El resplandor
(The Shining)
1980
Jack Torrance, su mujer y su hijo se disponen a pasar el invierno cuidando de un hotel en las montañas hasta que éste abra de nuevo al público por primavera. No obstante, cualquier rasgo idílico desaparece cuando el aislamiento y ciertas presencias no del todo naturales comienzan a alterar al padre de familia. Mientras, el niño manifiesta un extraño sexto sentido.
Como paradigma del creador total, meticuloso y concienzudo, Stanley Kubrick se comprometió a hacer un hito de cada una de sus incursiones cinematográficas, a lo largo de su carrera abordó prácticamente todos los géneros con una doble voluntad, la de doblegarlos ante los contenidos que le eran propios –resumibles en aquél que enfrenta al hombre en cuanto individuo con circunstancias más poderosas, y la de abarcar todas sus posibilidades de modo que, tras su paso, varios años transcurrieran sin que se pudiera añadir algo nuevo. Hablando en términos fantásticos, todos los grandes hitos de las últimas tres décadas beben de un modo u otro de 2001: una odisea del espacio (1968), film que partía de los mayores avances técnicos para convertirse en una completa experiencia estética de ribetes cuando menos antropológicos, cuando no metafísicos. Y, sin dejar de lado la gamberra fábula totalitarista que fue La naranja mecánica (1971), debemos referirnos a El resplandor (1980) como la sublimación de cierto cine de terror; apenas dos años después del La noche de Halloween (1978) de John Carpenter –de quien mejora el plano subjetivo utilizado para situar al psicópata con el uso y abuso de la steadycam-, Kubrick parece adelantarse a la moda predominante durante la década siguiente para ofrecer la versión más adulta y definitiva, con todos los defectos que ello entraña, del psycho-killer, un Jack Torrance-Nicholson tan pasado de rosca como cualquiera de sus sucesores, si bien sometido a la férrea disciplina del argumento y a la conceptualidad propias a su director. Partiendo de la novela homónima de Stephen King, Kubrick consigue los momentos más sugerentes al mostrar el mundo fantasmal que envuelve progresivamente a su protagonista –de nuevo éste frente a los elementos-, hasta conducirle definitivamente a la locura; el resto es alucinada desmesura, no carente de atractivo visual –véase el plano del hacha que atraviesa la puerta, imitado mil y una veces-, pero desmesura al fin y al cabo.