Nosferatu, el vampiro

(Nosferatu, Eine Symphonie des Grauens)

1922

 

 

 

Un joven notario se dirige al castillo del conde Orlock, en algún lugar de los Cárpatos, para concluir una venta. Durante la noche descubre que el conde es la reencarnación de Nosferatu, ser maldito condenado a beber la sangre de los hombres por la eternidad. De regreso a casa se encuentra con que el vampiro le ha precedido, sometiendo a su pueblo a una dictadura de terror y la muerte.

Segundo plagio más o menos encubierto en la carrera de Friedrich Wilhelm Murnau, tras ese Der Januskopf (1920) libremente basado en el Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, bebe Nosferatu, el vampiro (1922) de las góticas letras de la más famosa obra de Bram Stoker, un Drácula (1931) que en 1931 popularizarían Bela Lugosi y Tod Browning para la Universal. Tal adaptación –obra de Henrik Galeen, director de El Golem (1915)-, motivó una demanda que a punto estuvo de culminar con la destrucción de la cinta. En la Alemania de los veinte, no obstante, la palabra expresionismo es de rigor, hemos de referirnos también a la maravillosa inventiva visual empleada en el film, con el uso de película en negativo para distinguir realidad de irrealidad y toda una serie de trucajes que alcanzarían en las producciones de Hollywood su mayor esplendor. Méritos, claro está, tanto de Murnau como de su director de fotografía, un Fritz Arno Wagner que, por ejemplo, también iba a resultar clave en M, el vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang. Hecho completamente inusual en la época, Nosferatu, el vampiro (1922) fue rodada en decorados naturales, lo que obligó a un complejo trabajo de localización: aquí Eslovaquia, allí Silesia, más allá Lübeck, Wismar y Rostock... En 1978, Werner Herzog dirigió el remake Nosferatu, el vampiro de la noche (1978), con Klaus Kinski en el papel del bueno del Conde Drácula.

 

   

 

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