El sexto sentido
(The Sixth Sense)
1999
A consecuencia del ataque y posterior suicidio de uno de sus pacientes, el psicólogo infantil Malcolm Crowe ha quedado sumido en un estado de crisis profesional y personal que amenaza con engullir su matrimonio. La aparición de un niño de ocho años atormentado por cierta insólita capacidad le representará una posibilidad de redención. No obstante, su esposa se está viendo con un compañero de trabajo y los encuentros de su nuevo cliente con el más allá ponen a prueba su sentido común.
Si los años treinta y cuarenta fueron una época abonada al monstruo de corte clásico, y los cincuenta se sirvieron de radiaciones y experimentos varios para presentar criaturas deformes en mayor o menor medida, el cine de terror ha abogado desde entonces por subvertir elementos de la vida cotidiana, por rascar sobre la aparentemente inocua superficie hasta desenterrar los más primitivos temores de nuestro subconsciente: el del depredador –Tiburón (1975)-, el del hombre contra el hombre –véase cualquier film de asesino en serie-, y, por último, el del más allá, sea en su vertiente religiosa –La semilla del diablo (1968), La profecía (1976)-, sea haciendo referencia al mundo de los muertos en su acepción más general. Al igual que en Poltergeist, fenómenos extraños (1982), se sirve El sexto sentido (1999) de una figura infantil para contagiar al espectador ese miedo primigenio, de voces que se esconden en los armarios y sombras que cruzan la habitación en medio de la noche. No obstante, prescinde esta película de cualquier moralina o justificación; allí donde la cinta de Tobe Hooper y Steven Spielberg ofrecía posicionamientos claros y respuestas para todo, El sexto sentido (1999) se muestra desnuda, siempre fiel a una historia de terrorífica sencillez para la que no hay más clave que el poder de sus propias imágenes. Ajeno a la trampa y a la gratuita truculencia, sorprende el rigor con el que el film redescubre la capacidad de sugestión de música y silencios, la expresividad de una habitación vacía y los nudos que el fuera de campo puede producir aún en los estómagos más habituados a este tipo de platos. El final, sorprendente y excelentemente imprescindible, es la guinda a un pastel que de buenas a primeras no pintaba tan bien. Y es que ante el nombre de un director prácticamente desconocido, la egocéntrica presencia de Bruce Willis como protagonista inducía a predecir excesos o, aún peor, una falsa voluntad de thriller intimista al estilo de Al rojo vivo (1998) de Harold Becker, en la que el intérprete de Jungla de cristal (1988) también se había hecho acompañar de un niño retraído y superdotado. Cualquier temor queda, no obstante, superado, ridiculizado en vista de los resultados artísticos y comerciales obtenidos por una cinta que fue nominada a seis Oscar, incluidos el de mejor película y director.