François puede estar muerto, por Jean-Luc Godard

Traducción de Celina Vernino

El artículo de "Arts" Nº 719 del 22 de abril de 1959 decía: "Hemos ganado". Y luego, un poco más adelante, terminaba con: "Pues si nosotros hemos ganado una batalla, la guerra no está terminada". Yo lo había afirmado, tan feliz como Athos por un éxito de D’Artagnan. Era la presentación en Cannes de Los cuatrocientos golpes, representante oficial de Francia.

En ese tiempo todavía existía la magia. La obra no era una señal de alguna cosa; ella no era más que esa cosa (que no había tenido necesidad de un nombre y de Heidegger para existir). Y el público le daba una señal o no, según el humor del momento.

El largo de la Croisette, un trío extraño se aproximaba bajo los ¡Viva, viva!. Un pájaro negro viejo con grandes alas ya grises, un joven vagabundo salido de negro de un libro de Jean Genet o de Maurice Sachs, pálido y rígido, teniendo de la mano a un todavía más joven muchacho, fugado de las primeras novelas de René Fallet y que iba a transformarse en el equivalente francés del Ninetto de Pasolini.

Cocteau, Truffaut, Léaud. El ángel Heurtebise decía las palabras de pase: ¡Mire a la izquierda, mire a la derecha! ¡Sonría a la Francia! ¡Salude al Ministro! ¡Aminore! ¡Acelere!

Ese tiempo era el mejor. Y la gloria futura no había todavía tramado el olvido de la felicidad. Pues la guerra esta perdida por adelantado a causa - ¿no es cierto? - de la anticipación que teníamos sobre ella. (Esta guerra moderna entre lo dicho y lo no-dicho, porque fue visto y registrado).

Algunas cartas banales, sin necesidad aparente, cuentan otra historia diferente de la historia que ellas hacen con respecto a esto o eso, o ese, o este. Un poco como si Sénecál hubiera tomado la decisión de publicar la correspondencia de Frédéric, y que toda la educación sentimental no hubiera visto jamás el día. Todo está por recomenzar.

¿Por qué me he peleado con François? Nada que ver con Genet o Fassbinder. Otra cosa. Felizmente débil sin nombre. Idiota. Debilitado. Felizmente, aunque todo el resto se transformaba en síntoma, decoración mortal, Algérie, Vietnam, Hollywood y nuestra amistad; y nuestro afecto por lo real. Símbolo y canto de símbolo.

Lo que nos unía como dientes y labios - cuando se compraban nuestros pobres acróbatas al salir, de Pigalle, de Bikini o de l'Artistic, y de un filme de Edgar Ulmer o de Jacques Daniel-Norman (o Claudine Depuis o Tilda Thamar), antes de ir a robarle a mi madrina para pagar las escenas del día siguiente -, lo que nos unía más fuerte que el falso besarse de Tuyo es mi corazón era la pantalla, y sólo la pantalla. Era el muro que hacía falta para escaparnos de nuestras vidas, y sólo ese muro, que iba a desvanecerse detrás de la gloria y las medallas y las declaraciones coléricas, con las cuales nosotros lo saturábamos con demasiada inocencia. Saturno nos devora. Y uno se quiebra poco a poco, para no ser devorado en primer lugar. El cine nos había enseñado la vida. Ella tenía su revancha como Glenn Ford en la película de Fritz Lang.

Las cartas de un muchacho que sufría violentamente por no saber escribir muestra como lo que se dice iba a superar a lo que no se dice, pero se ve. Nuestro dolor hablaba, hablaba y hablaba, pero nuestro sufrimiento permanece en el cine, es decir mudo.

François puede estar muerto. Yo puedo estar vivo. No hay diferencia. ¿No es cierto?

L’Express, 22 de abril de 1988

 

VOLVER

Hosted by www.Geocities.ws

1