Rashomon, de Akira Kurosawa: lograda transposición de dos relatos de Akutagawa
En 1951, el realizador japonés Akira Kurosawa recibió el encargo de realizar un film para la productora DAIEI. De los guiones disponibles, el que más le atraía estaba basado en un relato de Akutagawa publicado en 1922: "En el bosque". Este cuento, que por su originalidad aún hoy resulta moderno, cuenta una misma situación - un crimen - desde tres puntos de vista diferentes y contradictorios entre sí: el de un bandido, el de una joven y el de su esposo asesinado. El autor, al no determinar quién dice la verdad, deja en el lector la idea de que los tres han mentido basándose en su propio interés. Los directivos de la compañía no le encontraban sentido a la historia y sólo dieron el okey ante una versión más desarrollada del guión: Kurosawa incorporó un comienzo y un final, así como breves escenas que sirven de puente entre las distintas versiones de la misma historia y, además, un cuarto relato narrado desde el punto de vista del personaje que descubre el cadaver.
Uno de los aportes más significativos en la transposición fílmica es el agregado de algunos elementos - no sólo el título, sino además, el luggar de la acción y las características de uno de los personajes principles - tomados de otro cuento del mismo autor escrito en 1915: "Rashomon". Esta palabra denominaba en la antigüedad a un pórtico de acceso a la ciudad de Kyoto que se encontraba en ruinas y servía de refugio a delincuentes y, además, como depósito de cadáveres anónimos. El cuento transcurre en la época de las lluvias. Un empobrecido sirviente observa indignado como una vieja le roba los cabellos a una muerta. Sin embargo, este hombre no tiene escrúpulos en robarle a la anciana sus ropas y escapar bajo la lluvia. Ambos relatos de Akutagawa dejan un sabor amargo por su visión pesimista respecto a la naturaleza humana. Uno de los objetivos de este trabajo es descubrir en qué medida Kurosawa mantiene o modifica este enfoque en su película.
A poco de comenzar el film, bajo un lluvia torrencial, un hombre de aspecto miserable (el sirviente del cuento) llega a refugiarse bajo el portal Rashomon. Allí se encuentran un religioso y un leñador, dos personajes secundarios en "En el bosque" que cobrarán una importancia casi protagónica en el film. Ellos han dado testimonio acerca de un crimen y se encuentran tremendamente afectados por hechos a los que no encuentran explicación. Ante la curiosidad del sirviente, el sacerdote traza un amargo panorama de los tiempos en que viven (guerras, hambre, delincuencia); pero asegura no haber visto nada tan horrible cmo lo sucedido. Su fé en la humanidad está quebrada. Esta escena despierta el interés del espectador, quien se prepara para enfrentarse con situaciones fuera de lo común.
Buscando la opinión del sirviente, el leñador da comienzo a su relato. Pero, lo que en Akutagawa es breve y despojado ("Fui yo quién encontró el cadaver. Esta mañana, como de costumbre, había salido a cortar leña y encontré al muerto en el bosque que está detrás de la montaña"), en Kurosawa se convierte en un poema visual. Antes de la breve escena en la que declara este personaje, el realizador nos presenta una bellísima secuencia. la del recorrido que hace el leñador por el bosque con su hacha al hombro. Narrado por medio de logrados travellings y panorámicas, utilizando tanto planos cercanos como lejanos y distintas angulaciones, este segmento es un cortometraje en sí mismo. En lograda progresión dramática, el leñador encuentra primero el sombrero de la joven esposa; luego, el gorro del marido y unas sogas cortadas; por último, el cuerpo del muerto.
Los distintos personajes que se van turnando para declarar ante el tribunal lo hacen frente a cámara. Al igual que en el cuento, las autoridades nunca son presentadas al lector / espectador; convirtiéndolo así en una especie de juez del caso.
Enseguida, un policía informa cómo apresó al bandido Tajomaru, presunto autor del crimen. Este último personaje tiene un tratamiento muy disimil en el libro y en el film. En el primero, su confesión es la más extensa de las tres. Además, Tajomaru es presentado más como un rebelde que como un delincuente y tiene un alto grado de conciencia de cómo está estructurada la sociedad y qué puede esperar de la justicia: "Le aclaro, señor, que yo mato con katana (espada) y no como ustedes que matan con el poder, con el dinero, hasta con el pretexto de hacer un favor (...) Midiendo el alcance del delito es muy difícil fijar quién es mas criminal, yo o ustedes". En el film, en cambio, se deja este aspecto de lado. Kurosawa busca una imagen menos "densa" del personaje, al que presenta como astuto, rústico y salvaje; va semidesnudo, se pasea como una fiera y está continuamente rascándose la piel. Sorpresivamente estalla en carcajadas cuando se burla de alguien, despierta simpatía y desconfianza en igual medida (Toshiro Mifune, el actor que lo encarna, dio una versión más caricaturesca de un personaje similiar en Los siete samurais - Kurosawa, 1954).
Volviendo a la confesión del delincuente, su relato coinciden en ambos textos: Tajomaru reconoce inmediatamente haber matado al hombre. Cuenta cómo se sintió fuertemente atraído por la mujer, cómo engañó al marido para llevarlo al bosque donde lo atacó y maniató, y, finalmente, cómo llevó hasta allí a la joven para violarla. Ella se defendío, atacándolo con una daga, sin lograr herirlo y, luego, el bandido la poseyó delante del marido maniatado. Cuando estaba a punto de irse, ella lo detuvo diciéndole que uno de los dos debía morir para evitar su vergüenza y que ella sería de quien lograra sobrevivir. Tajomaru cortó las cuerdas que ataban al hombre y le dio una espada. Tras una valiente lucha, venció el forajido. La mujer había escapado. Tajomaru asegura no haberse llevado la daga con lo robado.
Todo el episodio está realizado con imágenes de gran belleza, siendo especialmente logrados dos momentos en los que no se pronuncia una sola palabra. El primero es cuando los personajes se encuentran por primera vez y el bandido descubre la hermosura de la mujer; el segundo es aquel en el que la mujer, cuando es besada por Tajomaru, deja caer la daga al suelo y con su mano acaricia la espalda del delincuente.
Kurosawa hace pasar la acción de la puerta Rashomon al espacio frente al tribunal, de allí al bosque, nuevamente al juzgado, para regresar finalmente al portal de Rashomon. Este esquema se repite en los dos episodios siguientes, conformando una estructura narrativa de cierta complejidad, nada común en el cine de aquellos años, más inclinado a contar las historias linealmente. La función de intercalar estas escenas entre uno y otro relato es la de facilitar la comprensión de la historia narrada y, además, la de llevar al espectador a reflexionar sobre los temas propuestos.
El realizador presenta tres enfoques distintos de la realidad, encarnados en los personajes refugiados en el portal: el religioso que se lamenta de haber perdido la fe en los hombres pero que busca justificar los comportamientos humanos; el leñador, cuyo escaso entendimiento no le alcanza para comprender los hechos, pero que a la vez parece saber más de lo que declara; y, por último, el miserable sirviente, desconfiado e insensible que descree de todo y de todos.
En Rashomon, el leñador sostiene que, tanto la confesión del bandido como todo el resto, es mentira; lo que lleva a los personajes a mantener una conversación sobre la dificultad que tienen los hombres para decir la verdad, aún a sí mismos. El religioso adelanta la información de que la joven dio una versión de los hechos completamente distinta a la del bandido. La mujer declara llorando ante el tribunal que el malhechor, luego de violarla, se fue rápidamente y que ella se acercó a su marido, quien la miró con desprecio. Entonces, ella le pidió que la golpee o que la mate para lo cual le corta las ataduras. Él siguió mirándola de igual manera, sin moverse. Ella, muy alterada, empuñó la daga y avanzó en dirección a su esposo. La imagen nos ubica nuevamente en el juzgado. Allí, la mujer afirma llorando que se desmayó y, al recuperarse, descubrió su puñal en el cuerpo de su marido. toda la secuencia es muy intensa y cuenta con una extraordinaria actuación de Machiko Kio.
En el portal, los personajes discuten sobre si un hombre puede llegar a mentir aún después de muerto. Lo que nos lleva a la tercera confesión, la del muerto, narrada por una médium. La representación que propone Kurosawa para este momento es impactante. Nos prepara con un fuerte relámpago que estalla sobre el final de la escena en Rashomon para pasar a la ceremonia de la médium frente al tribunal. Con un muy efectivo tratamiento dramático del sonido y de las voces que parecen provenir realmente de ultratumba, el marido declara que el bandido, después de violar a su esposa, le habla seductoramente, con la intención de convertirla en su mujer. Ella, fascinada, acepta su propuesta, pero le pide que antes mate a su marido. Entonces, el delincuente desprecia a la mujer, tirándola al suelo. Ella escapa corriendo, seguida por el forajido. Pasado un tiempo, Tajomaru regresa, corta las sogas que atan al marido y se va. El hombre, humillado, llora, encuentra el puñal de su mujer y se mata con él. La acción vuelve al tribunal: la medium cae como muerta, pero cuenta que el moribundo siente que alguien se acerca y le quita el arma hundida en su pecho.
El relato de Akutagawa termina en este momento - "alguien que no pude ver, con una mano invisible, quitó suavemente el arma hundida en mi pecho (...) y de nuevo me hundí en el oscuro espacio; por última vez, para siempre." - dejando en el lector una serie de interrogantes sin responder: ¿Quién dijo la verdad? ¿Acaso los tres mintieron? ¿Por qué razón? ¿Puede alguien confesar un crimen que no cometió? ¿Puede un hombre mentir aún después de muerto para cuidar las apariencias? ¿Quién retiró el puñal?.
Kurosawa, que ha hecho referencia a alguno de estos interrogantes a lo largo del film, aporta un nuevo punto de vista sobre los hechos narrados. El leñador, que ha reiterado que todo lo dicho era falso, presionado por el sirviente confiesa haber llegado al lugar cuando el marido aún estaba con vida. De acuerdo a su versión, Tajomaru le pide a la mujer que se case con él, La joven corta las ataduras de su marido para que la defienda, pero él se niega a arriesgar su vida por ella, le dice que está deshonrada y que debe matarse. El bandido calla. La mujer los trata de idiotas y cobardes y los incita a pelear. Ellos desenvainan las espadas y se enfrentan temerosamente. A diferencia del duelo del primer episodio, aquí no hay nada de valentía o arrojo en el comportamiento de los duelistas. Tomajaru acorrala al marido y lo mata. La mujer escapa. Él intenta seguirla, pero está muy cansado para hacerlo. Finalmente, toma las dos espadas y se va. Según el leñador, todos han mentido; pero no por eso resulta más creíble su relato que los precedentes.
Hasta aquí el film ha mostrado la imposibilidad de conocer la verdad, ya que cada persona miente para dar una imagen más positiva de sí mismo: el bandido se muestra noble y valiente al desatar al marido y darle una espada para poder enfrentarse en un duelo; la mujer declara haber matado al marido por no poder soportar la vergüenza de haber sido violada por el bandido y luego despreciada por su esposo; éste último sostiene que se suicidó para salvar su honor frente a las humillaciones recibidas. El leñador dejó mal parados a todos; pero el sirviente no cree en su versión.
Ya en las últimas escenas se produce un cambio importante en el contenido del film: a diferencia del pesimismo de Akutagawa, Kurosawa busca, como el personaje del religioso, sostener su fe en los seres humanos aún en medio de su desesperación. En la última secuencia, en el portal de Rashomon y por sobre el ruido de la lluvia se oye el llanto de un bebé. El sirviente corre a buscarlo y le quita la ropa de abrigo que lleva. El leñador se indigna y discute con él. El sirviente se defiende acusándolo de haber robado la daga de la joven, ante lo que el leñador baja la cabeza sin responder. El miserable sirviente parte bajo la lluvia, llevándose la ropa del bebé. Para de llover. El monje trata de consolar a la criatura que llora nuevamente. El leñador dice que, aunque es pobre y ya tiene varios hijos, adoptará al pequeño. Kurosawa subraya innecesariamente el gesto del leñador, haciéndo que el religioso diga: "Tienes toda mi gratitud, ya que gracias a tí he recuperado mi fe en la humanidad". El bebé deja de llorar cuando pasa a los brazos del leñador. Los hombres se saludan con una inclinación del cuerpo. El leñador mira encantado a la criatura mientras se aleja de las ruinas del portal de Rashomon.
Kurosawa encuentra un cierre sentimental, tranquilizador, para un film hasta ese momento inquietante. Con todo, no llega a empañar totalmente los valores de esta extraordinaria película, tanto por su calidad en la realización como por sus planteamientos sobre la naturaleza humana.
Rashomon bien puede figurar entre las más interesantes transposiciones de una obra literaria al cine.