Seven

(Se7en)

1995

 

 

Siguiendo con riguroso empeño la lista de los siete pecados capitales, un asesino de refinada estampa y pausadas maneras trae de cabeza al departamento de policía de una lluviosa ciudad. Del lado de la ley, precisamente, un recién llegado y su compañero, al borde de la jubilación, serán quienes más se le acerquen, lo que les producirá no pocos quebraderos de cabeza –en sentido literal.

Si bien se podría afirmar que formalmente representa un paso más allá en las corrientes del género psycho-killer, bebe Seven (1995) de los caminos abiertos por El silencio de los corderos (1991) de Jonathan Demme, en especial de la inmensa figura de Hannibal Lecter/Anthony Hopkins, el psicópata por antonomasia de la última década del siglo XX. No obstante, lo que en el thriller de Demme era solidez y maneras clásicas, aquí se transforma en un paseo por el infierno de la mano de una dirección fugaz y de una fotografía saturada en constante reivindicación de la sordidez, sin importar el escenario en que se desarrolle la acción o los personajes que la protagonicen. Comúnmente denostadas como propias de videoclip, tales características encuentran en esta cinta la mayoría de edad cinematográfica, logran, a partir de los mismos e innovadores títulos de crédito, que el fondo del film se enganche a la piel del espectador con angustiosa precisión, sumiéndole en un estado de repugnante fascinación y, a la postre, de desencantada amargura. No hay concesiones en Seven (1995); incluso la figura del asesino –excelente Kevin Spacey, actor con dos Oscar en su poder, al mejor actor secundario por Sospechosos habituales (1995) y al mejor principal por American Beauty (1999)-, busca en el silencio y la inacción aquel sentido de la amenaza que muchos no consiguen con los mayores aspavientos. Su contención, la elocuente disección a partir de naturalezas (en verdad) muertas en que se convierten los lugares del crimen –hay que retroceder hasta Henry, retrato de un asesino (1986) de John MacNaughton para alcanzar tan fría familiaridad con el más grotesco acto de que es capaz la naturaleza humana-, la lluviosa profecía de una ciudad no identificada que va a cumplirse al medio del desierto –hermosa metáfora y notable juego con el espacio-, por todo ello resulta Seven una cinta imprescindible, la primeriza obra maestra de un director abocado a la polémica –véase el flojo resultado de Alien 3 (1992) y, por encima de todo, las facetas pseudo-nazi-sadomasoquistas de su más reciente El club de la lucha (1999), film que le volvió a reunir con Brad Pitt.

 

  

 

 

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