Ningún compositor se da a conocer por presentar su biografía impresa en un papel - por más grande que paresca – si no por sus obras compuestas, interpretadas, grabadas e impresas. Esto me lleva a la otra cara de la moneda. ¿Que hubiese sido de la obra 4’33’’ de Cage si los pianistas de su entorno se hubiesen negado a ‘tocarla’? ¿O del concierto para viola de Bartok? ¿Y el concierto para violín de Ligeti? Ningún compositor se presenta a la sociedad si no hay intérpretes que caminen a la par con ellos. Sin músicos intrépidos, el elemental y lógico proceso de hacer música disminuiría, o no existiría (si quiero exagerar). Siempre ha sido así, y quizás la excepción sea la música electrónica, en donde el creador es además intérprete y director artístico a la vez. ¿Que hubiese sido de los cuartetos de cuerdas escritos por tantos buenos compositores, si los intérpretes hubiesen respondido con un “es muy difícil”, “eso no es música”, o un frívolo “no me gusta la música contemporánea”?
Cada intérprete tiene preferencias, eso es aceptablemente normal. Pero las preferencias no destierran algo distinto, no puede bloquear la idea de interpretar algo que exige cosas diferentes. Cada vez que tengo la oportunidad de ver una partitura que me demanda algo nuevo, no dejo de mostrar mi excitación por interpretarla. Un reto, ¡una nueva aventura! Pero en este texto quiero ir un poco más allá.
Como intérprete, siento la responsabilidad de hacer escuchar las obras creadas en mi país a la par con cualquier otra obra universal, presente y pasada. ¿Cuál es la diferencia entre una obra compuesta en el Perú y otra en el extranjero? Hay que considerar que en el resto del mundo hay muchos, muchos compositores incapaces. ¿Por qué creer que una obra que proviene de Europa será mejor que una que ha sido compuesta al mismo tiempo en el Perú? Para poder responder esta gran pregunta, alguien debe tocar ambas obras a un buen nivel para que sean apreciadas. Aquí está mi punto: como intérpretes, debemos estar preparados física (técnica) y mentalmente (actitud) para poder interpretar cualquier obra, aunque esta diste de nuestros gustos y preferencias, y quizás agregar algo de énfasis en aquellas creadas en casa. Ese es mi ideal de un intérprete profesional, un músico que no tienes problemas o reparos en tocar el concierto para clarinete de Stamitz, Corigliano, Mozart o Carter. ¿Qué sucede entonces con tantos músicos que rechazan la música de hoy en día?
Para poder tocar bien la obra de Mozart hay que estudiar mucho, en breve, sumergirse en el estilo. Pero muy a menudo sucede que cuando un intérprete tiene al frente una obra nueva – la llamaré moderna - sólo toca las notas que están escritas en el papel. Ni siquiera se ha molestado en averiguar de donde proviene el compositor creador, o si ha escrito más música. ¿Les parece esto un buen síntoma? Claro está, no tienen la más mínima idea de la música que potencialmente encierra la partitura. Ante un juguete nuevo - a simple vista extraño, diferente - un niño no entiende o no ve su potencial de diversión, y quizás lo rechazará. Pero si alguien le explica cómo funciona el juguete y las múltiples posibilidades de divertirse con él, el niño disfrutará del mismo, y estoy seguro que cuando le regalen un juguete parecido, sabrá cómo sacarle provecho, basado en su feliz experiencia. Lo mismo sucede con la música contemporánea, y como niños, debemos tener la apertura para poder aceptar algo nuevo.
En el Perú, el esfuerzo por crear música no desmaya. ¿No creen que nuestros compositores se sentirían más alentados a perseverar en su pasión si saben que cuentan con nuestro apoyo incondicional? Para esto, debemos abrir nuestras mentes, pensar en grande y prepararnos. Ya que, si en el peor de los casos nuestro país está atravesando por una ‘orgía musical tardía’, esta es importante y necesaria - como ya expliqué anteriormente - para que las siguientes generaciones tomen lo mejor de nuestras aventuras sonoras. Yo, no quiero perderme de esta orgía.
Marco Mazzini |