United Artists

 

 

El nombre de United Artists lo dice todo sobre el concepto que ha regido a esta compañía cinematográfica desde sus orígenes: artistas unidos, o el arte sobre cualquier dictadura posible de los estudios o del mercado. Es más. Nacida en 1919 por iniciativa de Charlie Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y el director David Wark Griffith como distribuidora para sus producciones independientes, la casa UA jamás ha sido dueña de establecimientos para filmar, sino que se ha ocupado de colocar en las redes de exhibición obras elaboradas por sus creadores en instalaciones propias o alquiladas.

El drama Una mujer de París (1923), dirigido por Chaplin, y la comedia La quimera del oro (1925), protagonizada y realizada por él, fueron las primeras películas importantes de la firma, que precisamente a mediados de la década de 1920 comenzó a ser administrada por Joseph M. Schenck, quien, según el anecdotario hollywoodense, cuando la abandonó en 1935, lo hizo por estar cansado de discutir con los fundadores acerca de la necesidad de generar ganancias en los negocios cinematográficos, cosa que ellos parecían no entender. Los productores Walter Wanger, Alexander Korda y David O. Selznick pasaron, entre otros, rápidamente por la empresa, siempre deficitaria en los años treinta, con la salvedad de los beneficios obtenidos por el policial Dead End (1937) y la adaptación de la novela de Emily Bronte Cumbres borrascosas (1939), dos trabajos de William Wyler producidos por Sam Goldwyn, a cargo de United Artists hasta 1941. Pese a la irregularidad y a la insuficiencia crónica de los programas de distribución de la compañía, ésta contó a lo largo de la década con trabajos tan memorables como el lacrimógeno Stella Dallas (1937) de King Vidor, el aventurero El prisionero de Zenda (1937) de George Cukor, John Cromwell y W. S. Van Dyke II, el romance criminalista Argel (1938) de Cromwell o el western La diligencia (1939) de John Ford.

El decenio del cuarenta, que UA transitó íntegramente en números rojos y dedicada casi por completo a largometrajes de serie B, quedando relegada frente al poder de los grandes estudios de la época, también fue próspero, si no en dinero, en films inolvidables, del calibre de las sátiras antinazis El gran dictador (1940) de Chaplin y Ser o no ser (1942) de Ernst Lubitsch, la fantasía humorística Me casé con una bruja (1942) de René Clair, el drama bélico Desde que te fuiste (1944) de John Cromwell, el thriller psicologista Recuerda (1945) de Alfred Hitchcock, la comedia negra Monsieur Verdoux (1947), de nuevo, de Chaplin, o la cinta del Oeste Rio Rojo (1948) de Howard Hawks.

Con la venta de la acciones de Chaplin y Pickford en 1951 a una corporación presidida por los abogados especializados en la industria del entretenimiento Arthur Krim y Robert Benjamin, el aspecto pecuniario de United Artists mejoró ostensiblemente en los años cincuenta, hasta el punto de que pronto se encontró en situación de competir mano a mano con el resto de las "majors". Junto a productores como Sam Spiegel y Stanley Kramer, la firma supo incorporar a sus filas directores del talento de John Huston, Fred Zinnemann, John Sturges, Billy Wilder, Otto Preminger, Robert Wise, Stanley Kramer, Norman Jewison o Joseph Mankiewicz y a estrellas del carisma de Burt Lancaster, Robert Mitchum o Gregory Peck. Los resultados a nivel artístico en este período fueron los de siempre, excelentes, pero esta vez con el añadido de provechos monetarios. Hombres (1950), el increíble debut en la pantalla de Marlon Brando, y, con Gary Cooper, Solo ante el peligro (1952) de Zinnemann; La reina de África (1951) de Houston y con Humphrey Bogart y Katharine Hepburn; Candilejas (1952) de Chaplin, con él mismo, su hija Geraldine en su primer papel fílmico y Claire Bloom; La condesa descalza (1954) de Mankiewicz y protagonizada por Bogart y Ava Gardner; Testigo de cargo (1957) de Wilder y con Tyrone Power, Marlene Dietrich y Charles Laughton, y La hora final (1959) de Kramer y con Gregory Peck, la Gardner y Fred Astaire, constituyen las películas más granadas de este decenio.

El del sesenta, que encontraría una UA totalmente saneada e incluso muy rentable, vería como la casa era vendida en 1967 a la de seguros y finanzas Transamerica Company, que mantendría a Krim y Benjamin a la cabeza de la cinematográfica por la buena gestión demostrada. La década presentaría, además de otras obras destacadas, El fuego y la palabra (1960) de Richard Brooks y con Burt Lancaster y Jean Simmons, Los siete magníficos (1960) de John Sturges y con Yul Brinner, entre otras figuras; West Side Story (1961) de Robert Wise y Jerome Robbins y con Natalie Wood, El hombre de Alcatraz (1962) de John Frankenheimer y con Lancaster y Karl Malden, Topkapi (1964) de Jules Dassin y con Melina Mercouri, Peter Ustinov y Maximilian Schell, ¿Qué tal, pussycat? (1965) de Clive Donner y con Peter Sellers, Peter O´Toole y Woody Allen -estrenándose en el celuloide como guionista y actor-, En el calor de la noche (1967) de Norman Jewison y con Sidney Poitier y Rod Steiger, y Cowboy de medianoche (1969) de John Schlesinger y con Dustin Hoffman y Jon Voight.

En los años setenta, exactamente en 1978, Krim y Benjamin dejarían UA para fundar Orion Pictures, debido a la mayor, y molesta, injerencia de Transamerica en el control de las operaciones de la empresa creada por Chaplin, Pickford, Fairbanks y Griffith. Los films sobresalientes de esta etapa serían la comedia dramática The Landlord (1970) de Hal Ashby, el musical El violinista en el tejado (1971) de Jewison, la biografía Lenny (1974) de Bob Fosse, el drama psiquiátrico Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) de Milos Forman, la cinta de horror Carrie (1976) de Brian De Palma, la televisiva Network, un mundo implacable (1976) de Sidney Lumet, la pugilística Rocky (1976) de John G. Avildsen, la bergmaniana Interiores (1978) de Woody Allen y la antibélica El regreso (1978) de Ashby.

El zar del turismo Kirk Kerkorian adquiriría United Artists en 1981. Dueño ya de Metro-Goldwyn-Mayer, fusionaría ambos pilares de Hollywood en uno solo, la MGM/UA, que en 1989 sería comprada por la corporación australiana Qintex. Si bien este decenio, el del ochenta, no se caracterizaría por la prodigalidad del sello, daría frutos cinematográficos ciertamente apetecibles como Toro Salvaje (1980) de Martin Scorsese, Recuerdos (1980) de Woody Allen, La mujer del teniente francés (1981) de Karel Reisz, Yentl (1983) de Barbra Streisand, Baby, tú vales mucho (1987) de Charles Shyer y El hombre de la lluvia (1988) de Barry Levinson.

 

   

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