Independence Day

(Independence Day)

1996

 

 

 

Un buen día a los extraterrestres no se les ocurre nada mejor que plantarse, a bordo de naves kilométricas, en el horizonte terrestre para iniciar la cuenta atrás y destruir el planeta. Mientras los de abajo se debaten entre el jolgorio y la desconfianza, a los alienígenas les entra la vena destructiva y los terráqueos supervivientes, liderados por el heróico presidente de los Estados Unidos, se las ven y se las desean para contraatacar.

Tremendamente espectacular y condenadamente estúpida, Independence Day (1996) fue una de las películas más taquilleras de la década de los 90; a los 65 millones de dólares de presupuesto inicial les sucedieron 200 durante su primer mes de exhibición en el país de las barras y estrellas. Nacido del matrimonio profesional Devlin-Emmerich –a quienes se debe culpar por títulos como Soldado universal (1992), Stargate, puerta a las estrellas (1994), y la posterior Godzilla (1998)-,  es este un film coral en el que varias tramas secundarias acaban confluyendo en una principal, metáfora de la unión de los pueblos y razas contra el enemigo común, aquí unos seres apodos y elefanticéfalos con muy malas pulgas, capaces de destruir Washington y Los Angeles sin pestañear siquiera. Así, personajes de una pieza (con suerte), conviven con algunos de los efectos especiales más recordados y celebrados a ambos lados del Atlántico, caso de las secuencias que muestran la citada devastación urbana. La clave a tanto estruendo radica, más allá de los motivos patrióticos propios a la celebración de la independencia norteamericana, en la sabia utilización de varios elementos clave de la mitología OVNI, desde la secreta Area-51 del ejército de los EEUU en el desierto de Nuevo México hasta la autopsia de un alien, pasando por los iniciales (e inevitables, dado su tamaño) avistamientos de platillos volantes. Un reparto multirracial y de innegable tirón –el rapero Will Smith como representante afroamericano, Goldblum como judío y Bill Pullman como sonriente caucasiano universal de flequillo travieso-, lucieron palmito mientras que, en el apartado estrictamente fílmico,  bebía la película de cuanta fuente haya brotado del género fantástico: naves nodriza que bien podrían ser de la serie televisiva V, bichos con un toque entre Alien, el octavo pasajero (1979) y Depredador (1987), cazas extraterrestres que parecen recién salidos de La guerra de los mundos (1938) o de un episodio de Galáctica y, por supuesto, un clímax à la La guerra de las galaxias (1977) completaron la bochornosa pero entretenida, para qué negarlo, estampa.

 

 

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