Psicosis
(Psycho)
1960
Una secretaria roba 40,000 dólares de su despacho aprovechando el fin de semana, pues hasta el lunes nadie descubrirá que el dinero no ha sido ingresado en el banco. Acto seguido, huye en su coche hacia ninguna parte. O, mejor dicho, hacia el Motel Bates, un destartalado hotelucho en medio de la nada que es regentado por un joven y su anciana madre. Con la intención de relajarse, decide tomar una ducha, momento en el que ciertos acontecimientos de marcado carácter incisivo se sucederán.
En efecto, el mundo de la higiene no ha sido el mismo desde que Janet Leigh fuera al encuentro de la famosa ducha chez Bates. Diseñada por el maestro Saul Bass a partir de los mismos títulos de crédito con los que se abría la película, puntuada por la excelente banda sonora de Bernard Herrmann, fue ésta una secuencia que sugirió los caminos a seguir por el thriller más audaz, aquél que con el tiempo quedaría inevitablemente ligado al fenómeno gore. Pero, hemoglobina y contusiones al margen, Psicosis (1960) continúa siendo puro Hitchcock, todo elegancia y pequeños guiños al espectador para que éste se revuelva en su butaca a lo largo de una sucesión de pequeños clímax en los que siempre se anuncia brevemente el que viene a continuación; por algo el orondo director británico era conocido como "el maestro del suspense"... Ayuda, en este sentido, el trasfondo freudiano de la novela de Robert Bloch en que se basó la película –texto a su vez inspirado en las macabras andanzas del asesino en serie Ed Gein, quien solía descuartizar a sus víctimas para facilitar su posterior almacenaje-; en el epílogo, mediante una sutil sobreimpresión, Hitchcock consigue la mejor definición visual de las patologías mentales, y concretamente del desdoblamiento de personalidad, que se haya visto nunca. Situada entre Con la muerte en los talones (1959) y un Los pájaros (1963) que se hizo de rogar, Psicosis (1960) fue la última película en blanco y negro de su realizador, aprovecha sin duda todos los recursos narrativos que este tipo de fotografía había ofrecido a lo largo de los años. Resulta difícil, por ello, disociar la torcida expresión del excelente Anthony Perkins del tono clásico en que se desenvuelve la cinta; tanto sus dos secuelas –de 1983 y 1986, dirigidas respectivamente por Richard Franklin y por el propio Perkins-, como la reconstrucción plano a plano que Gus Van Sant realizó en 1998, con el único añadido del color y de unos intérpretes cien veces menos carismáticos –Vince Vaughn, Anne Heche, Julianne Moore-, fracasan en mayor o menor medida desde su mismo punto de partida.