Perdidos en Tokio / Lost in translation, de Sofia Coppola

por Diego Iván Emanuelli

Mucho neón en ideogramas indescifrables, aplastando la vista, atemorizantes y bellos, encierran al extraño en una burbuja de indiferencia. Miradas que se encuentran en una melancolía especial comparten un momento y se mimetizan en un amor sustancioso de entendimiento íntimo que se disipa en el aire y en el tiempo…

Bob (Bill Murray) es un afamado actor que ha entrado en decadencia y se encuentra en Tokio para actuar en un comercial de whisky. Charlotte (Scarlett Johansson) es una joven casada con un fotógrafo obsesionado por su trabajo que viaja acompañando a su marido. Ambos se hospedan en el mismo hotel. Allí se cruzan y empiezan a conocerse forjando lo que parece ser una amistad. Vemos sus frustraciones y sus soledades, sus pequeñas vivencias en un mundo sin sentido y cómo sus situaciones personales los van acercando cada vez más.

Estamos ante una película altamente personal: tanto la dirección como el guión son responsabilidad de Sofia Coppola, cuya opera prima (Las vírgenes suicidas, 1999) no había logrado trascender ni artísticamente ni comercialmente (Sólo su apellido le dió cierta repercusión en los medios). Con Perdidos en Tokio, su segunda realización, la historia no se repite: no sólo ganó varios premios (entre ellos, el Golden Globe y el Oscar), sino que logró hacer una película fresca y distinta a lo que viene mostrando el cine contemporáneo de Holywood. Sofia sorprendió con un film romántico que no cae en lo típico: no hay cursilerías baratas y carece totalmente de "berretismo" y situaciones efectistas.

Sofia nos muestra una ciudad que parece conocer muy bien: los planos rodados en la propia ciudad de Tokio reflejan perfectamente lo absurdo y exótico que puede llegar a ser transitar por sus calles. Las tomas panorámicas resaltan la belleza de la ciudad en su punto justo y los travelings nos confunden y empequeñan como a un turista desorientado. Pero no se queda en eso: la historia  es muy simple, tiene pocos diálogos y no suceden hechos muy marcados. En cambio, profundiza en el intercambio visual, los juegos de miradas dan una riqueza que no empalaga y el respeto por la intimidad de los personajes prevalece ante el espectador, dejándonos de lado en el momento que sólo les pertenece a ellos.

La sensibilidad y las sutilezas plasmadas dejan en claro la gran labor de Sofia al dirigir a Scarlett Johansson - quien sorprende por su expresividad - y a Bill Murray - quien parece conseguir la mejor actuación de su carrera, por momentos recurriendo a su excelente labor como comediante, expresando toda una gama de sentimientos con su sola mirada.

El estilo narrativo es muy efectivo en este caso: nada sobra. Por momentos la narración da saltos bruscos, dejando baches en el medio; pero lo que parecería ser una falla en la narración, resulta ser un puente hacia lo que es más importante.

¡Excelente!

con Bill Murray y Scarlett Johansson

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