ALGUNOS
TEMORES NUNCA CAMBIAN
por Verónica H. Gómez
Es el
año 2047. El teniente Miller (Lawrence Fishbourne, Tina, What’s love got to do with it?; Causa justa, Otelo) es el
capitán de una expedición que intentará develar el misterio que rodea la
desaparición sin dejar rastro alguno de una nave de exploración espacial,
llamada Event Horizon, construida con los mayores adelantos tecnológicos,
diseñada para llegar a los confines de nuestro sistema solar y a la órbita
de Neptuno. Y aún más lejos. Siete años más tarde, los científicos
detectan una compleja señal que, estiman, proviene de esa nave, y como
consecuencia se reúne a un equipo de expertos para comprobar que se trata del
regreso de la extraña y desvanecida Event Horizon. El experto constructor de
la nave, el doctor Weir (Sam Neill, Jurassic
Park, En las fauces del miedo), será el encargado de determinar cuál fue
la causa de dicha desaparición, qué la trajo de vuelta y dónde ha estado
todos estos años.
A
pesar del gran interrogante y las expectativas que, de un modo excelente, nos
genera la película, muy pocas e igualmente débiles son las respuestas que a
ellos el film nos revela. En realidad, lo más importante parece girar
alrededor de otro tópico: los temores humanos.
Las
primeras imágenes que podemos ver nos muestran un espacio celeste (en ambos
sentidos: figurativa y literalmente) donde se abre un hoyo, negro y profundo,
que cada vez se hace mayor, hasta llegar a cubrir casi la totalidad de la
pantalla. Podríamos pensar (y creemos que estaría bien justificado) que este
“hoyo” guarda una íntima relación con los miedos que nos acosan y que
muchas veces permanecen ocultos e irresolubles (tan ocultos e irresolubles
como el viaje y el destino de la Event Horizon o el contenido de ese “hoyo
negro”), y con el poder que tienen de controlarnos y hacernos dudar. El
espacio celeste y el hoyo negro bien podrían representar la naturaleza humana
y los temores que, oscuros y siniestros, la opacan. Después de todo, lo que
este film nos transmite es que los temores más feroces e incontrolables son
los que provienen del ser en sí, del interior de cada uno.
Podemos
corroborar esta hipótesis a medida que el film avanza, pues lo que va
debilitando, y a su debido tiempo destruyendo, a los miembros del equipo son
sus temores más profundos y secretos. La solución a esto se nos presenta en
la vieja idea, pero no poco vigente, del trabajo conjunto para la
supervivencia del grupo. Los que van quedando solos o separados del resto por
algún motivo, son atacados y morirán sin posibilidad de salvarse. Los miedos
que aparecen representados en estos personajes (rodeados y complicados por la
culpa) son los más comunes entre los individuos: el temor a la muerte, el
temor a perder un ser querido, el temor al infierno y al castigo, al
sufrimientos, a lo desconocido... Los mismos, dicho sea de paso, que nos
aquejan hoy día. En esta época en que el segundo milenio está tocando a su
fin, y el tercero se nos abre como un abanico de posibilidades fascinantes y a
la vez aterradoras, sería reconfortante poder pensar que dentro de cincuenta
años las cosas no van a ser tan diferentes de lo que actualmente son. Si
consideramos que lo que nos muestra este film es la vida futura, la verdad es
que se parece demasiado a la de los tiempos que corren. Más vale malo
conocido que bueno por conocer... o no?
Aunque
en un primer momento podríamos pensar que se trata de un film puramente
futurista y de ciencia ficción (y con algunas escenas que podrían resultar
extrañamente familiares), creemos que en realidad estos elementos son
utilizados para presentarnos una película llena de suspenso, terror y tensión
al máximo, reforzados por efectos de sonidos estremecedores, y un factor
sorpresa que no nos permite respirar con alivio ni movernos de nuestro
asiento.
LA
NAVE DE LA MUERTE (Event Horizon, 1997)
País
de origen: Estados Unidos
Duración:
91 minutos
Dirección:
Paul Anderson
Protagonistas:
Lawrence Fishbourne, Sam Neill, Kathleen Quinlan, Joely Richardson
Música:
Michal Kamen
Director
de fotografía: Adrian Biddle
Escrita
por: Philip Eisner.
Producida
por: Lawrence Gordon, Lloyd Levin y Jeremy Bolt
Efectos
especiales: Computer Film Company, Londres
Calificación: Apta para mayores de 13 años