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Círculo de Composición del Perú
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Harold Shapero es un compositor estadounidense que ha tenido durante su formación a excelentes maestros. Empezó muy joven a estudiar con Nicholas Slonimsky y luego con Walter Piston en Harvard. Incluso tomó clases en su país con Nadia Boulanger. También conoció de cerca a Igor Stravinsky y a Aaron Copland. Este último fue uno de los primeros maestros que enseñó en Tanglewood, centro de estudios musicales que, de acuerdo con los ideales de su fundador Koussevitzky, apuntaba a ser «un lugar donde los mejores compositores contemporáneos enseñen el arte de la composición, los más grades virtuosos del arte de la interpretación, y los grandes directores enseñen los misterios de la dirección orquestal y coral». Cuando el centro se abrió, Shapero fue uno de los primeros alumnos. Pero un maestro más fue invitado: Paul Hindemith. El siguiente texto fue escrito por Shapero y narra de forma breve su experiencia como alumno de Hindemith en Tanglewood. Muy poco se habla e interpreta de este compositor alemán en el Perú, y quizá estas líneas sean una motivación para conocerlo más de cerca. Encontré muchas enseñanzas en este agudo texto, con el cual, estoy seguro, muchos de ustedes se sentirán identificados.




Harold Shapero: Quise estudiar con Hindemith ya que él escribía con mucha rapidéz, y yo deseaba descubrir el secreto de su fluidez. Siempre me truncaba al componer, pero eso nunca me detuvo.

Lo primero que me impactó fue el saber que no me iba a ser permitido oír ninguna de mis composiciones ese verano. Hindemith no iba a revisar nuestras obras o permitir que se interpreten. Lo que sí teníamos eran ejercicios de contrapunto a dos voces. El maestro estaba más interesado en lo que podíamos hacer en esos precisos momentos de ese verano. Además, nos era solicitado que aprendiéramos a tocar un instrumento, uno bastante opuesto al que ordinariamente practicábamos. Yo era pianista, por lo que tomé la trompeta. Hindemith demandaba mucho trabajo. Yo regresaba a mi dormitorio –Tanglewood no estuvo bien organizado ese primer año– y me encontraría con cinco revoltosos compañeros en la habitación de la Cranwell School, entre ellos Lenny Bernstein, el chelista Arthur Winograd, el violinista Raphael Hillyer, y un clarinetista. Intenté componer en ese laberinto (y además los tenía a todos enfermos con mi trompeta). Busqué a Hindemith para quejarme de las circunstancias, y me dijo, «puedes ir al bosque, al aire libre», y tuve la osadía o estupidez de responderle, «claro, y los insectos se me vienen todos sobre mi partitura». Hindemith consideró mi respuesta como una falta de respeto, por lo que fue donde Copland para elevarle las quejas sobre este pícaro estudiante. Inmediatamente tuvimos una confrontación. Años más tarde, Copland aún recordaba la manera como Hindemith corrió hacia él y le dijo, «¡ese joven Shapiro es imposible!», y dos segundos más tarde llegaba yo gritando, «¡ese Hindemith, es un monstruo!». Fue así como todo empezó, pero terminó mucho mejor.

En esos días, lo más sobresaliente de Hindemith era su energía. Nos recibía cinco días a la semana por cinco horas matutinas, con una breve pausa para ir a nadar. Ese nivel de compromiso era impresionante si consideramos que él ya estuvo componiendo su propia música cada mañana antes de empezar las clases con nosotros. Para mí, me recordaba a un motor eléctrico, una dínamo: pequeño, compacto y con músculos muy fuertes. Tenía una personalidad muy marcada y dominante. Como maestro hizo cosas muy interesantes con nosotros, pero también nos tiraba la autoestima al suelo, a todos. No pensaría dos veces en decirnos que éramos pésimos, que no teníamos técnica, etc. Quizás no teníamos mucha, es verdad, ¡pero no éramos completas nulidades!

Su procedimiento era sentarse al piano con cada alumno de la clase que tenía una obra nueva. Colocaría la partitura en el atril junto con una hoja en blanco a su derecha. Usaba uno de aquellos lapiceros que necesitas presionar un botón en el extremo para hacerlo funcionar. Cuando quería avanzar rápido, ni siquiera se molestaba en presionar el botón, simplemente sacudía el lapicero –bang, bang, bang– como si fuese una máquina humana para escribir música. Le echaría un vistazo a tu obra, la revisaría rápidamente y si uno insistía te la haría tocar al piano, pero él no necesitaba eso. Inmediatamente procedía a dar su juicio: «esto está bonito... este no es un mal camino a seguir.... esta es una modulación errónea», y entonces te rescribía tu obra mientras esperabas –como quien espera que le planchen su pantalón. Puro Hindemith con solo cambiar un intervalo aquí y rítmos allá, y claro, siempre era mejor. Uno se daba cuenta de que estaba siendo dominado, pero aún así, el proceso de verlo escribir a esa velocidad, con fuerza y coherencia técnica era muy impresionante. «Sabes», me dijo cuando le comenté que estaba sumamente impresionado, «me ha tomando mucho tiempo llegar al punto donde no pierdo tiempo entre mi cabeza, codo y brazo». En otras palabras, su mente y su lapicero.

Ya que no nos conocimos de la manera más apropiada, invitó a Lukas Foss y a mí a visitarlo para recibir instrucción privada luego del semestre en Tanglewood. Así lo hice. Ingresé a su preciosa casa en Lenox, y se podía ver en su escritorio una inmensa hoja de papel orquestal pentagramado que contenía un motivo escrito con un gran calderón. Yo mencioné, «ese es un motivo interesante», «si, parece muy bueno», me respondió el maestro. Luego nos fuimos a la banca de un parque con papeles pentagramados y me dijo: «muy bien, llena la hoja con melodías. Ya regreso». No sabía qué hacer, así que llené la hoja con melodías ‘a lo Hindemith’ para complacerlo. Regresó luego de un par de horas, les dio una mirada rápida, y dijo: «No, esto no. Sigue escribiendo. Escribe melodías, ¿De acuerdo?». Seguimos esta rutina por dos o tres días, todas las mañanas y las tardes siempre en el banco del parque. ¡No tenía la más mínima idea de qué era lo que esperaba de mí! En mi desesperación, en medio de mis intentos ‘a lo Hindemith’, escribí una melodía de un pequeño trío para vientos que había escrito en Harvard. Ese día, cuando regresó, apuntó directamente esa melodía y dijo: «esto sí, finalmente lo econtraste, ahora puedes componer sobre ella». Lo único que aparecía en mi mente era «¡gracias Dios mío, se terminó, ya no tengo que sentarme aquí nunca más!». Él estaba satisfecho, y ya para esos días todos pensábamos que era adorable. Mientras tanto, cuando yo estaba sentado en el banco del parque, Hindemith había terminado de escribir íntegramente el primer movimiento de su Sinfonía en Mi bemol.
Paul Hindemith
Hindemith y Shapero: ¿qué podemos aprender?
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