�a las paredes cubiertas con telas negras, un parasic�logo realizaba demostraciones.  El hombre vest�a tambien de negro y hablaba varios idiomas.  Repet�a su discurso sin parar, del ingl�s al alem�n, del alem�n al franc�s, del franc�s al espa�ol, mientras una ni�a, un anciano y una mujer de edad madura,  sentados en sillas reclinables, ca�an en un sue�o hipn�tico.  Las m�quinas ten�an un decodificador que transformaba las se�ales cerebrales en el�ctricas, dos electrodos, uno para audio y otro para video, un monitor a color, una videograbadora y un gorro pl�stico donde el so�ante introduc�a la cabeza.  El gorro tra�a cuatro electrodos, dos a la altura de los oidos para captar las se�ales auditivas y dos en la regi�n occipital para recibir las ondas de video.  Ram�n Montoya observ� fascinado las im�genes que iban apareciendo en los monitores y pens� en la posibilidad de capturar sus sue�os en un video para repetirlos una y otra vez.  Compr� la M�quina de los Sue�os y sali� del almac�n con la enorme caja.  La guard� en el baul del auto y se march�.  En el trayecto de regreso a casa experiment� una fuerte excitaci�n, la misma que lo pose�a cuando adquir�a un nuevo objeto.
La casa estaba en penumbra, Ram�n escucho voces y vio el resplandor de la televisi�n en el centro de la sala.  Beatriz lo recibi� con una sonrisa y  se asombr� al ver la caja.
_�Qu� es? -pregunt� Beatriz.
_La M�quina de los Sue�os -respondi� Ram�n, en el mismo tono enigm�tico que hab�a empleado Ra�l, al mediod�a.
Esa noche Ramon Montoya instal� la M�quina de los Sue�os junto a su cama.  Estaba impaciente, comi� poco y se acost� temprano, pero di� vueltas entre las s�banas y el sue�o no lleg�,  hasta que el silencio se apoder� de la casa y Beatriz apareci� en la habitaci�n.  Se veia extenuada.   Ram�n vio como ca�a en la cama,  sumergiendose en el sue�o, sin mayores preambulos.  La ayud� a desvestirse,  le sac� la falda, le quit� la blusa y las medias veladas.  La visti� con una bata de seda blanca y le acomod� la cabeza en la almohada.  Beatriz se dej� hacer como una ni�a.  Ram�n observ� el rostro pl�cido de su esposa, sus parpados cerrados y la bes� en los labios. En ese instante Ram�n Montoya decidi� estrenar la M�quina de los Sue�os.  Tom� la cabeza de su esposa entre las manos y la coloc� dentro del gorro, sin despertarla.  Encendi� la m�quina y las imagenes afloraron con lentitud.  Beatriz caminaba semidesnuda por el borde de la carrilera de un tren.  A lo lejos se ve�an los edificios de una ciudad que el desconoc�a y un tren que se aproximaba.  Luego el  tren se detuvo y Beatriz subi� a uno de los vagones. Beatriz camin� a traves de los vagones, y luego se sent� al lado de un hombre que miraba hacia la ventana.  Estuvieron quietos, viajando juntos y despues se miraron y se besaron.  Ram�n no pudo reconocer al hombre que besaba a su esposa. Vest�a saco y corbata y camisa azul cielo.  Era muy joven.  Beatriz lo besaba despacio en los ojos, en los labios, en el cuello y luego, ella misma, le tomaba las manos y las llevaba hasta su sexo y gem�a de placer.  Beatriz ten�a una expresi�n desconocida para Ram�n. Y su cuerpo luc�a en el sue�o, mas joven, y la piel blanca de Beatriz se ve�a mas tersa, y su cabello corto era en el sue�o largo y abundante.  Ram�n apag� la videograbadora y sac� el casete.  Contempl� a su esposa y no pudo entender como en ese mismo instante en el que parec�a tan apacible, ella regresaba de un orgasmo ag�nico en el vag�n desolado de un tren, en una ciudad desconocida.  Ram�n volvi� a introducir el casete en la videograbadora,  y se enfrent� con otro sue�o de su esposa.  Era un sue�o oscuro, lleno de sombras.  Beatriz dorm�a en una cama, de lo que parec�a la habitaci�n impersonal de un hotel y un hombre, de cabello negro, dorm�a junto a ella.  Estaban desnudos.  Ram�n no quer�a seguir contemplando las im�genes, pero una fuerza irresistible lo manten�a con los ojos fijos en el monitor. Vi� como Beatriz despertaba en el sue�o y luego  besaba y acariciaba el cuerpo del hombre, lo recorr�a con  los labios h�medos hasta despertarlo y unirse a �l en un abrazo estrecho,  ofreciendo su cuerpo.   Ram�n la hab�a sentido gozar a su lado, pero nunca  fuera de s�, entregada al placer como la percib�a en los sue�os.  En ellos era otra mujer, suplicante, ansiosa, imp�dica y muy bella.
Estuvo en vela toda la noche,  siguiendo im�gen tras im�gen los orgasmos de su esposa, sus risas y gemidos, sus caprichos, sus amantes de la otra realidad.  La vi� hacer el amor con sus compa�eros de trabajo, con sus hermanos, con desconocidos, en una larga e interminable noche, hasta que ya no pudo m�s y apag� la  m�quina.  Se acost� junto a Beatriz, saturado de visiones,  con la certeza de que en ese instante ella so�aba con otros hombres y le pareci� que la ma�ana no llegar�a nunca.  Se levant� de la cama y sali� de la habitaci�n.  Guard� el casete en un armario.  Las horas trascurrieron muy lentas.  Todos los objetos que lo rodeaban, le parecieron ajenos e in�tiles como si nunca le hubieran pertenecido.  Regres� a su habitaci�n y contempl� la M�quina de los Sue�os, la gran invenci�n del segundo milenio.  Los cables estaban esparcidos en la cama junto a las huellas recientes del cuerpo de Beatriz.  Se tendi� entre las s�banas, desorientado.  Sab�a que no podia juzgar a Beatriz por sus sue�os, pero al mismo tiempo pensaba que los sue�os eran parte integral del ser humano y que si Beatriz ten�a sue�os er�ticos con todos los hombres que la rodeaban, era porque en el fondo los deseaba, o porque formaban parte de su realidad.
Ram�n cerr� los ojos y se fu� quedando dormido.  Se dej� guiar por un dios imaginario hacia el misterioso mundo de sus sue�os.  Y en segundos estuvo muy lejos de Fort Lauderdale, caminando por las ruinas de una ciudad inca, respirando el aire fresco y limpio del Tauantinsuyo, contemplando un cielo sin nubes, tan azul, que her�a la mirada. Ram�n estaba solo, divisaba a lo lejos, los mismos campos verdes que hab�a visto en el primer viaje que hiciera al interior de su pa�s, entonces record� la M�quina de los Sue�os y quiso despertarse para conectarla, pero no pudo salir del sue�o. Avanz� por una construcci�n prehisp�nica, y al fondo, ah� donde el Gran Inca cohabitaba con sus mujeres, encontr� a  Beatriz, desnuda sobre un lecho de piedras, como una v�ctima a punto de ser inmolada.  Ram�n se despert� angustiado.  Nunca hab�a so�ado con su pa�s como en esos �ltimos d�as y eso le produc�a un sentimiento extra�o de soledad y de desarraigo.  Pens� en la muerte.  Y entonces por primera vez en el d�a lo acos� el deseo de abandonar a Beatriz y regresar al Per�.   Se levant� de prisa y corri� a la sala.  Recuper� el videocasete y regres� a la habitaci�n.  Lo introdujo en la m�quina y conect� de nuevo la cabeza de Beatriz a la M�quina de los Sue�os. Le coloc� el gorro y las im�genes volvieron a agobiarlo.  Beatriz, su Beatriz,  se transform� en un ser nuevo, provista de un deseo sexual inagotable.  Ram�n tuvo la certidumbre de que esos sue�os eran vivencias de Beatriz, recuerdos de sus amantes pasados y presentes, deseos inconscientes que ella nunca hab�a compartido con �l, porque a la hora del amor,  era distinta,  pasiva, silenciosa, t�mida.
Contempl� el cuerpo dormido de Beatriz y quiso prolongar su sue�o hasta la eternidad.  Tom� la almohada entre las manos y la coloc� sobre el rostro de ella, con suavidad como quien realiza una caricia.  Despues la hundi� con fuerza, mientras el cuerpo de Beatriz se agitaba levemente.  En ese �ltimo instante, entre la vida y la muerte, Ram�n Montoya vio por primera vez su imagen en un sue�o de Beatriz, se vi� a si mismo bes�ndola en los labios, en los pezones de los senos y luego entrando en el cuerpo inerte de su esposa, hasta que la imagen se extingui� en el monitor y Ram�n Montoya supo que Beatriz se hab�a quedado en el sue�o para siempre.


Fort Lauderdale, Mayo 30 de 1996.
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