El silencio de los corderos
(The Silence of the Lambs)
1991
Una novata agente del FBI se las ve y se las desea para detener a "Búfalo Bill", alias de un asesino en serie con tendencia al travestismo y a ciertas perversiones cutáneas. En su investigación solicita la ayuda de Hannibal Lecter, psicópata entre psicópatas dotado de gran inteligencia y, de paso, conocedor de ciertos datos muy relacionados con el caso. Entre ambos se establece así el juego del gato y el ratón.
En un país donde el asesinato en serie
parece ya un deporte -no sólo por la gran cantidad de participantes que en él
incurren sino por la curiosidad, estudios e incluso pasión que estos
despiertan-, Hannibal Lecter estaba destinado a convertirse en rey, versión
paradigmática y, por ficticia, ampliamente mejorada de los Ted Bundy, Henry Lee
Lucas o Ed Gein –en quien Robert Bloch se basó, por cierto, para crear al
Norman Bates de la novela que daría pie a Psicosis (1960). Lecter
es, digamos, el encuentro entre Moriarty y cualquiera de los anteriormente
citados –cruel pero refinado, antropófago pero gourmet, gélido pero
traumatizado, culto pero con cierta tendencia a culminar las conversaciones a
base de mordiscos...-, nació de la pluma del escritor Thomas Harris y encontró
en Anthony Hopkins a su intérprete ideal. En él y en la química que se
establece con el personaje de Jodie Foster se encuentran las claves del notable
éxito de una cinta que, aunque correctamente dirigida, parecía no estar
destinada a tan altos logros. Cinco Oscar de Hollywood –incluido el segundo en
la carrera de Jodie Foster tras Acusados (1988)-, dos premios de
la Asociación Británica, un Globo de Oro y el Oso de Plata a la mejor
dirección en el Festival de Berlín, amén de un sinfín de fans a lo largo y
ancho del planeta fueron excelente botín para la solidez mostrada por una cinta
que también sabe incurrir en la trampa cuando es necesario –véase si no el
sabio montaje paralelo de las secuencias del clímax final. Sin evitar el morbo,
aunque racionándolo en dosis justas, explicando los procedimientos que sigue el
FBI en sus investigaciones, reconduciendo la química sexual entre los
personajes hacia una vertiente emotivo-intelectual –todas ellas
características que también encumbraron a la serie televisiva Expediente X-,
El silencio de los corderos (1991) modernizó los senderos del
cine policíaco y ejerció de ejemplo a seguir para numerosas producciones
futuras, entre las que destacarían El coleccionista de amantes
(1997) y, por encima de todo, la aún más radical y genial Seven (1995) de David Fincher.