La mosca

(The Fly)

1986

 

 

 

Seth Brundle es un científico que ha ideado un sistema de teletransporte que "revolucionará el mundo tal y como lo conocemos", invento del que hace partícipe en exclusiva a una periodista de su interés. A la hora de probarlo, no obstante, una mosca se introduce junto a él en una de las cámaras, motivo por el cual los átomos de uno y otro se funden. Ello dará lugar a una monstruosa transformación y a la consiguiente búsqueda a contrarreloj de una solución.

Entre La zona muerta (1983) e Inseparables (1988), tras haber mostrado sus credenciales con las notables Scanners (1981) y Videodrome (1983), el canadiense David Cronenberg hizo de este remake del clásico dirigido por Kurt Neumann en 1958 un eslabón más de su inquietante filmografía, un nuevo ejemplo de su obsesión por la progresiva degradación humana –ya física ya espiritual, doble en el peor de los casos-, que conduce a sus protagonistas a la soledad, primero, y al definitivo encontronazo con el resto de los mortales como clímax. Encarnado aquí por Jeff Goldblum –en uno de sus mejores trabajos-, el héroe cronenbergiano sufre un proceso degenerativo que, pese a caracterizarse en un principio por el aumento de fuerza y la explosión de energía sexual, tiene como irreparable objeto la pustulenta, viscosa figura de una suerte de díptero de dos metros de altura que no dudará en solicitar una más que conveniente eutanasia. La enfermedad y el modo en que ésta se transmite en un espacio aparentemente esterilizado –el laboratorio de Brundle-, dan lugar a un mensaje no tan poético como el de El increíble hombre menguante (1957), pero dos veces superior en violencia dramática al de aquél. A la habilidad demostrada por el realizador a la hora de extraer resultados de los pocos escenarios en que se desarrolla el film –imposible no destacar el diseño de producción de Carol Spier-, debe añadirse la labor de maquillaje de Chris Walas y Stephan Dupuis, merecedora del Oscar en dicho apartado y bastante original en su búsqueda de una entente amorfa entre hombre e insecto, a la vez brutalmente expeditiva en los toques gore con que se aliña el progreso de la narración. Precisamente Chris Walas tomó la alternativa como director con la secuela de este film, un La mosca II (1989) que fue interpretada por Eric Stoltz y Daphne Zúñiga y que, pese a la presencia de nombres como los de Mick Garris y Frank Darabont en el guión, no alcanzó el nivel de su antecesora.       

 

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